Empezaré diciendo que, según mi opinión, no se puede hablar de moralidad hasta que el sujeto humano desarrolla las capacidades cognitivas necesarias que le permiten comprender en toda su extensión simbólica conceptos como bien y mal, bueno y malo, aceptable y rechazable, válido e inválido, o si se quiere, conceptos como premio y castigo, pecado y salvación, aunque estos segundo no dejen de ser una aplicación práctica de aquellos primeros. Hasta que esto ocurre el niño puede ser condicionado a actuar de una u otra manera, al igual que pueden ser condicionados los animales, pero no es capaz de entender el simbolismo que se encierra en cada uno de estos conceptos de aplicación mental. Cuando un niño menor de seis años modifica sus hábitos de comportamiento en función de los premios o los castigos -en sus diferentes variantes- que reciba por parte de las personas de su entorno, realmente no está siendo consciente de actuar en un sentido moral, si no que, al igual que muchos animales domesticados, simplemente se limita a actuar de manera mecánica en función del premio o el castigo que pueda recibir después de sus acción. Sin embargo, es a partir de la entrada en el proceso de formación de las estructuras secundarias, cuando el desarrollo cognoscitivo del sujeto permite al niño comenzar entender el significado de los valores morales, dejando con ello de actuar mediante la simple mecánica de acción-represión propia de la etapa anterior, e incorporando a sus planteamientos mentales todos los conceptos morales que le han de acompañar a los largo de su vida. Será sobre las polaridades bueno-malo, aceptable-rechazable, que el sujeto condicione el desarrollo de su estructura moral, y el simple hecho de adquirir el niño una comprensión simbólica de estos conceptos servirá para modificar su actitud frente a los actos que ha de realizar en un futuro y que puedan implicar un comportamiento susceptible de ser juzgado bajo estos criterios por los demás. Fundamentalmente el niño tendrá muy en cuenta la reacción familiar y social que sus actos puedan tener en el mundo, y a partir de ello irá paulatinamente forjando su propia imagen del respeto por sí mismo y del respeto por los demás. Por ello, deberíamos considerar el yo moral, como aquella parte del yo psicológico donde el sujeto encierra la información relacionada con sus juicios de valor sobre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo rechazable, así como el resultado que el entorno exterior espera de la aplicación conductual de estos juicios por el propio sujeto. Normalmente cada sujeto suele establecer su propio criterio más o menos flexible sobre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo rechazable, aunque suele existir en toda cultura una moralidad más o menos imperante que finalmente acaba por condicionar la moralidad de los individuos que la componen. Desde luego no podemos olvidar que esta relación entre la moral y la cultura viene determinada por la naturaleza misma del simbolismo encerrado en los criterios que el niño aprende en torno a lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo rechazable, ya que al ser estos polaridades que actúan sobre los comportamientos humanos y estar sujetos a la emisión de juicios de valor respecto de ellos, lo primero que el propio niño necesita, para poder no solo entenderlos si no también aplicarlos en su propia vida, es aprender en base a qué criterios se fundamenta esta polaridad, es decir, ¿en relación a qué lo bueno y lo malo?; ¿cuál es la norma o el criterio para señalar la bondad o la malicia de un acto? Por supuesto, el niño no puede acudir a sus propias fuentes para responder a estas preguntas, con lo cual se le hace necesario acudir a las fuentes externas que están representadas tanto en las respuestas familiares como en los valores sociales imperantes. De esta manera, una vez el niño acude a estas fuentes para implantar en su mente los criterios que determines las polaridades bueno-malo o aceptable-rechazable, el niño ha pasado a someterse moralmente a los elementos externos que finalmente será de quien acepte los efectos de los juicios que ellos mismos hagan sobre él. Por otro lado, el niño aprenderá también a juzgarse a sí mismo, pero siempre tomando como referente el juicio que previamente hayan establecido los demás sobre lo bueno o lo malo, lo aceptable o lo rechazable de una conducta. Por tanto, el desarrollo de la moralidad implica la aparición de lo que se suele denominar como “juicio de la consciencia”, que es una auto aplicación de la moralidad sobre los propios comportamientos del sujeto. Es obvio que este proceso de formación de la moralidad implica que no pueda existir un solo código de moralidad objetivo, ya que cada sujeto estará condicionado por la moralidad imperante en la cultura que le rodea, lo cual no implica que cada niño pueda decidir o cambiar, a su gusto y capricho, que es bueno o es malo y, consecuentemente, auto responderse así mismo qué es en realidad lo bueno y qué es en realidad lo malo. Los niños no tienen capacidad alguna para escoger la moralidad que han de auto implantarse para, de alguna manera, auto controlar los efectos de sus actos para consigo mismo y para con los demás. Los niños simplemente se limitan a incorporar la moralidad que le viene dada desde el entorno en que han de crecer y desenvolverse, sin cuestionar los motivos que se encierran detrás de estas pautas morales. Recordemos que es durante la etapa de sumisión social cuando el niño elabora sus primeros mecanismos morales, con lo cual son criterios incorporados desde el exterior que no son puestos en duda en ningún momento por el sujeto, tal cual es la característica de esta etapa del desarrollo psicológico del yo. Pero, por supuesto, el hecho de que un sujeto incorpore un código moral a su mente, no quiere decir que irremediablemente tenga que cumplir con él, mucho menos si este sujeto es un ser humano que aún se encuentra en la etapa de formación de su yo psicológico. Por eso, el niño seguirá actuando de maneras muy diferentes para dar respuesta a los distintos momentos que le vaya planteando la vida, y muchas de estas veces lo hará de manera no coincidente con la moralidad impresa en su mente, aunque no podrá escapar por ello del juicio propio y del de los demás. La aparición de la moralidad lo que implica en el niño no es tanto el cumplimiento de esa moralidad en los actos de su vida, si no el aprender a juzgar sus propios actos sobre la base establecida, así como el aprender a analizar las reacciones y los juicios de los demás respecto de lo que él haga. La moralidad infantil es más un mecanismo de reflexión, que un mecanismo de acción. Por eso en esta primera etapa de formación moral es cuando se introducen los valores morales que luego han de servir al sujeto para la reflexión en torno a su propio comportamiento, y que, por normal general, le suelen acompañar durante toda la vida. Por ello en el propio concepto de valor moral hemos de observar tanto una vertiente teórica como una vertiente práctica. El niño no solo incorpora a su moralidad la creencia sobre que una determinada actitud es buena o es mala, es aceptable o es rechazable, si no que aprende simultáneamente a encuadrar la evaluación que el incumplimiento de esta norma tendrá en el entorno donde se ubique, y de ahí acabará por desarrollar los mecanismos que han de servirle para la auto evaluación de sus actos. Nunca, en ningún caso, el niño condiciona sus juicios morales a criterios propios, si no que estos análisis siempre están relacionados con el aprendizaje anterior sobre como los incumplimientos de estos criterios morales afectan en el entorno donde el sujeto se ubica y cual es el resultado del juicio que este entorno realiza sobre la actitud del sujeto. Cuanto mayor rechazo tenga el incumplimiento de una norma moral, mayor será la tendencia del sujeto a la auto represión en la realización de esos actos. De esta manera lo que a nivel subjetivo puede ser interpretado como un valor moral, a nivel social el sujeto lo ve como una norma que no debe transgredir si quiere contar con la aprobación del entorno. El juicio del acto, así como las repercusiones que el sujeto valora, no se sitúa ya en el acto en sí mismo como transgresor de una norma moral, si no en la influencia social que el incumplimiento de esta normal acarrea. El niño comienza entonces a determinar su moralidad por los efectos sociales que acarrea el incumplimiento de las normas establecidas, y no por la valoración subjetiva que pueda el mismo pueda hacer sobre ellos. Cierto es que un niño que se encuentra en la denominada fase de sumisión social no está capacitado aún para valorar subjetivamente los criterios morales que se le imponen desde el exterior, pero ello no implica que no pueda discernir entre lo que es un condicionante moral y lo que es un condicionante social. Al unificar ambos condicionantes en un mismo juicio de valor, el niño se somete a los criterios morales impuestos por la cultura donde se ubique, y con ello cede inconscientemente parte de su libertad vital a la sociedad que le rodea y le da amparo. Por eso todos los sistemas políticos o religiosos que han existido sobre la faz de la tierra con aspiraciones y deseos de someter la voluntad de los individuos para poder dominarlos, han otorgado a la infancia un valor primordial a la hora de desarrollar su estrategia de sometimiento, y han desarrollado complejos sistemas morales que ahogaran la libertad de los individuos ya desde sus primeros pasos como seres racionales. De esta manera es factible introducir un dominio sobre las conciencias de los seres humanos que se entregan a estos sistemas de valores de manera irracional y que, salvo que traten de revisarlos en la edad adulta, acabarán por condicionar sus actos durante toda la vida. Cierto es que existen otras variantes en la formación moral de los individuos, pero es sin duda esta variante social la que cobra mayor significación por los efectos que a largo plazo acaba teniendo sobre la evolución sujeto y, por extensión, sobre la sociedad. Los sujetos reciben de la sociedad el sistema vigente de valoraciones y normas, que se les imponen con una fuerza ajena a su conciencia y a su voluntad, y a partir de ahí se limitan a reproducirlo sistemáticamente durante el resto de sus vidas, sin importarles si realmente aquello que han aprendido es un comportamiento y un valor de juicio racional, o simplemente son la prolongación de un comportamiento y un juicio que contienes en sí mismo efectos devastadores para la libertad del individuo y el recorte de los derechos de los demás. Así, por ejemplo, si uno aprende de la cultura en la que habita que la homosexualidad es algo malo en sí mismo, y no trata nunca de racionalizar el porqué de esta afirmación moral, primero se estará auto imponiendo un comportamiento sexual que nunca podrá ir ligado al sexo con personas de su mismo sexo, pero es que así mismo se estará auto dotando de la autoridad moral suficiente como para juzgar negativamente a quien así actúe, aunque ello no le afecte realmente en su calidad de vida o en el cohibimiento de sus derechos. Por tanto estará limitándose a reproducir un valor moral aprendido que en nada beneficia a él ni a los demás, que atenta contra su propia libertad y que afecta a los derechos y la calidad de vida de otras personas. Lo que en apariencia sería un valor moral que el sujeto que lo porta considerará positivo, en un análisis más amplio se acaba por convertir en un valor negativo y moralmente rechazable.

Pero para comprender esto de una manera más amplia no solo debemos fijarnos en el aspecto social del aprendizaje moral, si no que hemos de volver a enfatizar en el proceso evolutivo que sufre el sujeto a la hora de ir adaptando poco a poco a su conocimiento racional los valores morales imperantes. Y digo volver a enfatizar, ya que anteriormente ya he apuntado que no es posible hablar de moral en un sentido estricto hasta que el ser humano no tiene el desarrollo cognitivo suficiente como para entender el carácter simbólico que se encierra tras los conceptos de bien y mal, de aceptable y reprochable. Por eso durante el periodo de formación de las estructuras primarias podemos encontrar actitudes y comportamientos que pudieran ser confundidos con actos morales –como cuando el niño aprende a no meterse cosas del suelo en la boca por acción de la regañina de la madre-, pero que realmente no dejan de ser meros aprendizajes conductuales que el niño no entiende más allá del premio o el castigo que recibe de parte de los miembros de su entorno, pero que en ningún caso soporta contenido simbólico alguno en el interior de su mente. Sin duda este comportamiento condicionado no deja de repetirse durante toda la etapa de formación moral del sujeto, aunque con la diferencia de que a partir de los seis años de edad aproximadamente el niño, al estar ya capacitado para dotar de contenido simbólico a las ideas morales generales sobre el bien y el mal, lo aceptable y lo rechazable, comienza a modificar sus hábitos de comportamiento pensando en la repercusión social que implica el incumplimiento de una norma más allá de la simple actitud de premio o castigo social, es decir, valorando los efectos que ese incumplimiento tendrán para con su papel dentro del grupo social y las repercusiones que ello pueda acarrear en su propia vida, mientras que durante la etapa anterior solo mide su comportamiento en virtud de la actitud de premio o castigo que recibe por parte del entorno, pero nunca por el análisis del comportamiento en sí mismo. Así pues, podemos decir que el paso de las estructuras primarias a las secundarias supone el asimismo el paso de la amoralidad a la moralidad. Pero, como ya apunté anteriormente también, el hecho de que el sujeto incorpore sistemáticamente unas normas morales socialmente establecidas, no implica que tenga que cumplirlas siempre, aunque sí predispone al sujeto a auto juzgarse cuando se plantea no hacerlo o cuando directamente no lo hace. Por ello el niño experimenta en sus propias carnes los dos aspectos aprendidos anteriormente respecto de la moral, el teórico y el práctico. Primero aprende a detectar cuando está incumpliendo una de las normas morales establecidas y que él ha incorporado a su pensamiento, para después aprender a valorar lo efectos que ese incumplimiento acarrea para consigo mismo y para con su papel respecto de los demás. En un acto muy similar al comportamiento mecanicista de la etapa amoral, el niño no valora los efectos que su actitud tiene en sentido de bueno o malo respecto con el mundo que le rodea –que finalmente debiera ser la finalidad de la moral- si no que valora única y exclusivamente, o al menos en una % muy mayoritario, los efectos que el incumplimiento de una norma moral tienen respecto de su papel en relación con los demás integrante de la sociedad, pero en términos de daño para consigo mismo, no en términos de daño para con los demás. Así si un niño arremete violentamente contra otro, no sentirá remordimiento alguno sobre los daños que haya podido causar al agredido, si no que valorará su acto en función de la aceptación o rechazo que esto pueda tener para con su papel entre el grupo de amigos, la familia, los profesores, etc. y las posibles consecuencias adversas que para con su persona pueda generarle de estos grupos externos. De esta manera se explica que en esta etapa de la vida –sobre todo a partir de los 10 años o así- muchos niños consideren la agresión a sus congéneres como una muestra de fortaleza dentro del grupo, ya que ello no le repercute de manera negativa contra su persona, si no que, por el contrario, les sitúa en un papel de aparente superioridad que es bien recibido por su auto juicio sobre sí mismos. Sin embargo, a pesar de esto, cuando uno de estos niños comete una agresión contra un compañero se puede asegurar que es sabedor de que ha actuado mal, que es consciente de haber transgredido una norma moral establecida, y por ello temerá la reacción que puedan tener sus profesores, sus padres y demás elementos de autoridad si se enteran de tal hecho. Por tanto, la moralidad en la etapa de formación de las estructuras secundarias, es una moralidad que se preocupa más de la repercusión que el incumplimiento de una normal pueda tener respecto del papel del sujeto en el engranaje social, que del efecto en sí mismo que el incumplimiento de esta norma pueda tener para con el objeto sobre el que actúa. Por eso, ya apunté antes que en esta etapa de la moralidad del sujeto, se puede hablar más de una etapa dónde lo que prima es la reflexión, que de una etapa donde lo determinante sea la acción. El niño reflexiona sobre los efectos que las acciones morales tienen sobre sí mismo como ser integrante de la sociedad, y no sobre los efectos que la acción cause en sí misma en el objeto al que afecte. Osease, según el comportamiento moral de esta etapa de la formación del yo, una cosa sería buena o mala en función de que ello tenga más o menos repercusión en el papel del sujeto en su propia vida social y la valoración que del resultado de tal acción se desprenda de su entorno, y no en función de que sea positivo o negativo para con el objeto afectado. Es por ello que en esta etapa de la vida del niño aún no podemos hablar de responsabilidad moral en el sentido estricto de la palabra. Es por ello también que la polaridad dominante en la formación moral del yo en esta etapa no sea el binomio bueno-malo, si no la relación establecida entre los criterios aceptable-rechazable. El niño condiciona más su comportamiento moral a la aceptación o rechazo que su actitud pueda tener para con el mundo que le rodea, que a la comprensión simbólica de los término bueno y malo. De hecho, la tendencia natural que se deriva de este modo de aprendizaje moral suele ser la generación de una predisposición en el sujeto para juzgar lo bueno y lo malo en función de lo aceptables-rechazables que sus actos puedan ser en el entorno que le rodea, y no como valoración de las consecuencias en sí mismas, de manera independiente, de estos. Así, cuando la moralidad del niño se desarrolla en estos términos de aceptación o rechazo, lo bueno y lo malo pasan a ocupar un segundo lugar en el escalón moral, y ello condicionará en adelante todo el proceso de desarrollo y aplicación de la moralidad por el sujeto. La moralidad socialmente determinada ocupará en adelante un lugar privilegiado en el sistema de valores del sujeto, y todos sus comportamientos morales se relacionarán de una u otra manera con esta manera de entender lo bueno y lo malo, que será más una cuestión de aceptación o rechazo que una cuestión de la valoración útil de los efectos de las diferentes acciones. Todo esto, a pesar de que con la entrada en la edad adulta, con la culminación del proceso de formación del yo psicológico, el sujeto se encuentra ya perfectamente capacitado para elaborar juicios morales sobre lo bueno o lo malo de sus acciones en sí mismas, sin necesidad de relacionarlas con los efectos y la valoración social de las mismas. En la edad adulta el sujeto es ya perfectamente conocedor del significado pleno asociado al binomio cognitivo de lo bueno y lo malo, aunque ello no le faculta sistemáticamente para actuar en todas las ocasiones en consecuencia, si previamente no ha intercedido un proceso de aprendizaje que lo ayude a saber diferenciar claramente lo bueno de lo malo en su relación con lo aceptable y lo rechazable. Muy al contrario es bastante habitual que el sujeto siga actuando bajo criterios morales de evaluación social de su comportamiento, actitudes aprendidas conscientemente durante su etapa infantil, y repetidas sistemáticamente desde entonces. Así pues, podemos hablar de tres etapas en el proceso de formación moral del individuo: una primera etapa amoral donde el niño no es capaz aún de captar el simbolismo mental que diferencia a lo bueno de lo malo, una segunda etapa donde este simbolismo de lo bueno y lo malo es concebido por el sujeto bajo el aspecto socialmente condicionado de lo aceptable y lo rechazable, y una tercera etapa, que correspondería con el fin del proceso de formación moral, donde el sujeto está plenamente capacitado para comprender en sí mismas las ideas de lo bueno y de lo malo, desligándolas de su vertiente social, y transformándose ello en la elaboración de juicios morales libres y responsables. Solo en esta última etapa podemos hablar de un sujeto moralmente responsable de sus actos, aunque en un buen número de ocasiones su comportamiento moral esté condicionado por lo aprendido erróneamente durante la segunda etapa del proceso , lo cual no implica ningún tipo de límite para con su responsabilidad. Sin embargo, haciendo un análisis un poco más profundo, podemos acabar concluyendo que este proceso de formación del yo moral acaba repercutiendo negativamente en la sociedad donde vivimos, ya que bajo este modelo de desarrollo moral socialmente condicionado, los individuos suelen dar más importancia a la auto represión de sus actos socialmente vergonzosos, que a la valoración en término de bueno y malo de sus actos dañinos para con él mismo y para con los demás, y con ello se suele actuar más pensando en el qué dirán, que reflexionando sobre el porqué de las causas y las consecuencias de los actos, lo cual implica finalmente que cuando uno decide libremente saltarse las normas sociales no encuentra freno alguno para ello en los posibles efectos de sus actos en términos de juicios de valor sobre lo bueno y lo malo. De esta manera el binomio aceptable o rechazable acaba por ser un criterio exclusivo a la hora de establecer el juicio moral, pero analizado siempre bajo el criterio personal exclusivo, y no cohibido ni por la valoración social ni por los juicios de valor sobre lo bueno o lo malo del hecho en sí. Así pues, basta con que una persona considere aceptable un acto para llevarlo a la práctica, aun cuando este acto sea socialmente inaceptable y moralmente malo por su negatividad inherente con el entorno. Hoy en día existen infinidad de sujetos que influenciados por este modelo de desarrollo moral han desencadenado en este modelo de entender la moralidad, que realmente amenaza a la estabilidad moral de la sociedad de nuestros días. Normalmente este modelo moral suele afectar en mayor grado a los jóvenes adolescentes que están en pleno proceso de entrada a la edad adulta, lo cual convierte a estos sujetos en potenciales transgresores de la normalidad moral establecida, lo cual se puede por acabar convirtiendo en una peligrosa amenaza para el normal funcionamiento de la sociedad, ante el escaso respeto que este tipo de individuos tienen por nada que no sean ellos mismos y su propio código ético. Además estas personas son carne de cañón para las pandillas callejeras, los modos de vida más rebeldes, o, simplemente, para las ideologías políticas extremas y violentas. Es la propia diferenciación que el sujeto establece de lo aceptable y lo rechazable como criterios de acción moral por un lado unificados –ya que confunden una polaridad con la otra-, y por otro lado diferenciados –ya que con la entrada en la edad adulta sabe diferenciar perfectamente una polaridad de la otra- de lo bueno y lo malo, que aprendió por influencia social durante los primeros años de formación de su yo moral, lo que implica una perdida absoluta del respeto por la autoridad externa, sean los padres, los profesores, e incluso los propios mecanismos de seguridad y judicatura del estado, y con ello una creencia total en que todo aquello que él considere aceptable será bueno, aunque los efectos de estos actos de cara a sí mismos o al exterior que lo rodean sean devastadores y negativos en todos los sentidos. Con esto quiero decir, que el actual modelo de formación moral de los sujetos enseña a los niños a pensar en términos morales de aceptable-rechazable, y no en términos de bueno-malo, convirtiendo con ello en buenas acciones rechazables, y en malas acciones aceptables, lo cual acaba por generar un caos mental en el sujeto que tiene su repercusión en la no racionalización de su propia moralidad, con todo lo negativo que ello acaba siendo para la estabilidad social y moral de un sujeto cualquiera.

Pero no crean que esta moralidad de lo aceptable y lo rechazable es algo propio de la sociedad de nuestros días, ya que es una constante en la sociedad occidental durante, al menos, los últimos dos milenios de civilización cristiana. ¿Qué es si no el pecado? Cuando un niño aprende que no debe hacer determinadas cosas porque son pecado, realmente al niño no se le está enseñando lo bueno o lo malo que hay en hacer o dejar de hacer esas cosas, si no que se le está enseñando a que juzgue sus propias acciones en función de lo aceptable-rechazable que estas puedan ser de cara a una autoridad externa como es la iglesia encargada de velar por el cumplimiento de la doctrina cristiana o, en última instancia, el propio Dios. El niño entenderá el pecado no como un acto malo en sí mismo, si no como un acto rechazable a los ojos de Dios, lo cual lo convierte automáticamente en malo. Pero el criterio moral no será la relación establecida entre lo bueno y lo malo, si no entre lo rechazable y lo aceptable, en este caso ante los ojos de Dios. Con la pérdida de fe en la religión, con la denominada “muerte de Dios”, en este, como en otros muchos casos, la figura del altísimo ha sido reemplazada por la figura de la imposición social, pero finalmente el mecanismo de sumisión de las conciencias a la moralidad establecida sigue siendo el mismo. La diferencia es que en una sociedad marcadamente religiosa, donde los valores morales se asocian con la figura de Dios como autoridad externa que valora lo aceptable o rechazable de un comportamiento, difícilmente se puede dar el caso mencionado con anterioridad de sujetos que acaban por reducir toda su moralidad a lo aceptable o rechazable de un acto ante sí mismos, ya que la figura de Dios ejerce un poder coercitivo casi absoluto que muy pocas veces genera en el sujeto el valor suficiente como para revelarse contra él. Sin embargo, no ocurre lo mismo en el caso de la sociedad de nuestros días, donde la valoración de la sociedad no es un criterio lo suficientemente coercitivo como para que los adolescentes no tengan la osadía de revelarse contra ello. Sin embargo, no nos engañemos, la rebeldía del sujeto contra la sociedad suele ser tan solo una apariencia que afecta si acaso a los aspectos más superficiales de la sumisión del niño al entorno que le rodea, aunque pocas veces pase de ahí hasta situarse en las capas más profundas de dicha sumisión. A diferencia de los sistemas religiosos de imposición social obligatoria, donde difícilmente el sujeto encontrará los argumentos y el valor suficiente como para rebelarse contra ello, pero que cuando es capaz de hacerlo lo hace de manera absoluta –ya que al revelarse contra el paternalismo de Dios el sujeto de revela también contra todo lo que ello representa-, en la sociedad de nuestros días el sujeto suele encontrar –sobre todo en la etapa final de su adolescencia- motivos más que sobrados para rebelarse contra la norma establecida, pero esa revuelta suele afectar solo a aspectos concreto de la vida del sujeto, sin entrar en una raíz que arrastre a todo lo demás, ni cuestionar la mayor parte de los mecanismo sociales y culturales con la sociedad somete al sujeto. Todo esto, sin duda, tiene mucho que ver con las herencias arrastradas por la tradicional visión cristiana de la moralidad imperante en Europa hasta hace bien poco, herencia que sigue presentándose ante la sociedad occidental actual como eje central de la moralidad imperante. Nadie podrá negar todavía hoy que sea el cristianismo la raíz profunda que sustenta la actual civilización occidental. El cristianismo no solo se presenta al mundo como una religión de culto a lo divino, si no que desde sus orígenes se ha presentado con intención de transformar con su obra, por así decirlo, la conciencia y el corazón de los hombres. La persona humana redimida adquiere a los ojos del cristianismo un precio incomparable, que junto con la enseñanza de la comunidad de origen y destino de todos los hombres, contribuye, según ellos, a grabar y propagar los principios esenciales de libertad e igualdad. Desde el instante en que el hombre aparece como criatura predilecta de Dios, dotada de alma inmortal, no es ya posible admitir lo que constituyó en su momento uno de los puntales de la sociedad pagana: la posesión del esclavo, de un hombre por otro hombre. El cristianismo pretende abrir a éste horizontes insospechados y hacer que el ser humano ame al prójimo como a sí mismo y descubra en el amor de Dios la razón de poder sacrificar su propia vida en bien de los demás. Pero aunque en apariencia esto es lo primero que vende el cristianismo a sus fieles, la realidad es que han sido otro tipo de doctrinas morales represivas las que mayor auge han tenido durante la historia de poder de esta religión y su dominio sobre las conciencias de los hombres. Realmente es sintomático que tras casi dos mil años de capacidad ilimitada para influir en las mentes de los sujetos mundanos, al día de hoy vivamos en una sociedad occidental diametralmente opuesta a los valores cristianos, por mucho que sigan siendo estos los que nos caractericen. Frente al amor por el prójimo recogido en las escrituras se establece en nuestros días la competitividad y el egoísmo, frente al perdón, la venganza, frente a la doctrina de la otra mejilla, la doctrina del ojo por ojo y el diente por diente. Frente al todo somos iguales a los ojos de Dios, se impone el “dime cuanto tienes y te diré quien eres”. Y así podríamos seguir eternamente demostrando cuan alejadas están las mentalidades vitales de los hijos del capitalismo de aquellas viejas doctrinas propugnadas por el cristianismo. ¡Cuantos errores hubieron de cometerse en la propugnación social del cristianismo cuando tras dos mil años de control sobre las conciencias de los hombres no han sido capaces estos curas de hacer valer de manera permanente los valores cristianos más propiamente representativos! Han bastado apenas cien años para que todos aquellos mensajes de amor mutuo y voluntad de entendimiento entre los hombres hayan quedados olvidados en el baúl de los recuerdos, con la seria amenaza del capitalismo de no volver a rescatarlos jamás. ¡Pero cuanta debilidad no habría en las enseñanzas cristianas para que se haya pasado a este extremo en tan corto espacio de tiempo! Sin embargo, esta supuesta independencia de nuestra actual civilización respecto del cristianismo es solo una mera apariencia para engañar a las mentes rebeldes. En el fondo seguimos viviendo en una sociedad de corte profundamente cristianismo, que se refleja día a día tanto en la moral socialmente establecida, como en el funcionamiento de las instituciones más elementales de la sociedad. Bien es cierto que la influencia moral del cristianismo ya no es una imposición obligada por el propio sistema cultural imperante, que un amplio número de personas no ven ya en Dios autoridad alguna para valorar lo aceptable o rechazable de sus actos, que la fe no determina el obrar moral, y que el poder de la iglesia sobre las consciencias de los individuos es cada vez más difícil de ejercer, pero ello no implica que no existan una serie de reminiscencias que campean a sus anchas en lo más profundo de las raíces sociales de nuestra actual civilización y que siguen ejerciendo una influencia absoluta sobre las conciencias de los sujetos de nuestros días. Valga por ejemplo, con decir que la formación de la familia, tal como se conoce en las modernas sociedades, es obra del cristianismo, y de la cual ha hecho éste el núcleo básico, la célula primordial e indestructible de la sociedad civil, sin que de ello se haya cambiado lo más mínimo en la actualidad. Pero son muchos los casos en los que se sigue notando la influencia del cristianismo. ¡Qué decir de la sexualidad! ¿Seguimos o no seguimos sometidos mayoritariamente a las ideas cristianas sobre la moralidad? Y no crean que son temas de importancia baladí, ya que son auténticos pilares de la formación psicológica de los individuos los que aún siguen bajo el yugo cristiano. Mientras conscientemente pensamos que hemos sido capaces de superar la moral cristiana, inconscientemente, tal vez por comodidad, tal vez por miedo, tal vez por cobardía, tal vez por pura irracionalidad, seguimos reproduciendo sistemáticamente toda una serie de valores de origen cristiano. El modelo tradicional de familia imperante, los dogmas sexuales, las relaciones amorosas, siguen estando total y absolutamente determinados por la tradición cristiana. Tal vez en el plano donde con mayor claridad se pueda observar estas reminiscencias inconscientes del cristianismo que nos siguen dominando en la actualidad, sea en el plano de la sexualidad. De alguna manera, aunque en el siglo pasado grandes filósofos trataron de profundizar en la libre sexualidad, y en apariencia vivamos en una sociedad mucho más abierta a la sexualidad que la de nuestros antepasados, lo cierto es que aún seguimos inmersos en una moralidad sexual totalmente determinada por la tradición cristiana. Si bien es cierto que cada vez son más el número de personas que tratan de rebelarse contra esta concepción represiva de la moralidad, también es cierto que la represión cristiana sigue muy presente en la moralidad social imperante. De alguna manera la juventud de nuestros días sigue creciendo bajo el influjo de una moralidad represiva destinada a cohibir los impulsos sexuales del sujeto. Esto es de suma importancia ya que la moralidad sexual sigue siendo un factor determinante en el desarrollo psicológico de los individuos, y es causante de muchos problemas en la estabilidad emocional de los seres humanos de nuestros días, tal vez, debido a la enorme contradicción que existe entre la moral establecida y el mensaje de libre disfrute propugnado como medio de atracción de la atención del sujeto en torno a la publicidad, sea ahora cuando realmente este problema cobre una significación especial y más acentuada que nunca antes durante la historia. Fundamentalmente existen dos ideas de corte cristiano que siguen hoy, al igual que ayer, totalmente vigentes en la moralidad socialmente establecida como aceptable, la idea de la virginidad femenina –sustentada en la figura de la virgen María- y la idea de la heterosexualidad masculina como demostración de la virilidad. Los niños siguen creciendo bajo el influjo represivo de estas ideas cristianas, y así existe una tendencia social mayoritaria a creer que la mujer liberada sexualmente es una mujer con mala reputación, “una puta”, lo que acaba implicando una tendencia de las mujeres a reprimir sus impulsos sexuales desde la infancia, y con ello a desarrollar sentimientos de culpa cuando se saltan esta moralidad imperante. Por supuesto hay cada vez más mujeres que han conseguido escapar de esta represión, pero siguen siendo una grandísima mayoría las que no han podido o no han querido hacerlo todavía. Antaño, esta represión sexual de la mujer quedaba rota ante la conciencia social y subjetiva con la llegada del matrimonio, en la actualidad son pocas las mujeres que llegan libres al matrimonio, pero es la idea romántica del amor, del enamoramiento, lo que suele servir como excusa para dar vía libre a los deseos sexuales femeninos. En realidad solo las mujeres que no han sido capaces de superar esta represión de origen cristiano necesitan creerse enamoradas para mantener libremente relaciones sexuales. Este tipo de mujeres afirman que se sienten vacías cuando tienen sexo con personas de las que no están enamoradas, aunque realidad deberían decir que se sienten arrepentidas, culpables, castigadas por sus propios remordimientos. En realidad el enamoramiento es la excusa que buscan para hacer lo que antes solo podían hacer cuando se dieran a su esposo en matrimonio, y que ahora ven como muchas de las mujeres de su entorno hacen sin necesidad de ello. El enamoramiento suele ser la excusa de la mujer reprimida de hoy para mantener libremente relaciones sexuales sin que sientan por ello el peso de sus propias consciencias o de la valoración que de ello haga la sociedad. De hecho esto se demuestra cuando estas mismas mujeres suelen “enamorarse” varias veces en sus vidas antes de encontrar al hombre con el que desean realmente vivir para el resto de sus días. Estas mujeres creen estar enamoradas de sus parejas para justificar con ello sus desvanes sexuales aunque en realidad lo que sientan sea pura atracción sexual. Así, cuando ustedes se crucen con una joven que les diga que no mantienen relaciones sexuales con personas de las que no estén enamoradas porque se sienten vacías, en realidad piensen que lo que les está queriendo decir es que tienen una moralidad sexual represiva que no se lo permite. En el caso de los hombres, donde la moralidad cristiana socialmente aceptable ha sido mucho más permisiva a la hora de mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, hasta tal punto que en la actualidad existe la creencia de que esto es un símbolo de hombría y virilidad –de allí aquello generalizado de contarlo siempre a los amigos-, es la homosexualidad el auténtico tema tabú de la su sexualidad. Existen bastantes estudios psicológicos que demuestran que la experimentación sexual con otros varones es una actitud bastante usual en la infancia, fundamentalmente en la adolescencia primera, pero serán pocos los hombres abiertamente declarados como heterosexuales que le confiesen haber mantenido en alguna ocasión este tipo de relaciones, digamos, experimentales. La valoración social que aún hoy sigue teniendo entre los heterosexuales el ser homosexual, así como la represión –de acto o de pensamiento- absoluta que por este motivo el sujeto hace de toda tentativa o experiencia dada por el niño en este sentido, hacen que los varones sigan viendo en las relaciones con personas de su mismo sexo el gran tabú de su sexualidad, reprimiendo totalmente cualquier mínimo indicio de deseo homosexual una vez se han superado las etapas de experimentación usualmente dadas en la adolescencia. Pero el ejemplo que demuestra la sexualidad sigue siendo un tema tabú en la sociedad de nuestros días, que seguimos manteniendo aquellas actitudes vergonzosas y represivas heredadas a modo de reminiscencias del cristianismo, es la reacción que tanto hombres como mujeres tenemos cuando hablamos abiertamente de sexo desconocidos que pudieran ser objeto de nuestro deseo o nosotros del suyo. Prueben ustedes, hombres, a hablarle abiertamente de sexo a una mujer que acaben de conocer en las primeras palabras que intercambien, y verán como automáticamente tienen un 99% de posibilidades de que esa mujer huya espantada de usted, miedosa y temerosa de su atrevimiento, cohibida por sus propios tabúes. O, igualmente, prueben ustedes, mujeres, a hablarle, en sus primeras palabras, de sexo a un hombre que acaben de conocer, probablemente no le abandonen, pero no les quepa duda de que quedará absolutamente sorprendido por su actitud, y tenderá a juzgarla como una mujer “fácil”. Evidentemente estos ejemplos no son reglas matemáticas, pero si, por supuesto, actitudes muy generalizadas que demuestran hasta que punto seguimos considerando el sexo un tema tabú, sin duda por culpa de las reminiscencias cristianas que han llegado como tic sociales hasta nuestros días. Otra ejemplo evidente de cuan importantes son aún las reminiscencias del cristianismo en la moralidad de nuestros días es el amor. No hace falta hacer una análisis demasiado profundo para darnos rápidamente cuenta que el modelo de relación amorosa moralmente aceptado en la sociedad de nuestros días es el tradicional modelo hombre-mujer que se deben mutua fidelidad sexual. Cualquier otro planteamiento alternativo a esta visión hegemónica, está sujeta a las críticas morales de buena parte de la sociedad. Con esto no quiere decir que no haya cada vez más gente que logra romper con estos parámetros establecidos, pero sin duda son aún una enorme mayoría quienes los interiorizan como único modelo posible de relación amorosa y los reproducen de manera sistemática una y otra vez en sus vidas, no contemplando cualquier otro modelo alternativo. Es evidente que la influencia del cristianismo es más que palpable en este modelo de relación amorosa como modelo principal en la mentalidad general de la sociedad de nuestros días. Igual pasa en el caso de las familias, donde el modelo tradicional padre-madre e hijos, donde la autoridad primordial para con la educación de los hijos reside en la figura paterna, sigue siendo el modelo principal y el único exento de críticas sociales y morales. Así pues, aun cuando la sociedad ha dejado atrás cierta influencia del cristianismo en el ámbito de la cultura, lo cierto es que realmente el cristianismo sigue estando muy presente en el proceso de formación moral de los individuos de nuestra actual civilización, por ende, sigue teniendo un papel relevante en el proceso de formación del yo psicológico. Sinceramente muchas veces tendemos a creer que Dios ha muerto –en palabras de Nietzsche- pero nada más lejos de la realidad. ¡Cómo va a morir Dios si todos nosotros seguimos teniendo un cura dentro de nuestras cabezas! ¡Cómo va a morir Dios si los aspectos morales de la sociedad actual siguen estando en su amplia mayoría determinados por el cristianismo! No, Dios no ha muerto, aunque ciertamente comienza a dar síntomas de una gran debilidad, se le empiezan a ver los puntos flacos. ¡Habrá que saber aprovecharlos! ¡Ciertamente es hora ya de que le preparemos el sepulcro!

Ahora, llegado a este punto de la exposición, quisiera pararme un rato a analizar la relación que existe entre la moralidad individual y los valores sociales imperantes. Ya he dicho antes que en nuestra actual sociedad es el binomio establecido entre lo aceptable y lo rechazable socialmente lo que determina en última instancia el carácter de lo bueno y lo malo, y no el valor intrínseco que esto términos puedan tener en sí mismos. Una cosa será buena o mala en función de si es aceptable o rechazable socialmente, siendo bueno lo aceptable y malo lo rechazable. Al menos, esta es la idea moral principal con la que crecen al día de hoy nuestros hijos e hijas, y a partir de la cual desarrollan sus propios códigos éticos en sintonía con el entorno, o, en algunos casos, desvirtuando la norma hasta convertirla en un código completamente individualista donde lo aceptable o rechazable de las cosas vendrá determinado únicamente por su propia voluntad. Ya he hablado también de los efectos perjudiciales que este tipo de códigos morales tienen para el global de la sociedad. Pero, siendo honestos con nosotros mismos, debemos incidir en el origen del problema, que no es otro que la errónea vinculación que nuestra actual civilización occidental pretende establecer entre lo socialmente aceptable y lo bueno, así como entre lo socialmente rechazable y lo malo. Esto hace que sea la propia normal social imperante lo que condicione el carácter moral de una acción, una actitud o un pensamiento, independientemente de si son buenos o malos en sí mismos. Ciertamente resulta difícil encontrar un criterio por el cual las cosas puedan ser buenas o malas en sí mismas, pero desde luego las convecciones sociales al respecto dictan mucho de ser un criterio si quiera aproximado. Cuando permitimos que sea la propia sociedad quien con sus usos y costumbres determine que es lo bueno y que es lo malo, o mejor dicho, que es lo aceptable y que es lo rechazable en la acción individual del sujeto, sin tan siquiera racionalizar el porqué de tales conclusiones morales, nos olvidamos de lo fundamental en estos casos: que las relaciones sociales son portadoras de normas diseñadas para regular la convivencia entre los individuos de un mismo grupo social, pero que, dado el origen no siempre racional de tales normas, no se puede decir que todo aquello que resulte socialmente aceptable en una determinada sociedad tiene que ser bueno en sí mismo, así como todo aquello que resulte socialmente rechazable tampoco tiene porqué ser malo en sí mismo. O dicho de otro modo, las normas sociales no deben determinar el carácter moral de los comportamientos individuales, salvo que por carácter moral entendamos un uso socialmente aceptado del mismo, lo cual es un grave error, ya que resta toda significación intrínseca a lo bueno y lo malo en sí mismos. Esta actitud finalmente nos acaba conduciendo a un nihilismo moral que el sujeto entiende como una muestra de la decadencia de las normas morales establecidas socialmente, y que acaba por interpretar como un derecho subjetivo a hacer lo que le venga en gana sin tener que respetar absolutamente nada más que su propia voluntad. Como lo bueno y lo malo solo tienen valor en relación a lo aceptable o rechazable que pueda ser una actitud de cara a la valoración social que desate en su entorno, y al ser la sociedad algo externo a la voluntad del sujeto, finalmente lo bueno y lo malo acaba siendo reducido a un pensamiento totalmente individualista, donde bueno será todo aquello aceptable por el sujeto y malo todo aquello que no lo sea. Por tanto, bastaría con que el sujeto considerase aceptable el asesinato para que así mismo esta acción dejara de ser mala en sí misma. Llegado a este punto nada puede sortear los ataques del nihilismo moral. La nada es el resultado de acciones basadas en la hipocresía social constituida como valor moral, y el sujeto se cree con derecho para hacer todo aquello que crea conveniente, sin límites de ningún tipo, salvo aquellos que nacen de su propia subjetividad. Así pues, cuando la sociedad intenta desarrollar un sistema de creencias morales que dictaminen la valoración moral de las actitudes de los sujetos que la componen, olvidándose del análisis de lo bueno y lo malo en sí mismo por sus efectos de cara a la convivencia global por un lado, y de respeto al desarrollo individual por el otro, la moralidad pasa a ser algo que carece de todo sentido, pues no solo cohíbe la voluntad subjetiva dictando normas que no siempre son convenientes para la evolución psicológica de los sujetos, si no que, además, abandona el nivel de lo bueno y lo malo como valoraciones útiles de sentido, para situarse exclusivamente en el plano de lo aceptable y lo rechazable en el ámbito social, lo cual no es ya una moralidad ética propiamente dicha, si no un sistema de valores sociales que se autorregula asimismo y cuyo principal efecto es la aniquilación de la voluntad moral de los individuos implicados. Los sujetos dejan de ser individuos moralmente independientes, con capacidad para valorar los bueno y lo malo en sí mismo de sus actos según criterios racionales de desarrollo social, personal y natural, para pasar a ser miembros de una comunidad moral socialmente determinada y que sustituye lo bueno y lo malo por lo aceptable y lo rechazable, aunque por aceptable se entiendan actitudes que bajo un análisis racional sean a todas luces injustificables moralmente bajo el criterio racional de lo bueno y lo malo. Por poner un ejemplo, diré que la trata de esclavos era algo moralmente aceptable por las convecciones comunes en la sociedad romana, sin embargo un análisis racional de este hecho nos dice que es algo totalmente injustificable en virtud de su relación en sí mismo con los bueno y lo malo, y sus efectos tanto a nivel del sujeto afectado, como a nivel del global de la sociedad. En estos casos, los valores morales forman parte de una estructura social que no genera sus propios esquemas de convivencia racional, si no que todo está dado de antemano, provocando en el sujeto una situación de indefensión moral ante lo preestablecido que lo condiciona totalmente en sus actitud frente al mundo y, por supuesto, frente a sí mismo. Es por ello que en nuestra actual civilización occidental podemos decir que la moralidad ha dejado de ser un asunto del sujeto para convertirse en un asunto social, y la búsqueda de lo bueno y lo malo no puede ser entendida más allá del marco social donde se emitan los juicios morales de los individuos de nuestro entorno. Pero un asunto social que tiene sus efectos psicológicos en el sujeto, ya que es el individuo quien interioriza estas normas imperantes y quien se auto juzga en relación a ellas, poniéndose unos límites morales muchas veces absurdos, pero que condicionan totalmente su desarrollo psicológico como sujeto moral y como ser vital. Sería conveniente que llegado a este punto nos plateásemos todos la necesidad de reinvertir el proceso, la necesidad de creer que es posible llegar a alcanzar conocimientos correctos que nos permitan razonar que es lo que está bien y que es lo que está mal, pero bien y mal en sí mismos, independientemente de si es o no es socialmente aceptable o rechazable. Esta es, entiendo yo, precisamente la meta que nos tenemos que proponer, tal como lo hacía Sócrates, cuando salía por las plazas de Atenas para indagar a sus conciudadanos y saber cuanto sabían de verdad y cuan éticos y morales eran, pero sabiendo siempre que lo que está en juego es nuestra propia independencia y nuestra libertad, así como la aspiración de salvar a la sociedad de nuestros días del nihilismo moral al que va destinada si no se le pone freno a su actual desarrollo evolutivo en cuanto a temas morales se refiere.

Pedro Antonio Honrubia Hurtado