Hay una cita de Khalil Gibrán que dice así:

“Sois libres ante el sol del día, y libres ante las estrellas de la noche. Sois incluso libres cuando no hay sol, ni estrellas, ni noche. Pero sois esclavos del que amáis porque lo amáis, y sois esclavos del que os ama, porque os ama”.

¡Y cuanta razón tiene! El amor es una cárcel para el alma del enamorado, que, por más que lo desee, jamás podrá escapar de las redes de su amante. Estar enamorado supone realmente una esclavitud respecto de tu amado/a, un querer y no poder escapar de su lado. Estar enamorado es un compromiso ineludible, una cadena que te impide alejarte de la sombra de tu amor. Por eso el amor es siempre un sentimiento recíproco, un sentimiento que se da entre dos o más personas de forma simultánea y correlativa, y que impide a las partes implicadas huir de su compromiso con el resto de las partes. Los amantes se atan entre sí, y ninguno de ellos podrá escapar del resto. Cuando existe amor de verdad, te tiene cogido, agarrado, esclavizado y preso, y te adormece como un niño en los brazos de su madre. Cuando existe amor de verdad, el alma se siete en deuda continua con el alma del amado, y la vida del enamorado se funde en una sola con la vida del ser al que ama.

Pero, ¿qué es el amor? Una cárcel sí, de eso no hay duda. Pero, ¿Qué más es el amor?, ¿Cuándo hay amor?, ¿Cómo nace y dónde muere?, ¿Quiénes son los implicados? Son tantas las dudas que se me ocurren, y tan pocas las respuestas, que me siento inútil, perdido. Lo que parece evidente es que al amor es algo totalmente subjetivo, un sentimiento que solo se puede entender a través de la experimentación personal, y que cada cual lo vive y entiende de una manera diferente. No creo que el amor pueda ser jamás la misma cosa para dos personas distintas. Cada cual es libre de vivirlo a su manera, y cada cual lo siente por sí mismo a su estilo. Aunque tratemos de elaborar complejos conceptos mentales para encuadrar a todos los enamorados, lo cierto es que solo podremos pensar moldes aproximados, pero nunca podremos elaborar leyes científicas para categorizar al amor. El amor no es una regla matemática, ni tan si quiera es algo que se pueda expresar con palabras, el amor es puro sentimiento que solo se entiende cuando se tiene, y que se solo se conoce cuando es subjetivamente experimentado. Por eso resulta tan difícil hablar de amor.

Pero, sin embargo, existen una serie de valores sociales y culturales que tratan de poner normas y condiciones al amor. Esos mismos valores que hacen que al hablar de amor, todos creamos poder elaborar un concepto general en nuestra mente, y a partir del cual nos dejamos arrastrar para buscarlo. Según estas normal no escritas, estas leyes no impresas, amor es algo parecido a un sentimiento dado entre dos personas que se desean, que se unen en libre compromiso para hacer un plan de futuro juntos, y que se prometen fidelidad mutua. Por eso la mayoría de nosotros aspira a encontrar a esa persona con la que compartir su vida, y con la que fundirse en un compromiso de futuro y una pasión desbocada. Normalmente creemos que el amor se sustenta en la atracción sexual, y que los amantes se buscan entre sí para darse en compromiso mutuo cuerpo y mente. Intentamos buscar esa persona idealizada que satisfaga nuestros deseos, acercándose en todo lo posible a la persona que previamente hemos diseñado en el laboratorio de nuestros sueños. En definitiva, creemos en el amor romántico que estamos acostumbrados a leer en las novelas rosas y a ver en las películas de Hoollywood, y eso buscamos. Vivimos esperanzados en encontrar cualquier día ese/a amante que encaje con nuestros sueños y que logre colmar de felicidad nuestros deseos para alegrarnos las vidas. En las revistas y programas del corazón tenemos la demostración de que esos sueños con alcanzables. Elaboramos un patrón y lo buscamos. Normalmente creemos que estamos capacitados para elegir con el corazón, pero, casi siempre, acabamos eligiendo con la entrepierna, tanto hombres como mujeres. Mucho justificar que se busca una persona completa, pero al final todo se reduce a la búsqueda de un cuerpo, eso sí, con complementos. Lo primero que se busca es algo que desate nuestras pasión, y a partir de ahí construir el amor en base a otros aspectos. Pero siempre, por mucho que nos queramos hacer creer lo contrario, estos otros aspectos acaban siendo secundarios. A nadie, o a muy poca gente, se le ocurriría decir que está enamorado de una persona por la que no sienta ningún tipo de tracción sexual. Primero está el deseo, la pasión, y luego ya viene todo lo demás. Es una realidad tan fría, que normalmente tratamos de engañarnos pensando que actuamos de manera diferente, pero díganme, ¿Cuántos de ustedes han creído estar enamorados de personas a las que no ha deseado sexualmente? Auto respóndanse y piensen sobre ello. Solemos decir que no el físico no es lo más importante, que el deseo sexual es secundario, que la tracción no es pieza fundamental en una relación, seguramente porque nos parezca inmoral pensar lo contrario, y reducir la base de todas nuestras relaciones amorosas a aspectos tan pasionales y tan poco racionales, pero al final la realidad es que es la pasión lo que determina el amor en las sociedad de nuestros días. Es lo que nos venden en las novelas, la prensa del corazón y las películas, y es lo que inconscientemente buscamos creyendo que eso es amor verdadero. Andamos por el mundo buscando aquella persona que desate nuestros deseos, aunque luego gustemos de complementarlo con algunas otras cualidades que conviertan la relación en llevadera más allá de la cama. Pero en el fondo lo primero que buscamos es esa persona que nos desate el lívido, al menos en grado suficiente como para meternos con ella en la cama noche tras noche, y que no se convierta en un sacrificio. Por eso nos cegamos en creer que una persona enamorada solo puede tener ojos para su amado, ya que este, por lógica, sería el colmen de sus deseos, y más allá de él no puede haber deseo. Y claro, cuando el deseo comienza a desaparecer, cuando la pasión entre los enamorados comienza a decrecer, tendemos a creer que se está perdiendo el amor, y abrimos nuestra puerta, consciente o inconscientemente, a la aparición de esa nueva persona que llene el vacío existente y satisfaga todo nuestro deseo. Realmente vivimos en una espiral constante de búsqueda de amor pasional, y no dormimos tranquilos hasta encontrarlo. Y creemos que eso es el amor verdadero, que eso es amor, sin más. No nos damos cuenta que eso la mayoría de veces no deja de ser más que mera pasión.

Por definición, por ser un sentimiento bondadoso, el amor debe ser algo que llene de alegría tu corazón, que te aporte ese puntito de felicidad extra a tu vida cotidiana fuera de tu relación. Y así debería ser. Pero cuando el amor se confunde con la pasión, se abre la puerta de par en par al sufrimiento. Primero porque nos impide analizar racionalmente las virtudes y defectos de nuestros amado. Segundo porque genera sentimientos como los celos y la desconfianza. Y tercero porque construye relaciones sobre bases erróneas que al final acaban por desmoronarse. Cuando uno está enamorado, o mejore dicho, cuando uno cree estar enamorado, suele perder la racionalidad a la hora de juzgar a la persona a la que ama. Si tiene defectos no se les ven, y si tienen virtudes se les magnifican. Ni tan siquiera somos capaces muchas veces de juzgar con racionalidad el trato que nos dispersa, o la manera que tiene de llevar la relación mutua de amor. Nos basta con sentir su deseo, y creer en su palabra, y con ello hacemos todo lo posible para auto engañarnos creyendo que todo es perfecto, y que de esa relación no puede salir nada malo. Pero en muchas ocasiones, cuando las bases de la relación amorosa no son más que pura pasión, los problemas salen por todos lados, o al menos se sientan las bases para que acaben saliendo en un futuro hasta que terminen por dinamitarlo todo. Cuando los enamorados no encajan mutuamente en temas cruciales de la convivencia del día, cuando tienen sistemas de valores totalmente diferentes, cuando sus aspiraciones de vida no se corresponden, una semilla de discordia se siembra en ellos. Pero, normalmente, cuando uno cree estar enamorado de otra persona, todas estas cosas las suele pasar por alto. Simplemente confía en que el tiempo lo cure todo, y que las desavenencias se evaporen milagrosamente. Gran error. Por supuesto, cuando una persona cree estar enamorada de otra, cuando su pasión solo tiene ojos para ella, cuando empieza a ver a su amado/a como algo de su posesión, la más mínima señal de no ser correspondido genera un absoluto malestar en el enamorado. De aquí viene la desconfianza, y de aquí los celos y las conductas irracionales y posesivas. Cuando se llega a ese punto, uno cree seguir estando enamorado, pero sufre, y por más que nos quieran hacer lo contrario en las películas y en las canciones de amor, cuando uno sufre sin más razón que el deseo que siente por otra persona, y esto le hace pensar y comportarse irracionalmente, esto no puede llamarse amor. Como ya he dicho, el amor es algo bueno por definición, un sentimiento bondadoso, una alegría en la vida del enamorado, por eso el sufrimiento y el amor nunca jamás pueden ir de la mano. Se sufre de pasión, no de amor. De amor se ama, no se sufre. Y miente quien diga lo contrario. Un amante puede sufrir con la tragedia de su amado, porque la esclavitud que es el amor implica que así sea. Un amante puede y debe sufrir con el sufrimiento y el malestar de su amado, puede y debe sufrir cuando su amado se encuentre mal y acuda a él para encontrar consuelo. Porque amar implica empatía, amar implica fusión de las almas, amar implica comprometerse con el amado hasta el punto de ser una misma persona para la risa y el llanto, para el gozo y el sufrimiento. Pero amar no implica sufrir por la duda de la correspondencia del sentimiento mutuo por parte del amado. Cuando existe amor, no existe duda, cuando existe amor, no puede haber desconfianza de la reciprocidad del sentimiento mutuo. Por eso la desconfianza y los celos no son parte del amor, son parte de la pasión. Y la pasión, como los celos, es pura irracionalidad, de ahí que no se pueda controlar ni manejar racionalmente. Y de ahí que vivamos creyendo que el amor es algo irracional. Pero tampoco creo que sea verdad.

Cierto es que la pasión es irracional, que uno no puede elegir a quien desea sexualmente y a quien no, con quien desata su lívido y con quien no. Probablemente este tipo de elecciones la hagamos inconscientemente. Hay quien dice que entran en juego condicionante genéticos, que deseamos a las otras personas en base a una serie de factores biológicos que nos determinan a ello. Pero yo no me lo creo, o, al menos, no creo que sean el factor determinante, y, por supuesto, no en la mayoría de personas. No dudo que haya personas que experimenten este tipo de condicionantes genéticos y biológicos, pero creo que son los menos, la norma general es más una cuestión cultural que biológica. Creo que la explicación a este tipo de conductas irracionales que se esconden tras la pasión, a estas elecciones no conscientes que hacemos en relación a otras personas, hemos de buscarla en los cánones estéticos y demás factores culturales que nos inculcan desde niños a través de los diferentes medios audiovisuales. No solo crecemos rodeados de mensajes de amor pasional interpretados en clave de único amor verdadero, si no que, además, este estereotipo amoroso suele ir ligado a unos cánones estéticos, y unos moldes de personalidad muy determinados. Por supuesto, es la belleza el factor más determinante en este tipo de relaciones idílicas, pero no el único. El éxito social y personal, la riqueza, la inteligencia, suelen ser también habitualmente buenos complementos que acompañan a la belleza. De una manera u otra, al igual que nos lanzamos a la búsqueda del amor pasional creyendo que es el único modelo de amor posible, nuestra búsqueda está determinada por toda esta serie de estereotipos idílicos que hemos mamado desde pequeños. No solo buscamos el amor pasional, si no que, además, lo buscamos con una persona que sea guapa, de buena posición social, inteligente, etc. Aunque, realmente, es la belleza lo que más determina nuestra búsqueda. Tenemos la costumbre de asociar belleza con pasión, gusto estético con deseo, y de ahí que acabemos por asociar amor con belleza y deseo. Cuando analizamos a los posibles amantes, es la belleza aquel condicionante que primero llama a nuestra puerta. Y nos empeñamos en buscar a esa persona que se asemeje al molde idílico que hemos construido en nuestra cabeza, por supuesto, siempre un molde repleto de belleza. Por eso, la mayoría de la gente se obsesiona con la belleza en la búsqueda del amado, y tiende a prestar una atención menor a otro tipo de factores de la personalidad, que a la larga suelen ser los más definitorios en el bienestar de una relación amorosa. No digo que en todos los casos sea así, pero sin duda que ocurre en una amplia mayoría de individuos de nuestra actual sociedad. En muchas ocasiones damos más importancia a la belleza y la atracción sexual, que a rasgos de la personalidad de nuestro amante como la bondad, o a circunstancias de la relación como puede ser el compromiso mutuo de bienestar en la relación. Es cierto que todo el mundo suele negar que condicione su relación amorosa al aspecto físico de su amante o a la atracción sexual que despierte en él-ella, pero en el fondo suelen ser estos los dos factores más determinante a la hora de iniciar una nueva relación amorosa. Luego, es cierto, se buscan otras aptitudes y se intenta crear una relación sólida sobre esta primera base, pero también es cierto que no son pocas el número de ocasiones en que uno deja pasar por alto fallos y defectos en la personalidad de su amado en el devenir de la pareja, solo por no echar a perder lo que ellos creen que es una relación que merece la pena, es decir, una relación con una persona a la que desean sexualmente, y con la cual ven como se desata toda su pasión. Este tipo de cosas no se suelen detectar en el momento mismo de la relación, pero son más fácilmente analizables una vez la relación se ha terminado y el tiempo acaba por poner a cada uno en su sitio. Es pasado este tiempo cuando uno analiza su situación anterior y comienza a ver en ella toda una serie de errores y defectos que condicionaban el bienestar de la relación. Entonces, una vez la pasión ha pasado a un segundo plano y la razón puede anteponerse al impulso sexual, cuando el castillo de arena que idealizaba a la figura del amado se ha derrumbado, uno empieza a darse cuenta de los defectos en el personalidad de su ex amado, o en los problemas graves que condicionaban el bienestar de la relación, y normalmente se llega a la conclusión de que, o bien se estaba con la persona equivocada, o bien la relación debiera haberse dejado hacía mucho tiempo, y así haberse evitado sufrimiento mutuo. Digo esto, porque estoy convencido de que no hace falta llegar a estos extremos para usar la razón en el análisis del amor y de las relaciones amorosas.

Sinceramente, creo que el amor es algo tan racional como cualquier otra elección racional de la vida, y valga la redundancia, ya que no es casual. Aunque crezcamos con la idea de un amor sustentado en la pasión y la irracionalidad, aunque nos desarrollemos socialmente creyendo no existe manera humana de escoger racionalmente al ser amado, lo cierto es que todo esto no deja de ser otra gran mentira de las revistas del corazón, las novelas rosa y las películas de “pasteleo”. El amor, entendido como la búsqueda de la persona amada, es decir, la búsqueda de aquella o aquellas personas con las que compartir libre y voluntariamente tu vida en mutuo compromiso de fidelidad amorosa, es algo tan racional como lo puede ser la elección de un trabajo, o multitud de decisiones similares que se toman en la vida. He puesto el ejemplo del trabajo, ya que, al caso, me parece una comparación bastante adecuada. Teniendo en cuenta el número de años que una persona se tira trabajando a lo largo de su vida, es conveniente que desarrolle su labor en un puesto que le sea de su agrado, ya que de lo contrario su calidad de vida se puede ver resentida ante el malestar generado por encontrarse a disgusto en aquello que obligatoriamente debe hacer todos los días. No es lo mismo levantarse por la mañana e ir a trabaja en algo en lo que uno pueda sentirse a gusto y realizado, que ir a trabajar a un lugar donde uno no se encuentra cómodo y donde solo va por no quedarle otra alternativa. Si una persona que desea ser médico acaba trabajando en una mina, probablemente su grado de felicidad en la vida se vea reducido considerablemente de una situación a la otra, ya que no deber ser lo mismo para ella levantarse cada mañana para ir a su consulta, donde se siente realizada, que hacerlo para tener que ir a una mina, donde solo se encuentra en virtud de sus necesidades económicas y donde no queda satisfecha con el trabajo desarrollado. Por tanto, a la vista de que necesitamos dinero para poder vivir en esta sociedad capitalista, es lógico que las personas tratemos de buscar aquel puesto de trabajo en el que nos sintamos más cómodos y realizados, tratando con ello de darle un plus de felicidad a la calidad de nuestro día a día. Para ello buscamos la formación académica apropiada, y luego hacemos todo lo posible para buscar el puesto de trabajo que se adecue a nuestras aspiraciones. Solo en caso de no encontrarlo, y en virtud de las necesidades económicas propias de una sociedad como la nuestra, analizamos otras posibilidades hasta finalmente decidir por la que más nos interese, o, en último caso, por la que podamos –aunque no la deseemos- para tener sustento económico suficiente. Pues bien, en mi opinión, en esta sociedad capitalista, que te obliga a vivir de esta manera tan determinada por el trabajo, el salario y el consumo, hay dos elecciones que, probablemente, afecten en grado supremo sobre el bienestar y la calidad de vida que nos esperan en los años de la edad adulta: la elección de puesto de trabajo y la elección de la persona –o personas- con la que compartir tu vida en mutuo compromiso de fidelidad amorosa. Y díganme una cosa, ¿ustedes conocen a alguien que escoja su trabajo en virtud de elementos pasionales o irracionales? Entonces, ¿por qué debemos escoger nuestra relación amorosa en virtud de estos criterios irracionales y no a través de la aplicación de la razón? Creo, que al igual que ocurre con el puesto de trabajo, lo primero que debemos hacer es usar la razón para buscar a nuestro amado/a, y solo en caso de no encontrar aquello que buscamos racionalmente, entonces echar mano de otros criterios como la necesidad. Cuando uno no puede trabajar en lo que quiere, entonces uno debe acabar trabajando en lo que puede. Pues exactamente igual con la búsqueda del amor: cuando uno no puede encontrar a la persona ideal que él quiere en virtud de su racionalidad, entonces uno debe acabar amando a la persona que pueda y se deje. Pero, a diferencia del mercado laboral, donde existe una competencia enorme, y en el que entran en juego factores diversos como la formación académica o la experiencia, en el mundo del amor todo aquel –o al menos la mayoría de nosotros- podrá acabar encontrando a la persona que busque racionalmente. Eso sí, olvídense desde ya de los estereotipos de las películas de amor, y de los romances tipo “revistas del corazón”. Por supuesto que a nadie le amarga un dulce, y que todo el mundo desea acabar encontrando a una persona a la que desee pasionalmente con todas sus fuerzas, y cuya belleza colme sus deseos estéticos. Pero esto es algo tan superfluo, algo tan superficial, que no debiera estar si quiera ni entre las cualidades puestas encima de la mesa de la búsqueda amorosa por la razón. Muy al contrario, cada persona debe analizarse a sí misma, y a partir de ahí elaborar un molde realista conforme a su propia personalidad, y buscar a aquellas persona que más se adecue a sus propias características. Uno debe ver si es introvertido o extrovertido, si tiene unas aficiones u otras, si valora unos detalles u otros, y así sucesivamente hasta diseñar un molde realista de su amado. Por supuesto, cuestiones como la bondad de la persona amada, el hecho de compartir aficiones y gustos, la compatibilidad de personalidades respecto a temas de convivencia en el día a día de la relación, el sentirse cómodos y seguros mutuamente, el compaginar en los caracteres principales de la personalidad, etc., son aspectos muchísimo más importantes que la atracción sexual, la pasión o la belleza. Aunque suene a tópico, al final, la belleza se marchita, la pasión se desvanece, y lo que te queda de verdad es la persona con la que tienes que compartir el día a día de la relación. Si te confundes en la elección, al igual que ocurre con aquella persona que desempeñar un puesto de trabajo que no le satisface, a la larga eso acabará repercutiendo en tu calidad de vida y en tu bienestar, por muy bella y muy atractiva sexualmente que pueda ser la persona elegida en el momento de conocerla. Por eso, debemos olvidarnos de estereotipos culturales, y debemos buscar el amor desde la racionalidad, no desde la pasión. Cuando creamos haber encontrado a la persona de nuestra vida, algo que probablemente ocurrirá cuando demos con una persona que satisfaga nuestra búsqueda inconsciente de pasión y belleza, en lugar de agarrarnos a la situación como si fuera un regalo de Dios que debemos conservar a toda costa, tratemos de analizar racionalmente la situación, mirar en el interior de la persona supuestamente amada, comparar personalidades, imaginar la situación de la pareja a 20 años vista, no vaya a ser que por dejarnos arrastrar por la mera pasión el regalo divino se acabe convirtiendo en una carga diabólica. Ya saben, sobre todo las mujeres, que hoy en día, por desgracia, son cada vez más frecuentes los casos de maltratos, muchas veces con resultado de muertes. Baste decir, que a todo este tipo de sucesos, hasta hace bien poco se les denominaba “crímenes pasionales”, para entender que todo esto guarda con la reflexión que estoy haciendo. Pero no solo hay que ponerse en estos casos extremos, hablemos, por ejemplo, de las miles de parejas que tienen peleas casi diarias como consecuencia de los celos de uno de los miembros, o de los dos. O la cantidad de matrimonio que no se soportan, pero que no se separan bien por falta de valentía, bien por miedo a las consecuencias, tales como el efecto de cara a los hijos, la dependencia económica de alguno de los cónyuges, el miedo a la soledad, la costumbre, etc. No se, se me ocurren multitud de casos en que las relaciones amorosas sufren las consecuencias de una mala elección en el amor por parte de los implicados, la mayoría de ellos generados por una confusión inicial entre amor pasional y amor verdadero. Se que esto que digo puede sonar extravagante, e incluso que pueda ser de difícil comprensión, pero estoy completamente seguro de que se puede elegir a la persona amada en base a la razón, y que todos los días, hay millones de personas que confundidas por la idealización pasional en que han convertido la búsqueda del amor, dejan escapar a personas que las aman de verdad y con las cuales probablemente pudieran vivir por siempre felices y estables.

Lo que ocurre, es que es ciertamente difícil de hacer creer a la gente que el amor es cosa de la razón, cuando desde que tienen uso de ella, se les ha hecho creer lo contrario, es decir, que el amor el fruto de la irracionalidad y de la pasión. A uno le cuesta mucho trabajo creer que es posible amar a una persona sin sentirse atraído por ella sexualmente, o que es posible encontrar a la persona con la cual uno desea compartir su vida sin que en ella se encuentre una fuente continua de pasión. Creen que a ese tipo de relación se le llama amistad, pero no se dan cuenta de que la amistad está un escalón por debajo de ello. Acostumbrados como estamos a emocionarnos cuando vemos a una mujer o un hombre hermoso, a excitarnos cuando tenemos cerca de una persona que deseamos, a perder la cabeza por la pasión, no es altamente complicado entender que pueda haber un amor donde esas cosas sean si no prescindibles, al menos sí de una importancia ridícula. No podemos, o no queremos, entenderlo. Y seguimos empeñados en buscar a aquella persona que nos haga sentir todas esas cosas que vemos en las historias de amor de las películas. Sin duda, vivimos demasiado condicionados por los valores culturales que nos vienen impuestos desde la sociedad, y que aprendemos a través del propio proceso de socialización. Por eso nos cuesta tanto trabajo creer en modelos alternativos de amor. Pero nos equivocamos, no ya por no optar por el modelo de amor racional, donde se busca a el amado-a con la cabeza y no con el deseo sexual y los condicionantes estéticos, si no, simplemente, por no cuestionarnos la racionalidad de los modelos que nos vienen determinados por sistema. Ahí es donde reside el verdadero error. Uno puede después optar por reproducir racionalmente el modelo tradicional de amor, con sus virtudes y sus defectos, sus errores y sus aciertos, sus cosas buenas y sus cosas malas, pero hacerlo de modo racional, es decir, tras haber ido hasta el fondo de la cuestión y haber desmantelado toda la estructura irracional que lo sustenta. Una vez que uno se da cuenta de que lo que nosotros creemos que es amor no es más que una imposición irracional de la cultura, y a partir de aquí seamos capaces de darnos cuenta que existen otros modelos diferentes entre los que poder optar que también cumplen esa misma función amorosa, entonces estamos en disposición para optar racionalmente por la alternativa que nos parezca mas atrayente, o más acorde con las características de nuestras propia persona. Al final acabaremos pues haciendo lo mismo que hubiéramos hecho de haber seguido las imposiciones culturales de la sociedad, pero lo habríamos hecho desde la razón, y previo conocimiento de que existen otras alternativas igualmente válidas. Esto nos convierte en personas más comprensivas con los demás, y más capacitadas para entender la diversidad.

Porque la cuestión cultural no solo se queda en el análisis del molde que debemos usar para la búsqueda de la persona amada, si no que implica también las formas a seguir en el establecimiento y el desarrollo de la relación. Por ejemplo, el la sociedad occidental, el modelo tradicional de relación amorosa, el mayoritariamente buscado y aceptado, se basa en la relación establecida entre dos personas de distinto sexo que se unen en libre compromiso de mutua fidelidad. Pero fidelidad en el sentido más amplio de la palabra, es decir, tanto en el plano sentimental como en el sexual. Si analizamos detenidamente esta estructura tradicional de la relación amorosa, podemos observar que prácticamente es una representación fidedigna de los valores cristianos en relación a este tema. Sería una relación heterosexual que se unen en matrimonio y que se prometen fidelidad mutua, siendo el adulterio algo no permitido en la relación. Digamos que nadie jamás será socialmente criticado por seguir esta línea de relación amorosa. Sin embargo, toda otra relación que se escape a este modelo tradicional siempre es proclive a estar en tela de juicio y puesta en boca de los demás. Ello pasa fundamentalmente entre las personas que no han tenido la suficiente valentía como para ir hasta el fondo de la cuestión amorosa, y encontrar allí las diversas alternativas que se pueden seguir en la relación amorosa, y ver así que la opción por ellos elegida no deja de ser una entre las múltiples variables existentes, ni mejor ni peor que las demás. El problemas es que la persona que representa los valores tradicionales aprendidos por medio de la cultura socialmente aceptada, siempre se cree en el lugar adecuado como para poder juzgar moralmente a los demás que estén en otras posiciones distintas. No es capaz de contemplar esas otras posiciones como elecciones libres y voluntarias igualmente válidas, si no que las ven como una malformación del tronco original que ellos representan, y por tanto como una posición moralmente inferior a la suya, lo que les da poder para criticarlos y atacarlos. Por eso cuando una persona va racionalmente hasta el fondo de sus propias convicciones morales, y analiza como le han sido dadas a su entendimiento, y comprende cuales de ellas son meras representaciones de los valores culturales impuestos y socialmente establecidos, entonces se auto capacita para entender que todos otros aquellos valores que comparten espacio social y cultural con estos, no han de ser algo moralmente inferior a ellos, si no, muy al contrario, una postura tan respetable como la suya propia, ya que no dejan de ser una de las alternativas posibles, diferente a la elegidas por ellos, pero una tan racional y válida como la suya propia. Afortunadamente en el tema de las relaciones amorosas la sociedad tiende poco a poco a desprenderse de esos valores católicos tradicionales que nos acompañan en nuestro proceso de socialización como normas culturales socialmente aceptables. Un buen ejemplo podemos encontrarlo en las relaciones homosexuales. Aunque todavía sigue existiendo un sector bastante amplio de la sociedad que adopta posturas moralistas respecto de los homosexuales –desde las tradicionales fobias a la negación política de sus derechos legales-, por fortuna cada ves son más las personas que expresan libremente su condición de homosexuales, y cada vez es mayo el número de ciudadanos que los respetan y lo comprenden, analizando su posición como una opción –voluntaria o no voluntaria, pero al fin y al cabo una opción respecto de la sexualidad y las relaciones amorosas- a la cual se le debe tener tanto respecto como a la opción propia de cada cual y las opciones tradicionales. Sin embargo, curiosamente, en cuanto a las relaciones monogámicas, otra opción en el establecimiento de la pareja propio del cristianismo y llegado hasta a nosotros de la influencia de este, la unanimidad social es prácticamente total. Las relaciones amorosas en nuestra sociedad son entendidas prácticamente por el cien por cien de nosotros como una relación entre dos personas exclusivamente. Incluso, fíjense, en el caso de los homosexuales, a pesar de que muchos de nosotros podamos creer que son uniones amorosas exentas de la influencia de los valores católicos tradicionales, el modelo de relación amorosa que se ha impuesto en sus uniones, es el modelo tradicional de la sociedad católica, es decir, el modelo de las uniones entre parejas monogámicas. Bien es cierto que entre el colectivo homosexual, fundamentalmente el colectivo gay, existe cierta tendencia a la promiscuidad y la experimentación sexual que no existe tan usualmente entre los heterosexuales, pero a la hora de unirse formalmente en matrimonio, o de establecer una relación seria, el modelo escogido es, curiosamente, el modelo tradicional católico. Esto demuestra cuan fuertes pueden llegar a ser los valores culturales socialmente establecidos. Por mucho que pensemos que estamos capacitados para replantearnos la validez de su existencia en una sociedad tan cambiante como la nuestra, lo cierto es que una y otra vez vuelven a manifestarse. Imaginen ustedes como reaccionarían un amplio sector de la sociedad –entre ellos algunos de los homosexuales que ahora se han unido en matrimonio monogámico- si de repente a un pequeño sector de la población le diera por formar uniones amorosas de dos personas. Ya no hablo de tríos al estilo sexual por todos conocido, si no de pequeños grupos de enamorados que toman la decisión de compartir sus vidas en todos los aspectos. Osease, una relación amorosa pero donde los amantes no sean dos, si no cuatro o cinco o seis personas. Es decir, si hemos dicho que es posible buscar racionalmente a la persona amada en base a una serie de criterios previamente establecidos como pueden ser la personalidad del amante o las aportaciones a la relación, imagínense ahora que sobre la base de una pareja formada de esta manera, se sumase a la relación amorosa otra persona que contara con el beneplácito racional de ambos integrantes de la pareja, y que, por tanto, contase y diese recíprocamente amor a los dos miembros previamente existente en la relación. De esta manera habría una unión de tres personas donde todos ellos se aman entre sí: A ama a B y C, B ama a A y C, y C ama a A y B. Digamos que esta relación amorosa se pudiera ir desarrollando con más miembros con el único requisito de la existencia de amor mutuo entre todos los implicados, formando con ello una unión social, una unidad familiar, donde se comparten los aspectos propios de las familias (unidad económica, hijos, responsabilidades, etc.), pero que en lugar de estar compuesta por dos personas, lo estaría por 3 o más integrantes. Por supuesto esta relación solo es factible en virtud del amor racional, ya que el amor pasional implica una serie de cosas (ansias de poseer individualmente a la persona amada, celos, etc.) que serían incompatibles con este modelo de relación amorosa. Imagínense si esto alguna vez llegara a darse, la que se liaría entre los sectores mas reaccionarios de la sociedad. Evidentemente esto que digo, analizado desde nuestra actual posición social, pasado por el filtro de nuestros actuales valores culturales, puede sonar a ciencia ficción, o ser un modelo de relación amorosa ni tan siquiera comprensible, pero si, una vez más, nos vamos al fondo de la cuestión y desmontamos toda la estructura culturalmente aprendida de la sociedad que domina nuestro pensamiento, estaremos capacitados para entender que no es algo tan extraño ni descabellado, y que, tal y como funciona la sociedad capitalista, donde se hace cada vez más difícil mantener una familia con casa, coche, hijos, etc., puede que en un futuro, con el objetivo de compartir todas estar cargas económicas o por pura evolución del pensamiento, se den este tipo de uniones múltiples, y entonces, probablemente, contaran con mayor o menor rechazo social, pero, desde luego, que no serán vistas como algo extravagante o extraño. Lo que ocurre, es que para nosotros, hijos de la mentalidad católica tradicional –nos guste o no nos guste-, herederos de una tradición amorosa casi idéntica a la derivada de la doctrina católica, hablar de este tipo de uniones se escapa de nuestra visión y se nos hacen difíciles de comprender. Sobre todo porque estamos acostumbrados a relacionar el amor con un sentimiento dado entre dos personas, incluso, si me apuras, dado entre varias personas pero donde existen pares de enamorados (por ejemplo relaciones poligámicas tradicionales, o relaciones de parejas donde existe una infidelidad que es algo más que sexo). Así que cuando nos sacan de este molde tradicional, y nos hablan, por ejemplo, de un amor dado entre dos personas pero extensible a una tercera una cuarta, etc., lo vemos todo muy extravagante. Pero la idea puede ser más sencilla de comprende expuesta de la siguiente manera: al igual que un grupo de amigos, la amistad se da recíprocamente en mayor o menor grado entre todos los miembros del grupo, y todo son amigos de todos simultáneamente (Juan es amigo de Andrés, pero también es amigo de Antonio, de Julián, etc., y Julián es amigo de Juan pero también es amigo de todos los demás, y así uno a uno con todos los miembros.), en este tipo de relaciones amorosas el amor se daría recíprocamente entre todos los integrantes del grupo (Juan ama a María, pero también ama a Andrés, a Carmen, etc., y Carmen ama a Juan pero también ama a todos los demás, y así uno a uno con todos los miembros ). Pero esto no piensen ustedes que todo esto lo estoy diciendo sin sentido alguno o solo para demostrar mis dotes imaginativas, todo lo contrario, si he expuesto este caso es, precisamente, para demostrar a través de él varias cosas:

1) Que en la manera de entender las relaciones amorosas, como en muchos otros temas de la vida social de los individuos de nuestra actual sociedad, existen una serie de patrones culturales socialmente aprendidos que dominan la mentalidad mayoritaria de la población, y que se reproducen sistemáticamente por el pensamiento subjetivo.

2) Que cuando nos sacan de estos patrones mayoritarios y nos plantean situaciones alejadas de ellos, tendemos a creer que son extravagantes (cosa de “locos”), aunque en realidad sean simples construcciones racionales que pudieran darse como una alternativa al modelo tradicional y usualmente utilizado por nosotros mismos y nuestro entorno, y por tanto, aun siendo extrañas y extravagantes, no tengan nada de irracionalidad-

3) Que, para llegar al fondo de los temas, es necesario destruir mentalmente toda la estructura cultural construida socialmente, y a partir de ahí analizar las cosas desde la racionalidad, y ver las diferentes alternativas en equidad moral, lo cual implica que no se elaboren juicios morales sobre ninguna de ellas, no al menos tomando el modelo tradicional como referente.

4) Que puede existir el amor sin atracción sexual. Y es que, en este tipo de relaciones multilaterales lo que primaría sería el sentimiento mutuo de amor que se tendrían todos los integrantes, sin que ello implique que tengan que mantener relaciones sexuales entre todos ellos. Es decir, que los integrantes de la relación no tienen porque sentirse atraídos sexualmente por todos los otros integrantes, y no por ello esto tiene que suponer un problema para la relación común. Ahora bien, también podría darse el caso en que existiera atracción sexual entre todos ellos, que todos mantuvieran relaciones sexuales con todos, y que lo hicieran bien en relaciones de pareja o bien orgías o relaciones múltiples. Si esto ocurriese, entonces, imagínense, este tipo de uniones amorosas serían consideradas por los católicos como la versión familiar de Sodoma y Gomorra, y con ello se arrastraría a un amplio sector de la población a pensar de manera semejante. Solo en el caso de haberse dado el paso expuesto en el punto tres la cosa podría ser diferente.