Dicen por ahí que el ser humano comienza verdaderamente a apreciar su vida cuando ve cercana la muerte. Gran verdad. Aún así, no es la cercanía de la muerte en sí misma lo que da valor a la vida, es, muy al contrario, el final de la vida lo que resta valor a la muerte. Miedo tiene, sin duda, el ser vital de perderse en las tinieblas de lo desconocido, pero no le falta valor al ser perdido, al moribundo, al que se quedó sin argumentos para seguir adelante, para entregarse en cuerpo y alma a los abismos del qué vendrá. Entre la vida y la muerte hay un vínculo demasiado fuerte como para entender la una sin la existencia de la otra.

Vivir es la única manera de encontrar excusas para justificar los errores del pasado, el único camino para corregirlos. Morir es la mejor manera para hacer –dejar de hacer- justamente lo contrario. Cuando el horizonte se vislumbra apesadumbrado por la niebla, cuando se ve el futuro limitado por una barrera infranqueable o destinado a no llegar a ningún sitio donde no se haya estado antes ya, vivir se convierte en un sin sentido que nos quita de un plumazo todo miedo a la muerte. El anciano satisfecho, el enfermo terminal, el sabio iluminado, personas todas ellas que ven en la muerte el placentero final de un viaje por un mundo de deseos, necesidades y aspiraciones que no va más allá de la frontera del tiempo subjetivado. Uno nace, crece, vive y el tiempo siempre está ahí. Te controla, te amenaza, te recuerda lo poca cosa que eres. Un día, otro y otro, siempre con sus horas, sus minutos y sus segundos, siempre atándote a una realidad de la que no puedes escapar. Solo cuando nos perdemos en el mar de nuestros pensamientos podemos sentirnos liberados de las cadenas del tiempo. Una mera ilusión, una pura apariencia, un pequeño engaño de la mente que nos ayuda a desahogarnos de las ataduras del reloj. Pero todo lo nacido tiene un final. Desde la más longeva de las galaxias al más breve de los susurros, no existe elemento material alguno capaz de vivir eternamente. El envejecimiento, pues, nos hace uno con el universo material, y nada de lo vivo que existe en el universo teme a la muerte, al menos nos conscientemente. Esa es una de nuestras grandes condenas. Luchar por sobrevivir no lleva implícito temor alguno a muerte, más bien es una superación instintiva del temor, hasta evolucionar a una especie de envalentonamiento vital que da sentido a la existencia del ser vivo. La vida es el único sentido de la existencia, existir es vivir, vivir es prepararte para saber afrontar racionalmente el momento en que de debas superar el miedo a la muerte.

Sin duda, y esto es algo que nunca podremos hacer lo suficiente, debemos agradecer a nuestras madres que nos hayan dado la vida, pues teniendo la opción de haber abortado, la posibilidad de no haber permitido nuestra existencia, no lo hicieron. Somos seres tan frágiles, que toda nuestra existencia pende constantemente de un hilo, desde que somos un gameto, hasta que definitivamente damos el último suspiro. Estamos aquí, ahora, pero perfectamente podríamos no haberlo estado, o dejar de estarlo en el instante siguiente, y todo seguiría su curso sin que nuestra inexistencia tenga la menor importancia. La vida es una casualidad del destino, una oportunidad única que no siempre sabemos aprovechar como es debido. Uno nace, crece, y a su alrededor crea un mundo de relaciones que lo sustentan sobre la faz de la tierra, pero, al fin y al cabo, no tiene la menor importancia de cara al devenir global del universo. O al menos, eso parece. No elegimos a nuestros padres, ni ellos nos eligen a nosotros. No elegimos el lugar donde debemos pasar nuestra infancia, no elegimos nuestro aspecto, no elegimos la cultura que vamos a mamar como cachorros sedientos de conocimientos. Todo lo que creemos que es más propiamente nuestro, no es más que una mera casualidad del destino, un número de una rifa que nos dan, y que puede, o no, llevar premio. Pero la verdad es inapelable: Nacemos cuando podíamos no haber nacido, tenemos una familia que no hemos elegido, vivimos nuestra infancia en una ciudad que no hemos pedido en ninguna agencia de viajes, y somos tal y como el capricho de nuestros genes ha querido hacernos. Nos puede gustar más o menos lo que somos y tenemos en la infancia, pero no lo hemos elegido. Realmente somos esclavos de nosotros mismos, esclavos de nuestro lugar en el mundo, esclavos del número en la rifa que nos dieron al salir del vientre de nuestra madre. Por eso, resulta altamente curioso que los seres humanos dediquemos largas horas a reflexionar sobre los efectos que nuestra muerte pudiera tener para con las personas que nos rodean, y que, sin embargo, pocas veces pensemos en los efectos que nuestra no existencia, nuestro no nacimiento, hubiera tenido sobre ellos. Son tantas las personas que, de una u otra manera, se hubieran visto afectadas, que deberíamos hacerlo con asiduidad, fundamentalmente para combatir nuestro egoísmo. No solo hubiera afectado a nuestros familiares más directos, que probablemente hubieran seguido tranquilamente su vida sin más secuelas que el triste recuerdo de la muerte de un ser que iba a ser pero no fue -A instancias morales o legales puede que el feto se considere ya en sí mismo una persona, pero a instancias sentimentales perder un hijo antes del nacimiento nunca será igual de doloroso que hacerlo después de haberle visto llorar y sonreír en tus brazos-, si no que es algo que va mucho más allá. ¿Cuantas de las personas que te has cruzado en la vida se hubieran visto afectadas? Todas, sin duda, todas. Desde esa mujer que te cruzaste en la cola del supermercado, hasta tus amigos más íntimos, aunque no se puedan comparar unos casos con otros. Esa mujer del supermercado, que, seguramente, ni siquiera te recuerde, tendría una vida exactamente igual a la que ahora tiene, tu inexistencia tendría para con ella el mismo efecto que tendría tu no presencia ese día en la cola del supermercado. Sin embargo para tus amigos, para tus allegados más próximos, los efectos van mucho más allá. De no haber existido tú, ellos tendrían una vida, si no totalmente diferente, al menos sí distinta de la que tienen en la actualidad. En cada parte de su existencia donde apareces tú, habría una vacío, y todo lo en lo que tu compañía les haya podido afectar no existiría. Imagina, por ejemplo, a ese amigo al que le diste un consejo que le sirvió para progresar en la vida, de no haber nacido tú, igual ahora sería más desgraciado. O al revés, imagina esa persona a la que has hecho daño, quizás ahora sería más feliz si tú no hubieras nacido. Así pues, a pesar de que nos empeñamos en no mirar más allá de nuestro ombligo, lo cierto es que uno existe no solo para sí mismo, si no que vive siempre en correlación con los demás, y eso le da a nuestra persona un valor suplementario que en sí misma no posee, un valor que lo hace necesario dentro de la casualidad a la que va sujeta la existencia de nuestro ser. Pudiste no haber nacido, pero naciste, pudiste no haber existido, pero existes, y con ello te acabas convirtiendo en una pieza más en la existencia de muchas personas, que han construido su vida en relación con la propia construcción que tú has hecho de la tuya.

Así que no somos tan insignificantes como pudiera parecer: puede que al Universo no le importe tu existencia, pero hay miles, millones de personas en la tierra que pueden salir beneficiados o perjudicados con ella. Por eso es tan importante desarrollar unos valores que nos hagan mejor persona. Y ser mejor persona, lejos de serlo para uno mismo, se traduce en ser para los demás, en ser para hacer más felices a los demás, o, cuando menos, en ser para no hacer infeliz al prójimo con nuestro egoísmo. El problema es que nos dejamos arrastrar por las circunstancias, nos acomodamos en nuestro mundo de cristal, y la mayoría de veces preferimos dejar a los demás que elijan por nosotros antes que tener que ponernos nosotros a elegir. Y los demás son muchos, demasiados para elegir por nosotros, con lo cual al final acabamos por elegir mal, y acabamos por escoger el camino del egoísmo. Además, uno no siempre es consciente de esta situación. A veces creemos que estamos siendo libres a la hora de elegir, y sin embargo estamos haciendo todo lo contrario. Solemos entregar nuestra libertad en bandeja de plata, y lo peor de todo es que creemos poder hacerlo sin renunciar a ella. Gran error. Cuando convertimos nuestra vida en un medio para conseguir un fin, y nos olvidamos de que ella es un fin en sí mismo, estamos enterrando nuestra libertad. A partir de ese momento seremos esclavos de nuestros fines, sin ser jamás un fin en sí mismos. Y es entonces cuando dejamos que el egoísmo nos dominé, cuando el yo es infinitamente más importantes que el tu, cuando habremos renunciado a ser personas dignas. De aquí se deduce, que si hiciéramos un uso adecuado de nuestra racionalidad, no tardaríamos mucho en darnos cuenta que no podemos vivir condicionados por los fines, si no que tenemos que condicionar nosotros mismos a los fines, tenemos que aprender a adecuar la vida a la existencia común de la humanidad, y a partir de ahí dar razones a nuestra individualidad para que pueda auto realizarse. Lo primero que deberíamos hacer, consecuentemente, es elaborar un código ético que nos ayude a la hora de tomar decisiones. Un código ético que aspire a la universalidad, y en cuya finalidad vaya impresa por igual la superación personal y el progreso colectivo. Un buen camino para la autorrealización del yo puede desarrollarse sobre una buena base si somos capaces de aprender a situar cada aspiración de la vida en su lugar correspondiente, dando a cada cosa el valor que le pertenece. La familia, el amor, la realización intelectual, la satisfacción laboral, la amistad, el amor propio, son algunos de los aspectos verdaderamente importantes de la existencia, todo lo demás ha de estar siempre en un segundo plano. Cuando nos olvidamos de nosotros mismos, cuando hacemos de nuestra vida un puente para cruzar hacia un mundo que no reside dentro de nuestra alma, cuando nos dejamos llevar por la ilusión de la riqueza o el poder, nos convertimos en peores personas, en seres vacíos que tienen poco o nada que aportar a los demás. Por supuesto que es legítimo y adecuado aspirar a ser rico o famoso, a tener poder o a ser una persona socialmente reconocida, pero esto nunca se debe hacer a costa de renunciar a nosotros mismos, nunca a costa de vender nuestra alma al diablo. Que todo ello sea una meta a la que uno llegue haciendo de su vida un fin en sí mismo, pero jamás usando, sacrificando su propia vida para alcanzarla, aun a pesar de dejarse en el camino su propia felicidad o, lo que es más importante, su dignidad. Ser digno es ser buena persona, ser digno es pensar con el corazón y con la cabeza, no con el corazón para la cabeza. Al final de la vida solo nos quedará eso: nuestra dignidad. El fin no justifica los medios. Aun con la vista puesta en el horizonte, debemos ser capaces de llevar una existencia lo más digna posible en el día a día. Respetar para ser respetados. Escuchar para ser escuchados. Desarrollar nuestra empatía para ser cada vez más condescendientes con nosotros mismos y con los demás.

La existencia solo toma sentido a través de su vinculación con el futuro, y es este mismo futuro el que ratifica a posteriori el sentido de la existencia presente. Sin dejar de lado en ningún momento nuestra subjetividad, la base de nuestra existencia se desarrolla en nuestra interacción con el entorno. Somos seres sociales que necesitamos del entorno para poder sobrevivir. Nadie, absolutamente nadie, puede vivir de forma completamente independiente. Podremos ser personas más o menos solitarias, más o menos independientes, pero todos necesitamos de los demás, necesitamos del entorno y vivimos en relación con ellos y con ello. Ninguno de nosotros es un ser auto suficiente. Hasta los ermitaños dependen de los frutos de la naturaleza para subsistir. En una sociedad como la nuestra, desarrollada sobre los beneficios propios del trabajo y el consumo, el nexo de unos humanos con otros se ve mucho más acentuado. Todo aquello que produzco con mi trabajo tiene como destino servir a otros individuos. Todo aquello que consumo proviene del trabajo de otros individuos. ¿Cómo creerme entonces un ser independiente? No, no lo soy. Soy un ser subjetivo pero dependiente, una existencia individual pero condicionada por el entorno. Entonces ¿Por qué separar mi existencia de la existencia del prójimo?, ¿por qué no sentirme también responsable de sus fallos y sus aciertos? Al nacer, el ser humano empieza a forjarse así mismo, pero en estos primeros instantes de la vida uno no es nada sin la ayuda de sus coetáneos. Necesita de un pecho que le dé de comer y de una mano que le proteja. Es cierto que cada hombre se hace así mismo, pero lo es también que uno no puede hacerse distinto a como desde su marco cultural se le inculca. No hay mayor idiota que el que se cree diferente. Somos libres para elegir nuestro camino, pero somos esclavos de nuestro entorno y, fundamentalmente, esclavos de nuestras necesidades, las biológicas y las sociales. La sociedad es una cárcel para nuestra libertad, en tanto y cuanto condiciona nuestra formación y se hace coparticipe del efecto de nuestras decisiones. Todo lo que yo haga tendrá un reflejo en mi entorno, todo cuanto yo decida tendrá consecuencias para aquello que me rodea. No puedo ejercer en plenitud mi libertad pues mis decisiones se verán condicionadas por el efecto que puedan tener a mí alrededor. ¿Quién es aquel capaz de abstraerse por completo a los efectos de sus acciones en el mundo que le da cabida?

También se que mi existencia implica ser dueño de mi propia vida. Pero, ¿qué es entonces la vida? La vida puede ser muchas cosas, aunque reducida a sus elementos más básicos, aquellos que se reflejan continuamente en nuestra existencia mundana, podemos decir que la vida es un continuo instante de dos caras: una continua duda y una continua toma de resoluciones, en eso consiste nuestra libertad. Vivimos en un constante interrogante existencial, en una perpetua pregunta que debemos responder sin más remedio. Constantemente estamos eligiendo nuestra vida, el qué hacer frente al que no hacer. Hagamos lo que hagamos siempre habrá otras cosas que podríamos hacer en ese mismo momento y que libremente hemos decidido no hacer. Me levanto cuando podría quedarme acostado, voy a trabajar cuando podría irme a cualquier otro lugar, veo la televisión cuando podría leer un libro, me acuesto cuando podría quedarme despierto hasta el día siguiente. Al final, se mire como se mire, siempre hacemos algo que libremente escogemos frente el resto de infinitas posibilidades que podríamos hacer también en ese mismo momento. Las necesidades biológicas nos condicionan, las necesidades sociales también, pero nuestra voluntad siempre prevalece sobre todo lo demás. Sé que si no como moriré de inanición, que si no duermo caeré rendido, que si no voy a trabajar perderé mi empleo, que si no acudo a una cita enfadaré a quien me espere, pero nada de esto impide que, mientras la consciencia habite en mí, siempre tenga la opción de hacer algo diferente a lo que las necesidades me induzcan a hacer. No comer y morir de hambre, o no ir a trabajar y perder mi empleo, también son opciones que libremente puedo elegir. Así pues, la vida es una constante elección, una elección libre, una libertad condicionada por las necesidades y determinada por la razón.

Hasta los instintos más primarios pueden ser racionalizados. Comer, beber, dormir, una serie de condicionantes de cuya satisfacción depende nuestra supervivencia, y de cuya insatisfacción se desprende un malestar físico que nos avisa de ello. Si no hiciéramos caso de estos avisos biológicos nuestros minutos sobre la tierra estarían contados. Pero, a diferencia de los animales, en el ser humano racional, no es el instinto biológico lo que nos conduce en última instancia a satisfacerlos, si no la razón. Es la razón la que nos dice que debemos actuar de una manera determinada por el bien de nuestra supervivencia. Pero siempre tenemos la posibilidad de actuar contra los instintos biológicos, y hacerlo también sería algo racional. Racional en el sentido de poder elegir. La razón es elección, la razón no es ni el sí ni el no, la razón es la duda misma. Quien hace huelga de hambre muere de inanición por una decisión libre nacida de su racionalidad. Ningún animal podría morir de hambre teniendo cerca alimento a su disposición. Rechazar el sueño nos puede llevar a la perdida de consciencia e incluso a la muerte, pero mientras somos seres conscientes siempre podremos optar por ello.

En el caso de las necesidades sociales, donde no existe mayor condicionante que la obligación personal, donde no hay estímulos físicos que nos avisen de su presencia, la razón es el absoluto que nos guía en su cumplimiento. Sé que si no voy a trabajar perderé el trabajo, y sé que si pierdo el trabajo no tendré medios económicos para llevar una vida como la que acostumbro, e incluso podría llegar al extremo de no tener para comer y morir por ello de inanición. Por eso tengo la obligación moral de acudir diariamente al lugar donde presto mis servicios profesionales. Pero si no quisiera ir, también podría hacerlo, simplemente tendría posteriormente que atenerme a las repercusiones y consecuencias que esa acción libre conlleve. Pero la razón, la libertad, no solo está condicionada por las necesidades. Si hemos dicho que la razón es la duda en sí misma, la capacidad para poder elegir entre diversas alternativas, el mayor condicionante que puede tener la razón para realizar su tarea es la posibilidad, o no, de realizar las diferentes alternativas. Quien tiene comida a su alcance es libre para tomarla o rechazarla, pero quien tiene hambre y deseos de comer, solo podrá ejercer su libertad si tiene alimento cerca. Quien tiene hambre es libre para elegir sí desea seguir teniéndola o sí, por el contrario, prefiere comer y acabar con ella. Pero solo en caso de tener comida cerca podrá ejercer verdaderamente su libertad. Una elección solo podrá ser verdaderamente libre en el caso de que todas las opciones potencialmente elegibles puedan ser realizadas. En caso contrario, la elección racional estará cohibida por las alternativas ausentes. Ser libre implica poder elegir, pero no implica, ni mucho menos, poder realizar satisfactoriamente la elección. Para ello es obligada la posibilidad de satisfacción de todas las alternativas. Un pregunta de un examen tipo test nunca podrá venir sin la respuesta verdadera entre las diferentes alternativas dadas para su respuesta, de lo contrario, el desconocimiento de la opción adecuada nos condenaría al error, sin que ello se pueda considerar una opción libre y justificada. Así pues, la vida es una constante elección, una constante resolución de alternativas, pero estas alternativas no siempre son las suficientes como para poder ejercer plenamente nuestra libertad. Somos libres para poder elegir, sí, pero somos esclavos de nuestra razón: esclavos de nuestras necesidades, esclavos de nuestros conocimientos y esclavos del entorno donde debemos amparar la realización de las diferentes alternativas planteadas por la vida.

Somos libres y podemos elegir siempre, pero hay una cosa de la que no podremos escapar jamás, por mucho que deseemos elegir lo contrario: la muerte. Mientras estamos vivos todo puede estar sujeto a cambios, por muy extraño e imposible que pueda parecer un cambio, siempre existe la posibilidad de que se de, aunque materialmente sea imposible e irrealizable. En eso consiste la esperanza y sobre esa base se ha construido la fe de los hombres en el futuro. Pero la muerte es el final del camino, la muerte es el no va más, la muerte es tanto la mutabilidad del ser al no ser, como la inmutabilidad del ser que fue pero ya no es, no al menos como antes era. También sobre el combate a esta base se ha construido la fe de los hombres en el más allá. Aferrados a la idea del cambio siempre posible en vida, imaginamos cambios posibles tras la muerte, no nos conformamos con anclarnos a la versión materialista del fin del trayecto. El cambio es algo tan nuestro y tan propio en vida, que nos cuesta creer que llegue un momento en que deje de ser posible para convertirse en inmutable. Inmutable en el sentido de cambiar por última vez con el paso del ser al no ser, de la vida a la muerte. No existen indicios para creer que así sea, ni argumentos suficientes para creer racionalmente en lo contrario, pero tradicionalmente nos gustó creer que la muerte no era el final del camino, hasta que llegaron los materialistas a despertarnos de nuestra ilusión. Y buena parte de ello, buena muestra de que han triunfado en su intento, se refleja en el trato que damos a la muerte en nuestra actual sociedad. La apartamos de nuestras vidas, la empujamos al cajón del olvido, la sacamos de muestra mente como si fuera algo de lo que debemos temer en todo momento. La muerte es uno de los grandes tabúes de nuestros días, un tema siempre prohibido en las mesas de comidas familiares. Hemos renunciado tanto a ella, que la hemos encerrado en lugares muy concretos de nuestros pueblos y ciudades. En los cementerios –para honrarla- y en ciertas salas de los hospitales –para alejarla-. En las funerarias –para negociar con ella- y en pocos sitios más –para no verla demasiado-. No queremos mirarla a la cara, ni hablar con ella de tu a tu, la tememos tanto que la hemos convertido en una gran desconocida. Desconocemos sus entresijos, desconocemos sus caminos, desconocemos tanto de ella que la hemos tenido que disfrazar con una túnica negra y una guadaña para reconocerla en nuestros sueños, para encuadrarla en el simbolismo de nuestra mente. Pero ella, lejos de atragantarse con nuestro trato, se mueve en él como pez en el agua. Sus efectos devastadores se multiplican por mucho en este océano de desconocimiento y rechazo hacia ella. Si ya de por sí genera sufrimiento, ahora genera mucho más sufrimiento. Si ya de por sí genera dolor, ahora genera mucho más dolor. Si ya de por sí es de difícil comprensión, ahora es mucho más difícil comprenderla. Y si ya de por sí es de difícil aceptación, ahora es mucho más complicado aceptarla. Y ahí está la clave de todo lo demás. Que no la queremos aceptar como algo inevitable, que seguimos empeñados en creer que existe la remota posibilidad de esquivarla. Creemos que no llegará, hasta que llega. No nos preparamos para morir, ni si quiera nos preparamos para ver morir a los demás, y eso al final nos acaba pasando factura. Por eso que cuando somos realmente conscientes de que estamos cerca de ella, sea cuando demos más valor a nuestras vidas. En otras sociedades se preparan para morir, y con ello revalorizan lo que hacen en vida. Un budista no teme a la muerte porque sabe que la muerte es algo tan suyo como la propia vida, no la rechaza, tampoco la busca, simplemente la espera mientras se prepara para recibirla. Pero nosotros no, nosotros estamos empeñados en jugar con ella al escondite hasta que finalmente nos descubre por sorpresa. Nosotros nos hemos acostumbrado a dejar a la muerte fuera de la vida, y por ahí, por ese camino, no hacemos si no dejar de valorar la vida en la medida apropiada que se merece.

La vida y la muerte: tan cerca que no se ven nunca, tan lejos que ni se sienten hermanas. Gran error.

Pedro Antonio Honrubia Hurtado