Ya que últimamente parece estar de moda entre ciertos sectores de la derecha española la creencia en la inmoralidad de quienes, por uno u otro motivo, se sienten –nos sentimos- partidarios de las negociaciones que el gobierno de ZP está llevando a cabo con la organización terrorista ETA, es conveniente analizar un poco el camino tan tortuoso por el que nos quieren llevar, para ver, en base a sus propias actitudes, cuan hipócritas son a la hora de poner el grito en el cielo.
Estos señores, tan moralistas ellos, nos acusan de estar traicionando la memoria de las víctimas, de habernos puesto del lado de los verdugos, de ser amigos de los terroristas, y, poco menos, de ser nosotros mismos culpables de sus muertes con nuestra actitud, sí no en el momento en que perdieron la vida, sí ahora en el momento de hacerse justicia por ello. Todo esto, simplemente por creer y confiar en el dialogo como arma a través de la cual se hace posible la finalización del terrorismo de ETA en el estado español. Todavía nadie sabe que pactos han alcanzado o alcanzarán –sí es que han de alcanzar alguno- el gobierno de ZP y la banda terrorista, todavía no se sabe hasta que punto habrá privilegios legales para los terroristas, pero ya están ellos ahí, los señores de la derecha, los nacionalistas españoles más conservadores y tradicionalistas, para juzgarnos a los demás y acusarnos de colaborar con los terroristas, de traicionar a los muertos y de vivir ajenos al dolor y el sufrimiento de los familiares de los afectados por los atentados de ETA.
Además, para que no nos olvidemos del inmenso dolor que han tenido que padecer estas gentes –mis respetos y condolencias para todas ellas- últimamente han salido a la escena política y mediática una serie de cartas que algunas de las víctimas, hijos y madres de los asesinados, han hecho llegar al presidente del gobierno español, mostrando su disconformidad con el proceso de paz y acusando al presidente español de traidor y amigo de los asesinos. Estas cartas son relatos realmente estremecedores, y en ellas, sin duda, se puede sentir el dolor de quienes han perdido a un ser querido en nombre de la sin razón, de aquellos a quienes la muerte les llegó un buen día y sin avisar, y quienes ahora piden justicia por ello y no están dispuestos a ceder ni un ápice en sus sus derechos legales.
No seré yo, por tanto, quien critique a estas personas por hacer esto. Sin embargo, cuando el dolor de estos individuos es utilizado para hacer política, cuando el recuerdo de la muerte de sus familiares es acaparado por grupúsculos ultra nacionalistas españoles para la defensa de sus intereses partidistas e ideológicos, cuando el sufrimiento de estas gentes es usado para atacar -en la línea de pensamiento único tan característica de estos señores próximos al PP- a todo aquel que no piense como ellos, llamándonos cosas tan abominables y duras como cómplices de los asesinos, amigos de los terroristas o amorales, entonces no me queda más remedio que arremeter duramente contra quienes hacen esto, aun a expensas de meter a las pobres víctimas en un debate que no es el suyo -que nunca debiera ser el suyo- y aun expensas de proporcionarles a esta gente más argumentos para que me acusen de todo eso tan ruin y malvado de lo que nos acusan a mi y a todos los que pensamos como yo.
El caso es que no voi a aceptar que se atrevan a juzgarnos moralmente estos señores, sobre todo, cuando día sí y día también, todos estos supuestos moralistas, estos supuesto seres humanos solidarios y comprometidos con el dolor y el sufrimiento ajeno, demuestran cuan hipócrita es su actitud en el tema de los muertos de ETA. Es así de claro, su moral es pura hipocresía: a todos estos los verán ladrar mucho con este tema de ETA, pero no los verán a ninguno levantar la voz cuando el dolor y la muerte no supongan una amenaza directa a su sistema de pensamiento único.
En realidad, a esta gente, a la inmensa mayoría de esos señores de derechas que ustedes se encuentran en sus trabajos, universidades, calles, etc. las víctimas de ETA, el dolor de sus familiares, le importa más bien poco, simplemente es un argumento más para poner encima de la mesa en la defensa de sus intereses políticos, en la postergación eterna de su España, “una, grande y libre”. La mayoría de ellos –salvo los políticos propiamente dichos- no han conocido jamás a una víctima, ni han estado con un familiar de estas, ni han asistido al funeral de un asesinado a dar sus condolencias a la familia, ni han llorado por ellos, ni han sufrido la más mínima variación en su vida cotidiana por el dolor de estos. Estoy seguro además, que La mayoría de ellos ni siquiera ha pensado en las víctimas como individuos carentes de significación política. Para ellos las víctimas no dejan de ser el argumento ideal para lanzar contra quienes tienen una opinión divergente a la suya. Por eso cuando debaten en la calle, en los bares, en las plazas, se permiten el lujo de usar el nombre de las víctimas como si les fuera en ello la misma vida, y como si les afectara tanto que no pueden soportar tu indiferencia. Hipocresía, pura hipocresía.
Primero: que quien usa políticamente la muerte y el dolor para conseguir sus propios fines ideológicos o partidistas, no puede tener jamás respeto por las víctimas. No lo podrá tener jamás ETA ni la izquierda abertzale más radical, y no lo podrán tener jamás estos señores de la derecha española que se agarran a ellas como a un clavo ardiendo para no ceder ni un milímetro en su idea de España, nacionalista, totalitaria y excluyente.
Segundo: que quien tiene la virtud de sufrir con el dolor ajeno, la tiene siempre, no como estos señores que, digamos, la tienen “políticamente sesgada”.
¿Puede haber algo más amoral y repugnante que una moralidad sustentada en la ideología política y anclada en los intereses ideológicos y partidistas? Eso si que es sucio y amoral. Y es que estos señores a los que solo les falta llorar cuando hablan de la muerte y el dolor en relación a ETA, mientras, si no piensas como ellos, te insultan a la cara por ser “amigo de los terroristas” , luego no se les ve por ningún lado cuando la muerte y el dolor proviene de otros lugares más acordes a los ideales que ellos representan. Una muerte y un dolor, que, parece ser, se encuentra muchas veces tan cerca que no la pueden ver, y otras veces, tan lejos que no les interesa.
Por supuesto no verás jamás a ninguno de estos moralistas pensar que en el lado de la izquierda abertzale también ha habido muerte y sufrimiento. Nunca les verás pensar que detrás de ETA y de sus asesinos hay familias, muchas de ellas tan inocentes como las familias de las víctimas, gente que sufre, que siente y padece. Nunca les verás recordar a los cientos de personas que han muerto a manos del terrorismo español reaccionario (incluido el GAL, pero no solo el GAL) o por la acción de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, muchas veces actuando contra quienes no habían cometido más delito que ser vascos (valga el “caso Almería” para entender de que hablamos), o simples militantes de la izquierda abertzale.
Tampoco les verás pidiendo justicia por quienes han sufrido vejaciones y torturas en las cárceles, los cuartelillos y las comisarías españolas (no solo terroristas vascos), ni manifestándose a favor de que se endurezcan las penas para quienes abusando de su autoridad así actúan. Muy al contrario la mayoría de veces verás como se ponen del lado del torturador (Caso Roquetas, torturas a miembros de la izquierda abertzale, torturas a delincuentes convencionales, etc.)
No se les ve por ningún lado cuando mueren –casi a diario- trabajadores por causa de unas malas medidas en las condiciones de seguridad laboral en las empresas. No se les ve entonces llamando asesinos a los empresarios que por ganar unas “perras” incumplen con la legalidad vigente y permiten que sucedan estos trágicos accidentes. No se les ve preocupándose por saber cual es la situación legal de los responsables –por negligencia u omisión- de estos sucesos. No preguntan si ya fueron juzgados, si están presos o si andan sueltos por la calle, llevando nuevas empresas y poniendo en peligro la seguridad de sus trabajadores nuevamente.
Pero hay mucho más. Miles de casos que se dan todos los días a nuestro alrededor y que, salvo que les afecte directamente, son totalmente indefenrentes para esta gente. Pongamos algunos ejemplos para entenderlo mejor: Hace poco asistí al entierro del padre de un amigo. Su vida fue feliz hasta hace algo menos de cuatro años. Vivían en un céntrico piso en una ciudad más o menos grande. Con el trabajo del padre daba para pagar la hipoteca del piso, y con el trabajo de uno de sus dos hijos les daba para vivir decentemente. El padre trabajaba en una empresa dedicada a la venta de electrodomésticos y tenía supuestamente trabajo fijo. Por causa de una nefasta gestión, la empresa se tuvo que declarar en quiebra, y todos los trabajadores fueron a la calle. No pudieron cobrar siquiera las compensaciones económicas por antigüedades propias de un despido. Algo les dio el estado, pero poco, muy poco. Tras los correspondientes dos años de paro el hombre se vio en la calle, con la única ayuda de la “paga familiar”, y con la necesidad de mantener a una familia –solo uno de los hijos en edad de trabajar- y pagar una hipoteca. Por más que buscó trabajo la edad le impidió encontrar nada medianamente decente. Poco a poco fue teniendo que dejar de pagar al banco, no había dinero. Al final le embargaron la casa, se vio en la calle con sus dos hijos y su mujer, y sin saber donde ir. Sus hijos y su mujer se repartieron por casas de algunos familiares. Él se quedo en casa de un amigo en la ciudad en cuestión. Entró en una depresión y al poco tiempo se suicidó. Imagínense como están mi amigo, su hermano y su madre, pero allí no había ningún “moralista” para consolarlos. Otra historia más: Hombre de 50 años que lleva más de 25 años trabajando en una misma empresa. La empresa cierra y todos los trabajadores van a la calle. Cobra las consiguientes compensaciones, pero que ni mucho menos son lo suficientemente cuantiosas como para asegurar el futuro suyo y de su familia. Después de un tiempo en el paro cobrando un sueldo casi ridículo, encuentra trabajo, un trabajo que no es mucho mejor que el paro, pero que al menos le asegura cierta estabilidad. Al poco tiempo esta persona comienza a sentirse enferma. El médico le aconseja que guarde reposo. En la empresa ya le han insinuado que si pide la baja lo despiden. No le queda más remedio que seguir trabajando aun a expensas de poner en riesgo su propia salud. Sus familiares se encuentran muy afectados por todo esto. Tampoco allí hay ningún moralista para consolarlos. En fin, he puesto estos dos ejemplos, como podría haber puesto cualesquiera otros que están pasando a diario en nuestras calles y ciudades, y que a buen seguro todos conoceremos en nuestro entorno más o menos próximo, casos que se transforman en auténticas tragedias para las personas que los sufren, y que la mayoría de las veces tienen nombre y apellidos en los responsables directos que los generan, y todas las veces son producto de la inestabilidad propia de un sistema económico como el capitalista. Sin embargo, a ninguno de estos moralistas los verás jamás preguntar si los responsables de estos hechos cumplen sus condenas o salen libres, ni manifestarse en contra de un sistema económico que nos convierte a los currantes en esclavos de nuestro trabajo hasta el final de nuestras vidas, mientras hace ricos a unos cuantos privilegiados que viven a cuerpo de rey mientras tienen asegurado el futuro de sus próximas 20 generaciones y no entienden de hipotecas ni de Paro ni de despidos. Así que no lo duden, salvo que les afecte directamente, ninguno de estos moralistas se interesará jamás por la situación de los miles de personas que diariamente viven situaciones similares a las anteriormente descritas, que muchas veces acaban en muerte, y todas las veces generan un dolor familiar y un sufrimiento difícilmente entendible por quienes no lo pasan.
También no hace mucho salió la noticia en televisión de la muerte de un joven en un pueblo de Murcia a manos de la guardia civil. El joven acababa de cumplir los 20 años. Unos momentos antes de su muerte había atracado una gasolinera junto a otras dos personas. El joven no tenia antecedente penal, ni había sido antes relacionado oficial y legalmente con ningún delito. En el video se observa que en el robo no hubo uso de violencia en ningún momento. En la huida, tras darle el alto, la guardia civil mata al joven de varios tiros en la cabeza. La madre y el hermano del joven, gente de apariencia humilde y decente, destrozados por el dolor claman justicia ante lo que ellos consideran un acto evitable. No verán ustedes jamás a uno de estos moralistas solidarizarse con esta familia o sentir la menor pena por ellos. En todo caso los ver´na justificando al guardia civil, eran ladrones. No los verán tampoco asistiendo a manifestaciones para pedir un mayor control en las acciones de los cuerpos y fuerza de seguridad del estado, y pidiendo justicia para aquellos casos en los que la muerte de los afectados se pudiera evitar, evitándose con ello el dolor y el sufrimiento de sus familiares. Y digo esto, porque no se crean que estos hechos de Murcia son un caso aislado, que sucesos de este tipo ocurren casi a diario en todo el estado, ante la complicidad y el silencio de los medios de comunicación. ¿Dónde están entonces los moralistas para denunciar este silencio?
Por último, hace cosa de un mes y pocos días un soldado del ejército español ha resultado muerto en Afganistán. Por supuesto, el suceso fue convenientemente utilizado para atacar al gobierno, y el tema hizo correr rios de tinta en los principales diarios del estado. Ahí estaban estos moralistas resaltando el valor de los militares españoles y atacando si piedad a lo asesinos de este. Curiosamente el soldado era de origen peruano. El diario El Mundo y el ABC ensalzaban la labor de los inmigrantes que defienden “a la patria”. Sin embargo, ninguno de ellos analizó las causas que llevan a estos inmigrantes a formar parte del ejército español. Seguro que no verán ustedes a ningún moralista hacerlo, no verán a ninguno de ellos cuestionar un sistema social que obliga a los más desfavorecidos a buscar trabajos donde ponen su vida en riesgo día sí y día también. No verán ustedes a estos moralistas criticar que el ejército español se aproveche de la necesidad económica de los jóvenes –inmigrantes, andaluces y españoles- para que se integren en sus filas y combatan “por la patria”. Es un trabajo estable y seguro, podrás aprender un oficio, te dicen en sus campañas, y allí que se van los jóvenes, unos poco por vocación (normalmente estos van a academias) y una gran mayoría por necesidad. Muchos de ellos entran sin ser conscientes de que entran a formar parte de un ejército, es decir, que en caso de guerra ellos serán los primeros en estar en el frente. Creen que van a trabajar como el que va a trabajar en la panadería de al lado de su casa. Y claro, como no tienen nada mejor, pues allí que van, buscando trabajo. Luego igual queriendo ganar más se van a Afganistán, y al final suceden las tragedias. Pero no verán ustedes a ninguno de estos moralistas pidiendo que vayan los hijos de los poderosos a luchar, o manifestándose en casa de los banqueros, políticos, etc. –es decir, los dueños de la patria.- para que pongan a sus hijos en la primera líneas de acción. Tampoco los verás explicándoles a las madres de los soldados fallecidos que sus hijos han muerto, en muchos casos, por no haber tenido la suerte de encontrar otro trabajo. Allí ellos no estarán.
En fin, todas estas cosas, y muchas otras, todas estas muertes y este sufrimiento familiar, todos estos sucesos tan de nuestro día a día, tan cercanos, deben de estar ocurriendo precisamente tan cerca de la vista de los moralistas, que su amplitud de miras les impide verlas y denunciarlas. Pero, ¿qué ocurre cuando estos sucesos se dan en la lejanía del mundo? Pues, evidentemente, más de lo mismo.
Por desgracia, tampoco hace mucho que el mundo volvió a verse sacudido por uno de esos brutales atentados terroristas contra civiles, que causó la muerte de más de 300 personas y casi 700 heridos. Esta vez el suceso no se dio en ningún estado occidental de los importantes, de los influyentes, de los políticamente atractivos. Esta vez el suceso se dio en la India, ese país asiático tan grande, variopinto y lleno de vacas sagradas y elefantes. Y bien que se notó. Los telediarios apenas si le dedicaron unos escasos minutos de análisis a la noticia, no hubo programas especiales, ni horas de debate sobre los autores, las causas y las consecuencias políticas. Al día siguiente la noticia ya no era portada en los principales diarios on line del mundo occidental. Nada que ver con el trato dado a los atentados recientemente frustrados en vuelos con destino a los EEUU. Pero esto a los moralistas no les parece nada extraño. No han protestado por este trato desigual en el trato de la información de este atentando respecto con los del 11-S, el 11-M o el 7-J, o los mencionados atentados frustrados del la semana pasada. No los pudimos ver inundando los foros de Internet con mensajes para condenar los atentados, ni encender velas en sus casas para pedir por el alma de los muertos. No había banderas con crespones negros en sus ventanas, ni mandaron cartas de condolencia a los familiares de los afectados. Total, es en la India, está demasiado lejos para ellos ¿no?.
Y no hablemos de Irak. O que digo, ¡sí!, ¡mejor hablemos de Irak! Creo que al día de hoy debemos ir ya por los 40 000 civiles muertos tras la invasión de los americanos y la declaración oficial del fin de la guerra; cuarenta mil, así en letras, que se dice pronto. No veo a los moralistas muy preocupados por esto. Los imagino viendo su televisión, y asistiendo sin fungir el ceño al parte diario de muertos. Niños, hombres, mujeres, ancianos, civiles iraquíes, periodistas, soldados americanos o británicos, en fin, de todo un poco, depende del día claro. Probablemente minutos antes, durante las noticias estatales (nacionales dirán ellos) hayan soltado algún gruñido contra ZP y los “rojos amigos de los terroristas” por su negociación con los asesinos de ETA, enfadándose mucho y sintiendo mucha empatía por los familiares de las víctimas. A lo más alabarán a los americanos por lo valientes que han sido al derrocar a Sadam e intentar instaurar la democracia en aquellas tierras. No importa si la ética social y militar dice por activa y por pasiva que toda acción bélica, por justificada que pueda estar –que no es el caso- nunca puede causar más daño que beneficio, nunca puede dejar al estado en cuestión en peor situación social y humanística a la que se encontraba anteriormente a la intervención. Tampoco importa si se mintió una y otra vez para justificar una invasión que no contaba con el apoyo del consejo de seguridad de la ONU, y cuyas armas de destrucción masiva han pasado a ser ya una de las mayores mentiras de la historia política jamás contadas, por el empeño que le pusieron y por la cantidad de veces que la repitieron. Nada de esto importa a los moralistas para ponerse en la piel del pueblo iraquí que sufre hoy día tan dramática situación, y para pedir justicia para los responsables de tal intervención armada, origen de todo lo vivido después. Las madres de Irak no deben llorar, sus hijos no deben tener la sangre de la misma calidad que la nuestra, sus piernas y brazos no se deben amputar como los nuestros, y sus ataúdes deben de estar hechos de otros materiales no convencionales (armas de destrucción masiva tal vez).
Y qué tal si llevamos nuestros ojos a Palestina, a la reciente guerra salvaje del Libano o si hablamos de Guantánamo, que está claro que de todos estos temas podríamos decir miles de cosas, tantas como para aburrir a los lectores, pero que a estas alturas del artículo tampoco creo que sea necesario. Lo que está claro, es que tampoco en estos casos verás a los moralistas pedir justicia por los afectados, pensar en sus familias, llorar por ellos, llamar asesinos a quienes defienden y amparan con su complicidad a los culpables de estos actos. No claro, no pueden hacerlo, porque esta vez los asesinos serían ellos. Aunque claro, siempre podrán decir que todos estos casos son de una muerte y un dolor tan lejano que no les interesan. Como no son españoles, cristianos u occidentales……
Así que menos moralismo señores, menos hipocresía, menos llorar por los muertos que les son válidos políticamente, menos humillar la memoria de estos con el uso vergonzoso que hacen de ellos, menos dar lecciones morales a los demás, menos juzgar a quienes no piensan como ustedes, menos insultar, y más leer libros de ética universal, uno de ellos, bastante bueno por cierto, la Biblia. Y no lo digo con recochineo, lo digo con la mano en el corazón, y lo digo por que se, además, que la mayoría de ustedes se auto consideran católicos. Otra muestra más de su hipocresía. A ver si les suena esto: Todos somos hijos de Dios. Todos somos iguales antes los ojos de Dios. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Perdona a tus enemigos. Aprende a poner la otra mejilla. ¿Les suena? Pues empiecen a aplicarse el cuento, o déjennos en paz de una vez con sus cuentos.
Pedro Antonio Honrubia Hurtado.

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