Categoría: Filosofía
31 Agosto 2006
Empezaré diciendo que, según mi opinión, no se puede hablar de moralidad hasta que el sujeto humano desarrolla las capacidades cognitivas necesarias que le permiten comprender en toda su extensión simbólica conceptos como bien y mal, bueno y malo, aceptable y rechazable, válido e inválido, o si se quiere, conceptos como premio y castigo, pecado y salvación, aunque estos segundo no dejen de ser una aplicación práctica de aquellos primeros. Hasta que esto ocurre el niño puede ser condicionado a actuar de una u otra manera, al igual que pueden ser condicionados los animales, pero no es capaz de entender el simbolismo que se encierra en cada uno de estos conceptos de aplicación mental. Cuando un niño menor de seis años modifica sus hábitos de comportamiento en función de los premios o los castigos -en sus diferentes variantes- que reciba por parte de las personas de su entorno, realmente no está siendo consciente de actuar en un sentido moral, si no que, al igual que muchos animales domesticados, simplemente se limita a actuar de manera mecánica en función del premio o el castigo que pueda recibir después de sus acción. Sin embargo, es a partir de la entrada en el proceso de formación de las estructuras secundarias, cuando el desarrollo cognoscitivo del sujeto permite al niño comenzar entender el significado de los valores morales, dejando con ello de actuar mediante la simple mecánica de acción-represión propia de la etapa anterior, e incorporando a sus planteamientos mentales todos los conceptos morales que le han de acompañar a los largo de su vida. Será sobre las polaridades bueno-malo, aceptable-rechazable, que el sujeto condicione el desarrollo de su estructura moral, y el simple hecho de adquirir el niño una comprensión simbólica de estos conceptos servirá para modificar su actitud frente a los actos que ha de realizar en un futuro y que puedan implicar un comportamiento susceptible de ser juzgado bajo estos criterios por los demás. Fundamentalmente el niño tendrá muy en cuenta la reacción familiar y social que sus actos puedan tener en el mundo, y a partir de ello irá paulatinamente forjando su propia imagen del respeto por sí mismo y del respeto por los demás. Por ello, deberíamos considerar el yo moral, como aquella parte del yo psicológico donde el sujeto encierra la información relacionada con sus juicios de valor sobre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo rechazable, así como el resultado que el entorno exterior espera de la aplicación conductual de estos juicios por el propio sujeto. Normalmente cada sujeto suele establecer su propio criterio más o menos flexible sobre lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo rechazable, aunque suele existir en toda cultura una moralidad más o menos imperante que finalmente acaba por condicionar la moralidad de los individuos que la componen. Desde luego no podemos olvidar que esta relación entre la moral y la cultura viene determinada por la naturaleza misma del simbolismo encerrado en los criterios que el niño aprende en torno a lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo rechazable, ya que al ser estos polaridades que actúan sobre los comportamientos humanos y estar sujetos a la emisión de juicios de valor respecto de ellos, lo primero que el propio niño necesita, para poder no solo entenderlos si no también aplicarlos en su propia vida, es aprender en base a qué criterios se fundamenta esta polaridad, es decir, ¿en relación a qué lo bueno y lo malo?; ¿cuál es la norma o el criterio para señalar la bondad o la malicia de un acto? Por supuesto, el niño no puede acudir a sus propias fuentes para responder a estas preguntas, con lo cual se le hace necesario acudir a las fuentes externas que están representadas tanto en las respuestas familiares como en los valores sociales imperantes. De esta manera, una vez el niño acude a estas fuentes para implantar en su mente los criterios que determines las polaridades bueno-malo o aceptable-rechazable, el niño ha pasado a someterse moralmente a los elementos externos que finalmente será de quien acepte los efectos de los juicios que ellos mismos hagan sobre él. Por otro lado, el niño aprenderá también a juzgarse a sí mismo, pero siempre tomando como referente el juicio que previamente hayan establecido los demás sobre lo bueno o lo malo, lo aceptable o lo rechazable de una conducta. Por tanto, el desarrollo de la moralidad implica la aparición de lo que se suele denominar como “juicio de la consciencia”, que es una auto aplicación de la moralidad sobre los propios comportamientos del sujeto. Es obvio que este proceso de formación de la moralidad implica que no pueda existir un solo código de moralidad objetivo, ya que cada sujeto estará condicionado por la moralidad imperante en la cultura que le rodea, lo cual no implica que cada niño pueda decidir o cambiar, a su gusto y capricho, que es bueno o es malo y, consecuentemente, auto responderse así mismo qué es en realidad lo bueno y qué es en realidad lo malo. Los niños no tienen capacidad alguna para escoger la moralidad que han de auto implantarse para, de alguna manera, auto controlar los efectos de sus actos para consigo mismo y para con los demás. Los niños simplemente se limitan a incorporar la moralidad que le viene dada desde el entorno en que han de crecer y desenvolverse, sin cuestionar los motivos que se encierran detrás de estas pautas morales. Recordemos que es durante la etapa de sumisión social cuando el niño elabora sus primeros mecanismos morales, con lo cual son criterios incorporados desde el exterior que no son puestos en duda en ningún momento por el sujeto, tal cual es la característica de esta etapa del desarrollo psicológico del yo. Pero, por supuesto, el hecho de que un sujeto incorpore un código moral a su mente, no quiere decir que irremediablemente tenga que cumplir con él, mucho menos si este sujeto es un ser humano que aún se encuentra en la etapa de formación de su yo psicológico. Por eso, el niño seguirá actuando de maneras muy diferentes para dar respuesta a los distintos momentos que le vaya planteando la vida, y muchas de estas veces lo hará de manera no coincidente con la moralidad impresa en su mente, aunque no podrá escapar por ello del juicio propio y del de los demás. La aparición de la moralidad lo que implica en el niño no es tanto el cumplimiento de esa moralidad en los actos de su vida, si no el aprender a juzgar sus propios actos sobre la base establecida, así como el aprender a analizar las reacciones y los juicios de los demás respecto de lo que él haga. La moralidad infantil es más un mecanismo de reflexión, que un mecanismo de acción. Por eso en esta primera etapa de formación moral es cuando se introducen los valores morales que luego han de servir al sujeto para la reflexión en torno a su propio comportamiento, y que, por normal general, le suelen acompañar durante toda la vida. Por ello en el propio concepto de valor moral hemos de observar tanto una vertiente teórica como una vertiente práctica. El niño no solo incorpora a su moralidad la creencia sobre que una determinada actitud es buena o es mala, es aceptable o es rechazable, si no que aprende simultáneamente a encuadrar la evaluación que el incumplimiento de esta norma tendrá en el entorno donde se ubique, y de ahí acabará por desarrollar los mecanismos que han de servirle para la auto evaluación de sus actos. Nunca, en ningún caso, el niño condiciona sus juicios morales a criterios propios, si no que estos análisis siempre están relacionados con el aprendizaje anterior sobre como los incumplimientos de estos criterios morales afectan en el entorno donde el sujeto se ubica y cual es el resultado del juicio que este entorno realiza sobre la actitud del sujeto. Cuanto mayor rechazo tenga el incumplimiento de una norma moral, mayor será la tendencia del sujeto a la auto represión en la realización de esos actos. De esta manera lo que a nivel subjetivo puede ser interpretado como un valor moral, a nivel social el sujeto lo ve como una norma que no debe transgredir si quiere contar con la aprobación del entorno. El juicio del acto, así como las repercusiones que el sujeto valora, no se sitúa ya en el acto en sí mismo como transgresor de una norma moral, si no en la influencia social que el incumplimiento de esta normal acarrea. El niño comienza entonces a determinar su moralidad por los efectos sociales que acarrea el incumplimiento de las normas establecidas, y no por la valoración subjetiva que pueda el mismo pueda hacer sobre ellos. Cierto es que un niño que se encuentra en la denominada fase de sumisión social no está capacitado aún para valorar subjetivamente los criterios morales que se le imponen desde el exterior, pero ello no implica que no pueda discernir entre lo que es un condicionante moral y lo que es un condicionante social. Al unificar ambos condicionantes en un mismo juicio de valor, el niño se somete a los criterios morales impuestos por la cultura donde se ubique, y con ello cede inconscientemente parte de su libertad vital a la sociedad que le rodea y le da amparo. Por eso todos los sistemas políticos o religiosos que han existido sobre la faz de la tierra con aspiraciones y deseos de someter la voluntad de los individuos para poder dominarlos, han otorgado a la infancia un valor primordial a la hora de desarrollar su estrategia de sometimiento, y han desarrollado complejos sistemas morales que ahogaran la libertad de los individuos ya desde sus primeros pasos como seres racionales. De esta manera es factible introducir un dominio sobre las conciencias de los seres humanos que se entregan a estos sistemas de valores de manera irracional y que, salvo que traten de revisarlos en la edad adulta, acabarán por condicionar sus actos durante toda la vida. Cierto es que existen otras variantes en la formación moral de los individuos, pero es sin duda esta variante social la que cobra mayor significación por los efectos que a largo plazo acaba teniendo sobre la evolución sujeto y, por extensión, sobre la sociedad. Los sujetos reciben de la sociedad el sistema vigente de valoraciones y normas, que se les imponen con una fuerza ajena a su conciencia y a su voluntad, y a partir de ahí se limitan a reproducirlo sistemáticamente durante el resto de sus vidas, sin importarles si realmente aquello que han aprendido es un comportamiento y un valor de juicio racional, o simplemente son la prolongación de un comportamiento y un juicio que contienes en sí mismo efectos devastadores para la libertad del individuo y el recorte de los derechos de los demás. Así, por ejemplo, si uno aprende de la cultura en la que habita que la homosexualidad es algo malo en sí mismo, y no trata nunca de racionalizar el porqué de esta afirmación moral, primero se estará auto imponiendo un comportamiento sexual que nunca podrá ir ligado al sexo con personas de su mismo sexo, pero es que así mismo se estará auto dotando de la autoridad moral suficiente como para juzgar negativamente a quien así actúe, aunque ello no le afecte realmente en su calidad de vida o en el cohibimiento de sus derechos. Por tanto estará limitándose a reproducir un valor moral aprendido que en nada beneficia a él ni a los demás, que atenta contra su propia libertad y que afecta a los derechos y la calidad de vida de otras personas. Lo que en apariencia sería un valor moral que el sujeto que lo porta considerará positivo, en un análisis más amplio se acaba por convertir en un valor negativo y moralmente rechazable.
Pero para comprender esto de una manera más amplia no solo debemos fijarnos en el aspecto social del aprendizaje moral, si no que hemos de volver a enfatizar en el proceso evolutivo que sufre el sujeto a la hora de ir adaptando poco a poco a su conocimiento racional los valores morales imperantes. Y digo volver a enfatizar, ya que anteriormente ya he apuntado que no es posible hablar de moral en un sentido estricto hasta que el ser humano no tiene el desarrollo cognitivo suficiente como para entender el carácter simbólico que se encierra tras los conceptos de bien y mal, de aceptable y reprochable. Por eso durante el periodo de formación de las estructuras primarias podemos encontrar actitudes y comportamientos que pudieran ser confundidos con actos morales –como cuando el niño aprende a no meterse cosas del suelo en la boca por acción de la regañina de la madre-, pero que realmente no dejan de ser meros aprendizajes conductuales que el niño no entiende más allá del premio o el castigo que recibe de parte de los miembros de su entorno, pero que en ningún caso soporta contenido simbólico alguno en el interior de su mente. Sin duda este comportamiento condicionado no deja de repetirse durante toda la etapa de formación moral del sujeto, aunque con la diferencia de que a partir de los seis años de edad aproximadamente el niño, al estar ya capacitado para dotar de contenido simbólico a las ideas morales generales sobre el bien y el mal, lo aceptable y lo rechazable, comienza a modificar sus hábitos de comportamiento pensando en la repercusión social que implica el incumplimiento de una norma más allá de la simple actitud de premio o castigo social, es decir, valorando los efectos que ese incumplimiento tendrán para con su papel dentro del grupo social y las repercusiones que ello pueda acarrear en su propia vida, mientras que durante la etapa anterior solo mide su comportamiento en virtud de la actitud de premio o castigo que recibe por parte del entorno, pero nunca por el análisis del comportamiento en sí mismo. Así pues, podemos decir que el paso de las estructuras primarias a las secundarias supone el asimismo el paso de la amoralidad a la moralidad. Pero, como ya apunté anteriormente también, el hecho de que el sujeto incorpore sistemáticamente unas normas morales socialmente establecidas, no implica que tenga que cumplirlas siempre, aunque sí predispone al sujeto a auto juzgarse cuando se plantea no hacerlo o cuando directamente no lo hace. Por ello el niño experimenta en sus propias carnes los dos aspectos aprendidos anteriormente respecto de la moral, el teórico y el práctico. Primero aprende a detectar cuando está incumpliendo una de las normas morales establecidas y que él ha incorporado a su pensamiento, para después aprender a valorar lo efectos que ese incumplimiento acarrea para consigo mismo y para con su papel respecto de los demás. En un acto muy similar al comportamiento mecanicista de la etapa amoral, el niño no valora los efectos que su actitud tiene en sentido de bueno o malo respecto con el mundo que le rodea –que finalmente debiera ser la finalidad de la moral- si no que valora única y exclusivamente, o al menos en una % muy mayoritario, los efectos que el incumplimiento de una norma moral tienen respecto de su papel en relación con los demás integrante de la sociedad, pero en términos de daño para consigo mismo, no en términos de daño para con los demás. Así si un niño arremete violentamente contra otro, no sentirá remordimiento alguno sobre los daños que haya podido causar al agredido, si no que valorará su acto en función de la aceptación o rechazo que esto pueda tener para con su papel entre el grupo de amigos, la familia, los profesores, etc. y las posibles consecuencias adversas que para con su persona pueda generarle de estos grupos externos. De esta manera se explica que en esta etapa de la vida –sobre todo a partir de los 10 años o así- muchos niños consideren la agresión a sus congéneres como una muestra de fortaleza dentro del grupo, ya que ello no le repercute de manera negativa contra su persona, si no que, por el contrario, les sitúa en un papel de aparente superioridad que es bien recibido por su auto juicio sobre sí mismos. Sin embargo, a pesar de esto, cuando uno de estos niños comete una agresión contra un compañero se puede asegurar que es sabedor de que ha actuado mal, que es consciente de haber transgredido una norma moral establecida, y por ello temerá la reacción que puedan tener sus profesores, sus padres y demás elementos de autoridad si se enteran de tal hecho. Por tanto, la moralidad en la etapa de formación de las estructuras secundarias, es una moralidad que se preocupa más de la repercusión que el incumplimiento de una normal pueda tener respecto del papel del sujeto en el engranaje social, que del efecto en sí mismo que el incumplimiento de esta norma pueda tener para con el objeto sobre el que actúa. Por eso, ya apunté antes que en esta etapa de la moralidad del sujeto, se puede hablar más de una etapa dónde lo que prima es la reflexión, que de una etapa donde lo determinante sea la acción. El niño reflexiona sobre los efectos que las acciones morales tienen sobre sí mismo como ser integrante de la sociedad, y no sobre los efectos que la acción cause en sí misma en el objeto al que afecte. Osease, según el comportamiento moral de esta etapa de la formación del yo, una cosa sería buena o mala en función de que ello tenga más o menos repercusión en el papel del sujeto en su propia vida social y la valoración que del resultado de tal acción se desprenda de su entorno, y no en función de que sea positivo o negativo para con el objeto afectado. Es por ello que en esta etapa de la vida del niño aún no podemos hablar de responsabilidad moral en el sentido estricto de la palabra. Es por ello también que la polaridad dominante en la formación moral del yo en esta etapa no sea el binomio bueno-malo, si no la relación establecida entre los criterios aceptable-rechazable. El niño condiciona más su comportamiento moral a la aceptación o rechazo que su actitud pueda tener para con el mundo que le rodea, que a la comprensión simbólica de los término bueno y malo. De hecho, la tendencia natural que se deriva de este modo de aprendizaje moral suele ser la generación de una predisposición en el sujeto para juzgar lo bueno y lo malo en función de lo aceptables-rechazables que sus actos puedan ser en el entorno que le rodea, y no como valoración de las consecuencias en sí mismas, de manera independiente, de estos. Así, cuando la moralidad del niño se desarrolla en estos términos de aceptación o rechazo, lo bueno y lo malo pasan a ocupar un segundo lugar en el escalón moral, y ello condicionará en adelante todo el proceso de desarrollo y aplicación de la moralidad por el sujeto. La moralidad socialmente determinada ocupará en adelante un lugar privilegiado en el sistema de valores del sujeto, y todos sus comportamientos morales se relacionarán de una u otra manera con esta manera de entender lo bueno y lo malo, que será más una cuestión de aceptación o rechazo que una cuestión de la valoración útil de los efectos de las diferentes acciones. Todo esto, a pesar de que con la entrada en la edad adulta, con la culminación del proceso de formación del yo psicológico, el sujeto se encuentra ya perfectamente capacitado para elaborar juicios morales sobre lo bueno o lo malo de sus acciones en sí mismas, sin necesidad de relacionarlas con los efectos y la valoración social de las mismas. En la edad adulta el sujeto es ya perfectamente conocedor del significado pleno asociado al binomio cognitivo de lo bueno y lo malo, aunque ello no le faculta sistemáticamente para actuar en todas las ocasiones en consecuencia, si previamente no ha intercedido un proceso de aprendizaje que lo ayude a saber diferenciar claramente lo bueno de lo malo en su relación con lo aceptable y lo rechazable. Muy al contrario es bastante habitual que el sujeto siga actuando bajo criterios morales de evaluación social de su comportamiento, actitudes aprendidas conscientemente durante su etapa infantil, y repetidas sistemáticamente desde entonces. Así pues, podemos hablar de tres etapas en el proceso de formación moral del individuo: una primera etapa amoral donde el niño no es capaz aún de captar el simbolismo mental que diferencia a lo bueno de lo malo, una segunda etapa donde este simbolismo de lo bueno y lo malo es concebido por el sujeto bajo el aspecto socialmente condicionado de lo aceptable y lo rechazable, y una tercera etapa, que correspondería con el fin del proceso de formación moral, donde el sujeto está plenamente capacitado para comprender en sí mismas las ideas de lo bueno y de lo malo, desligándolas de su vertiente social, y transformándose ello en la elaboración de juicios morales libres y responsables. Solo en esta última etapa podemos hablar de un sujeto moralmente responsable de sus actos, aunque en un buen número de ocasiones su comportamiento moral esté condicionado por lo aprendido erróneamente durante la segunda etapa del proceso , lo cual no implica ningún tipo de límite para con su responsabilidad. Sin embargo, haciendo un análisis un poco más profundo, podemos acabar concluyendo que este proceso de formación del yo moral acaba repercutiendo negativamente en la sociedad donde vivimos, ya que bajo este modelo de desarrollo moral socialmente condicionado, los individuos suelen dar más importancia a la auto represión de sus actos socialmente vergonzosos, que a la valoración en término de bueno y malo de sus actos dañinos para con él mismo y para con los demás, y con ello se suele actuar más pensando en el qué dirán, que reflexionando sobre el porqué de las causas y las consecuencias de los actos, lo cual implica finalmente que cuando uno decide libremente saltarse las normas sociales no encuentra freno alguno para ello en los posibles efectos de sus actos en términos de juicios de valor sobre lo bueno y lo malo. De esta manera el binomio aceptable o rechazable acaba por ser un criterio exclusivo a la hora de establecer el juicio moral, pero analizado siempre bajo el criterio personal exclusivo, y no cohibido ni por la valoración social ni por los juicios de valor sobre lo bueno o lo malo del hecho en sí. Así pues, basta con que una persona considere aceptable un acto para llevarlo a la práctica, aun cuando este acto sea socialmente inaceptable y moralmente malo por su negatividad inherente con el entorno. Hoy en día existen infinidad de sujetos que influenciados por este modelo de desarrollo moral han desencadenado en este modelo de entender la moralidad, que realmente amenaza a la estabilidad moral de la sociedad de nuestros días. Normalmente este modelo moral suele afectar en mayor grado a los jóvenes adolescentes que están en pleno proceso de entrada a la edad adulta, lo cual convierte a estos sujetos en potenciales transgresores de la normalidad moral establecida, lo cual se puede por acabar convirtiendo en una peligrosa amenaza para el normal funcionamiento de la sociedad, ante el escaso respeto que este tipo de individuos tienen por nada que no sean ellos mismos y su propio código ético. Además estas personas son carne de cañón para las pandillas callejeras, los modos de vida más rebeldes, o, simplemente, para las ideologías políticas extremas y violentas. Es la propia diferenciación que el sujeto establece de lo aceptable y lo rechazable como criterios de acción moral por un lado unificados –ya que confunden una polaridad con la otra-, y por otro lado diferenciados –ya que con la entrada en la edad adulta sabe diferenciar perfectamente una polaridad de la otra- de lo bueno y lo malo, que aprendió por influencia social durante los primeros años de formación de su yo moral, lo que implica una perdida absoluta del respeto por la autoridad externa, sean los padres, los profesores, e incluso los propios mecanismos de seguridad y judicatura del estado, y con ello una creencia total en que todo aquello que él considere aceptable será bueno, aunque los efectos de estos actos de cara a sí mismos o al exterior que lo rodean sean devastadores y negativos en todos los sentidos. Con esto quiero decir, que el actual modelo de formación moral de los sujetos enseña a los niños a pensar en términos morales de aceptable-rechazable, y no en términos de bueno-malo, convirtiendo con ello en buenas acciones rechazables, y en malas acciones aceptables, lo cual acaba por generar un caos mental en el sujeto que tiene su repercusión en la no racionalización de su propia moralidad, con todo lo negativo que ello acaba siendo para la estabilidad social y moral de un sujeto cualquiera.
Pero no crean que esta moralidad de lo aceptable y lo rechazable es algo propio de la sociedad de nuestros días, ya que es una constante en la sociedad occidental durante, al menos, los últimos dos milenios de civilización cristiana. ¿Qué es si no el pecado? Cuando un niño aprende que no debe hacer determinadas cosas porque son pecado, realmente al niño no se le está enseñando lo bueno o lo malo que hay en hacer o dejar de hacer esas cosas, si no que se le está enseñando a que juzgue sus propias acciones en función de lo aceptable-rechazable que estas puedan ser de cara a una autoridad externa como es la iglesia encargada de velar por el cumplimiento de la doctrina cristiana o, en última instancia, el propio Dios. El niño entenderá el pecado no como un acto malo en sí mismo, si no como un acto rechazable a los ojos de Dios, lo cual lo convierte automáticamente en malo. Pero el criterio moral no será la relación establecida entre lo bueno y lo malo, si no entre lo rechazable y lo aceptable, en este caso ante los ojos de Dios. Con la pérdida de fe en la religión, con la denominada “muerte de Dios”, en este, como en otros muchos casos, la figura del altísimo ha sido reemplazada por la figura de la imposición social, pero finalmente el mecanismo de sumisión de las conciencias a la moralidad establecida sigue siendo el mismo. La diferencia es que en una sociedad marcadamente religiosa, donde los valores morales se asocian con la figura de Dios como autoridad externa que valora lo aceptable o rechazable de un comportamiento, difícilmente se puede dar el caso mencionado con anterioridad de sujetos que acaban por reducir toda su moralidad a lo aceptable o rechazable de un acto ante sí mismos, ya que la figura de Dios ejerce un poder coercitivo casi absoluto que muy pocas veces genera en el sujeto el valor suficiente como para revelarse contra él. Sin embargo, no ocurre lo mismo en el caso de la sociedad de nuestros días, donde la valoración de la sociedad no es un criterio lo suficientemente coercitivo como para que los adolescentes no tengan la osadía de revelarse contra ello. Sin embargo, no nos engañemos, la rebeldía del sujeto contra la sociedad suele ser tan solo una apariencia que afecta si acaso a los aspectos más superficiales de la sumisión del niño al entorno que le rodea, aunque pocas veces pase de ahí hasta situarse en las capas más profundas de dicha sumisión. A diferencia de los sistemas religiosos de imposición social obligatoria, donde difícilmente el sujeto encontrará los argumentos y el valor suficiente como para rebelarse contra ello, pero que cuando es capaz de hacerlo lo hace de manera absoluta –ya que al revelarse contra el paternalismo de Dios el sujeto de revela también contra todo lo que ello representa-, en la sociedad de nuestros días el sujeto suele encontrar –sobre todo en la etapa final de su adolescencia- motivos más que sobrados para rebelarse contra la norma establecida, pero esa revuelta suele afectar solo a aspectos concreto de la vida del sujeto, sin entrar en una raíz que arrastre a todo lo demás, ni cuestionar la mayor parte de los mecanismo sociales y culturales con la sociedad somete al sujeto. Todo esto, sin duda, tiene mucho que ver con las herencias arrastradas por la tradicional visión cristiana de la moralidad imperante en Europa hasta hace bien poco, herencia que sigue presentándose ante la sociedad occidental actual como eje central de la moralidad imperante. Nadie podrá negar todavía hoy que sea el cristianismo la raíz profunda que sustenta la actual civilización occidental. El cristianismo no solo se presenta al mundo como una religión de culto a lo divino, si no que desde sus orígenes se ha presentado con intención de transformar con su obra, por así decirlo, la conciencia y el corazón de los hombres. La persona humana redimida adquiere a los ojos del cristianismo un precio incomparable, que junto con la enseñanza de la comunidad de origen y destino de todos los hombres, contribuye, según ellos, a grabar y propagar los principios esenciales de libertad e igualdad. Desde el instante en que el hombre aparece como criatura predilecta de Dios, dotada de alma inmortal, no es ya posible admitir lo que constituyó en su momento uno de los puntales de la sociedad pagana: la posesión del esclavo, de un hombre por otro hombre. El cristianismo pretende abrir a éste horizontes insospechados y hacer que el ser humano ame al prójimo como a sí mismo y descubra en el amor de Dios la razón de poder sacrificar su propia vida en bien de los demás. Pero aunque en apariencia esto es lo primero que vende el cristianismo a sus fieles, la realidad es que han sido otro tipo de doctrinas morales represivas las que mayor auge han tenido durante la historia de poder de esta religión y su dominio sobre las conciencias de los hombres. Realmente es sintomático que tras casi dos mil años de capacidad ilimitada para influir en las mentes de los sujetos mundanos, al día de hoy vivamos en una sociedad occidental diametralmente opuesta a los valores cristianos, por mucho que sigan siendo estos los que nos caractericen. Frente al amor por el prójimo recogido en las escrituras se establece en nuestros días la competitividad y el egoísmo, frente al perdón, la venganza, frente a la doctrina de la otra mejilla, la doctrina del ojo por ojo y el diente por diente. Frente al todo somos iguales a los ojos de Dios, se impone el “dime cuanto tienes y te diré quien eres”. Y así podríamos seguir eternamente demostrando cuan alejadas están las mentalidades vitales de los hijos del capitalismo de aquellas viejas doctrinas propugnadas por el cristianismo. ¡Cuantos errores hubieron de cometerse en la propugnación social del cristianismo cuando tras dos mil años de control sobre las conciencias de los hombres no han sido capaces estos curas de hacer valer de manera permanente los valores cristianos más propiamente representativos! Han bastado apenas cien años para que todos aquellos mensajes de amor mutuo y voluntad de entendimiento entre los hombres hayan quedados olvidados en el baúl de los recuerdos, con la seria amenaza del capitalismo de no volver a rescatarlos jamás. ¡Pero cuanta debilidad no habría en las enseñanzas cristianas para que se haya pasado a este extremo en tan corto espacio de tiempo! Sin embargo, esta supuesta independencia de nuestra actual civilización respecto del cristianismo es solo una mera apariencia para engañar a las mentes rebeldes. En el fondo seguimos viviendo en una sociedad de corte profundamente cristianismo, que se refleja día a día tanto en la moral socialmente establecida, como en el funcionamiento de las instituciones más elementales de la sociedad. Bien es cierto que la influencia moral del cristianismo ya no es una imposición obligada por el propio sistema cultural imperante, que un amplio número de personas no ven ya en Dios autoridad alguna para valorar lo aceptable o rechazable de sus actos, que la fe no determina el obrar moral, y que el poder de la iglesia sobre las consciencias de los individuos es cada vez más difícil de ejercer, pero ello no implica que no existan una serie de reminiscencias que campean a sus anchas en lo más profundo de las raíces sociales de nuestra actual civilización y que siguen ejerciendo una influencia absoluta sobre las conciencias de los sujetos de nuestros días. Valga por ejemplo, con decir que la formación de la familia, tal como se conoce en las modernas sociedades, es obra del cristianismo, y de la cual ha hecho éste el núcleo básico, la célula primordial e indestructible de la sociedad civil, sin que de ello se haya cambiado lo más mínimo en la actualidad. Pero son muchos los casos en los que se sigue notando la influencia del cristianismo. ¡Qué decir de la sexualidad! ¿Seguimos o no seguimos sometidos mayoritariamente a las ideas cristianas sobre la moralidad? Y no crean que son temas de importancia baladí, ya que son auténticos pilares de la formación psicológica de los individuos los que aún siguen bajo el yugo cristiano. Mientras conscientemente pensamos que hemos sido capaces de superar la moral cristiana, inconscientemente, tal vez por comodidad, tal vez por miedo, tal vez por cobardía, tal vez por pura irracionalidad, seguimos reproduciendo sistemáticamente toda una serie de valores de origen cristiano. El modelo tradicional de familia imperante, los dogmas sexuales, las relaciones amorosas, siguen estando total y absolutamente determinados por la tradición cristiana. Tal vez en el plano donde con mayor claridad se pueda observar estas reminiscencias inconscientes del cristianismo que nos siguen dominando en la actualidad, sea en el plano de la sexualidad. De alguna manera, aunque en el siglo pasado grandes filósofos trataron de profundizar en la libre sexualidad, y en apariencia vivamos en una sociedad mucho más abierta a la sexualidad que la de nuestros antepasados, lo cierto es que aún seguimos inmersos en una moralidad sexual totalmente determinada por la tradición cristiana. Si bien es cierto que cada vez son más el número de personas que tratan de rebelarse contra esta concepción represiva de la moralidad, también es cierto que la represión cristiana sigue muy presente en la moralidad social imperante. De alguna manera la juventud de nuestros días sigue creciendo bajo el influjo de una moralidad represiva destinada a cohibir los impulsos sexuales del sujeto. Esto es de suma importancia ya que la moralidad sexual sigue siendo un factor determinante en el desarrollo psicológico de los individuos, y es causante de muchos problemas en la estabilidad emocional de los seres humanos de nuestros días, tal vez, debido a la enorme contradicción que existe entre la moral establecida y el mensaje de libre disfrute propugnado como medio de atracción de la atención del sujeto en torno a la publicidad, sea ahora cuando realmente este problema cobre una significación especial y más acentuada que nunca antes durante la historia. Fundamentalmente existen dos ideas de corte cristiano que siguen hoy, al igual que ayer, totalmente vigentes en la moralidad socialmente establecida como aceptable, la idea de la virginidad femenina –sustentada en la figura de la virgen María- y la idea de la heterosexualidad masculina como demostración de la virilidad. Los niños siguen creciendo bajo el influjo represivo de estas ideas cristianas, y así existe una tendencia social mayoritaria a creer que la mujer liberada sexualmente es una mujer con mala reputación, “una puta”, lo que acaba implicando una tendencia de las mujeres a reprimir sus impulsos sexuales desde la infancia, y con ello a desarrollar sentimientos de culpa cuando se saltan esta moralidad imperante. Por supuesto hay cada vez más mujeres que han conseguido escapar de esta represión, pero siguen siendo una grandísima mayoría las que no han podido o no han querido hacerlo todavía. Antaño, esta represión sexual de la mujer quedaba rota ante la conciencia social y subjetiva con la llegada del matrimonio, en la actualidad son pocas las mujeres que llegan libres al matrimonio, pero es la idea romántica del amor, del enamoramiento, lo que suele servir como excusa para dar vía libre a los deseos sexuales femeninos. En realidad solo las mujeres que no han sido capaces de superar esta represión de origen cristiano necesitan creerse enamoradas para mantener libremente relaciones sexuales. Este tipo de mujeres afirman que se sienten vacías cuando tienen sexo con personas de las que no están enamoradas, aunque realidad deberían decir que se sienten arrepentidas, culpables, castigadas por sus propios remordimientos. En realidad el enamoramiento es la excusa que buscan para hacer lo que antes solo podían hacer cuando se dieran a su esposo en matrimonio, y que ahora ven como muchas de las mujeres de su entorno hacen sin necesidad de ello. El enamoramiento suele ser la excusa de la mujer reprimida de hoy para mantener libremente relaciones sexuales sin que sientan por ello el peso de sus propias consciencias o de la valoración que de ello haga la sociedad. De hecho esto se demuestra cuando estas mismas mujeres suelen “enamorarse” varias veces en sus vidas antes de encontrar al hombre con el que desean realmente vivir para el resto de sus días. Estas mujeres creen estar enamoradas de sus parejas para justificar con ello sus desvanes sexuales aunque en realidad lo que sientan sea pura atracción sexual. Así, cuando ustedes se crucen con una joven que les diga que no mantienen relaciones sexuales con personas de las que no estén enamoradas porque se sienten vacías, en realidad piensen que lo que les está queriendo decir es que tienen una moralidad sexual represiva que no se lo permite. En el caso de los hombres, donde la moralidad cristiana socialmente aceptable ha sido mucho más permisiva a la hora de mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, hasta tal punto que en la actualidad existe la creencia de que esto es un símbolo de hombría y virilidad –de allí aquello generalizado de contarlo siempre a los amigos-, es la homosexualidad el auténtico tema tabú de la su sexualidad. Existen bastantes estudios psicológicos que demuestran que la experimentación sexual con otros varones es una actitud bastante usual en la infancia, fundamentalmente en la adolescencia primera, pero serán pocos los hombres abiertamente declarados como heterosexuales que le confiesen haber mantenido en alguna ocasión este tipo de relaciones, digamos, experimentales. La valoración social que aún hoy sigue teniendo entre los heterosexuales el ser homosexual, así como la represión –de acto o de pensamiento- absoluta que por este motivo el sujeto hace de toda tentativa o experiencia dada por el niño en este sentido, hacen que los varones sigan viendo en las relaciones con personas de su mismo sexo el gran tabú de su sexualidad, reprimiendo totalmente cualquier mínimo indicio de deseo homosexual una vez se han superado las etapas de experimentación usualmente dadas en la adolescencia. Pero el ejemplo que demuestra la sexualidad sigue siendo un tema tabú en la sociedad de nuestros días, que seguimos manteniendo aquellas actitudes vergonzosas y represivas heredadas a modo de reminiscencias del cristianismo, es la reacción que tanto hombres como mujeres tenemos cuando hablamos abiertamente de sexo desconocidos que pudieran ser objeto de nuestro deseo o nosotros del suyo. Prueben ustedes, hombres, a hablarle abiertamente de sexo a una mujer que acaben de conocer en las primeras palabras que intercambien, y verán como automáticamente tienen un 99% de posibilidades de que esa mujer huya espantada de usted, miedosa y temerosa de su atrevimiento, cohibida por sus propios tabúes. O, igualmente, prueben ustedes, mujeres, a hablarle, en sus primeras palabras, de sexo a un hombre que acaben de conocer, probablemente no le abandonen, pero no les quepa duda de que quedará absolutamente sorprendido por su actitud, y tenderá a juzgarla como una mujer “fácil”. Evidentemente estos ejemplos no son reglas matemáticas, pero si, por supuesto, actitudes muy generalizadas que demuestran hasta que punto seguimos considerando el sexo un tema tabú, sin duda por culpa de las reminiscencias cristianas que han llegado como tic sociales hasta nuestros días. Otra ejemplo evidente de cuan importantes son aún las reminiscencias del cristianismo en la moralidad de nuestros días es el amor. No hace falta hacer una análisis demasiado profundo para darnos rápidamente cuenta que el modelo de relación amorosa moralmente aceptado en la sociedad de nuestros días es el tradicional modelo hombre-mujer que se deben mutua fidelidad sexual. Cualquier otro planteamiento alternativo a esta visión hegemónica, está sujeta a las críticas morales de buena parte de la sociedad. Con esto no quiere decir que no haya cada vez más gente que logra romper con estos parámetros establecidos, pero sin duda son aún una enorme mayoría quienes los interiorizan como único modelo posible de relación amorosa y los reproducen de manera sistemática una y otra vez en sus vidas, no contemplando cualquier otro modelo alternativo. Es evidente que la influencia del cristianismo es más que palpable en este modelo de relación amorosa como modelo principal en la mentalidad general de la sociedad de nuestros días. Igual pasa en el caso de las familias, donde el modelo tradicional padre-madre e hijos, donde la autoridad primordial para con la educación de los hijos reside en la figura paterna, sigue siendo el modelo principal y el único exento de críticas sociales y morales. Así pues, aun cuando la sociedad ha dejado atrás cierta influencia del cristianismo en el ámbito de la cultura, lo cierto es que realmente el cristianismo sigue estando muy presente en el proceso de formación moral de los individuos de nuestra actual civilización, por ende, sigue teniendo un papel relevante en el proceso de formación del yo psicológico. Sinceramente muchas veces tendemos a creer que Dios ha muerto –en palabras de Nietzsche- pero nada más lejos de la realidad. ¡Cómo va a morir Dios si todos nosotros seguimos teniendo un cura dentro de nuestras cabezas! ¡Cómo va a morir Dios si los aspectos morales de la sociedad actual siguen estando en su amplia mayoría determinados por el cristianismo! No, Dios no ha muerto, aunque ciertamente comienza a dar síntomas de una gran debilidad, se le empiezan a ver los puntos flacos. ¡Habrá que saber aprovecharlos! ¡Ciertamente es hora ya de que le preparemos el sepulcro!
Ahora, llegado a este punto de la exposición, quisiera pararme un rato a analizar la relación que existe entre la moralidad individual y los valores sociales imperantes. Ya he dicho antes que en nuestra actual sociedad es el binomio establecido entre lo aceptable y lo rechazable socialmente lo que determina en última instancia el carácter de lo bueno y lo malo, y no el valor intrínseco que esto términos puedan tener en sí mismos. Una cosa será buena o mala en función de si es aceptable o rechazable socialmente, siendo bueno lo aceptable y malo lo rechazable. Al menos, esta es la idea moral principal con la que crecen al día de hoy nuestros hijos e hijas, y a partir de la cual desarrollan sus propios códigos éticos en sintonía con el entorno, o, en algunos casos, desvirtuando la norma hasta convertirla en un código completamente individualista donde lo aceptable o rechazable de las cosas vendrá determinado únicamente por su propia voluntad. Ya he hablado también de los efectos perjudiciales que este tipo de códigos morales tienen para el global de la sociedad. Pero, siendo honestos con nosotros mismos, debemos incidir en el origen del problema, que no es otro que la errónea vinculación que nuestra actual civilización occidental pretende establecer entre lo socialmente aceptable y lo bueno, así como entre lo socialmente rechazable y lo malo. Esto hace que sea la propia normal social imperante lo que condicione el carácter moral de una acción, una actitud o un pensamiento, independientemente de si son buenos o malos en sí mismos. Ciertamente resulta difícil encontrar un criterio por el cual las cosas puedan ser buenas o malas en sí mismas, pero desde luego las convecciones sociales al respecto dictan mucho de ser un criterio si quiera aproximado. Cuando permitimos que sea la propia sociedad quien con sus usos y costumbres determine que es lo bueno y que es lo malo, o mejor dicho, que es lo aceptable y que es lo rechazable en la acción individual del sujeto, sin tan siquiera racionalizar el porqué de tales conclusiones morales, nos olvidamos de lo fundamental en estos casos: que las relaciones sociales son portadoras de normas diseñadas para regular la convivencia entre los individuos de un mismo grupo social, pero que, dado el origen no siempre racional de tales normas, no se puede decir que todo aquello que resulte socialmente aceptable en una determinada sociedad tiene que ser bueno en sí mismo, así como todo aquello que resulte socialmente rechazable tampoco tiene porqué ser malo en sí mismo. O dicho de otro modo, las normas sociales no deben determinar el carácter moral de los comportamientos individuales, salvo que por carácter moral entendamos un uso socialmente aceptado del mismo, lo cual es un grave error, ya que resta toda significación intrínseca a lo bueno y lo malo en sí mismos. Esta actitud finalmente nos acaba conduciendo a un nihilismo moral que el sujeto entiende como una muestra de la decadencia de las normas morales establecidas socialmente, y que acaba por interpretar como un derecho subjetivo a hacer lo que le venga en gana sin tener que respetar absolutamente nada más que su propia voluntad. Como lo bueno y lo malo solo tienen valor en relación a lo aceptable o rechazable que pueda ser una actitud de cara a la valoración social que desate en su entorno, y al ser la sociedad algo externo a la voluntad del sujeto, finalmente lo bueno y lo malo acaba siendo reducido a un pensamiento totalmente individualista, donde bueno será todo aquello aceptable por el sujeto y malo todo aquello que no lo sea. Por tanto, bastaría con que el sujeto considerase aceptable el asesinato para que así mismo esta acción dejara de ser mala en sí misma. Llegado a este punto nada puede sortear los ataques del nihilismo moral. La nada es el resultado de acciones basadas en la hipocresía social constituida como valor moral, y el sujeto se cree con derecho para hacer todo aquello que crea conveniente, sin límites de ningún tipo, salvo aquellos que nacen de su propia subjetividad. Así pues, cuando la sociedad intenta desarrollar un sistema de creencias morales que dictaminen la valoración moral de las actitudes de los sujetos que la componen, olvidándose del análisis de lo bueno y lo malo en sí mismo por sus efectos de cara a la convivencia global por un lado, y de respeto al desarrollo individual por el otro, la moralidad pasa a ser algo que carece de todo sentido, pues no solo cohíbe la voluntad subjetiva dictando normas que no siempre son convenientes para la evolución psicológica de los sujetos, si no que, además, abandona el nivel de lo bueno y lo malo como valoraciones útiles de sentido, para situarse exclusivamente en el plano de lo aceptable y lo rechazable en el ámbito social, lo cual no es ya una moralidad ética propiamente dicha, si no un sistema de valores sociales que se autorregula asimismo y cuyo principal efecto es la aniquilación de la voluntad moral de los individuos implicados. Los sujetos dejan de ser individuos moralmente independientes, con capacidad para valorar los bueno y lo malo en sí mismo de sus actos según criterios racionales de desarrollo social, personal y natural, para pasar a ser miembros de una comunidad moral socialmente determinada y que sustituye lo bueno y lo malo por lo aceptable y lo rechazable, aunque por aceptable se entiendan actitudes que bajo un análisis racional sean a todas luces injustificables moralmente bajo el criterio racional de lo bueno y lo malo. Por poner un ejemplo, diré que la trata de esclavos era algo moralmente aceptable por las convecciones comunes en la sociedad romana, sin embargo un análisis racional de este hecho nos dice que es algo totalmente injustificable en virtud de su relación en sí mismo con los bueno y lo malo, y sus efectos tanto a nivel del sujeto afectado, como a nivel del global de la sociedad. En estos casos, los valores morales forman parte de una estructura social que no genera sus propios esquemas de convivencia racional, si no que todo está dado de antemano, provocando en el sujeto una situación de indefensión moral ante lo preestablecido que lo condiciona totalmente en sus actitud frente al mundo y, por supuesto, frente a sí mismo. Es por ello que en nuestra actual civilización occidental podemos decir que la moralidad ha dejado de ser un asunto del sujeto para convertirse en un asunto social, y la búsqueda de lo bueno y lo malo no puede ser entendida más allá del marco social donde se emitan los juicios morales de los individuos de nuestro entorno. Pero un asunto social que tiene sus efectos psicológicos en el sujeto, ya que es el individuo quien interioriza estas normas imperantes y quien se auto juzga en relación a ellas, poniéndose unos límites morales muchas veces absurdos, pero que condicionan totalmente su desarrollo psicológico como sujeto moral y como ser vital. Sería conveniente que llegado a este punto nos plateásemos todos la necesidad de reinvertir el proceso, la necesidad de creer que es posible llegar a alcanzar conocimientos correctos que nos permitan razonar que es lo que está bien y que es lo que está mal, pero bien y mal en sí mismos, independientemente de si es o no es socialmente aceptable o rechazable. Esta es, entiendo yo, precisamente la meta que nos tenemos que proponer, tal como lo hacía Sócrates, cuando salía por las plazas de Atenas para indagar a sus conciudadanos y saber cuanto sabían de verdad y cuan éticos y morales eran, pero sabiendo siempre que lo que está en juego es nuestra propia independencia y nuestra libertad, así como la aspiración de salvar a la sociedad de nuestros días del nihilismo moral al que va destinada si no se le pone freno a su actual desarrollo evolutivo en cuanto a temas morales se refiere.
Pedro Antonio Honrubia Hurtado
servido por honrubia
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20 Agosto 2006
Hay una cita de Khalil Gibrán que dice así:
“Sois libres ante el sol del día, y libres ante las estrellas de la noche. Sois incluso libres cuando no hay sol, ni estrellas, ni noche. Pero sois esclavos del que amáis porque lo amáis, y sois esclavos del que os ama, porque os ama”.
¡Y cuanta razón tiene! El amor es una cárcel para el alma del enamorado, que, por más que lo desee, jamás podrá escapar de las redes de su amante. Estar enamorado supone realmente una esclavitud respecto de tu amado/a, un querer y no poder escapar de su lado. Estar enamorado es un compromiso ineludible, una cadena que te impide alejarte de la sombra de tu amor. Por eso el amor es siempre un sentimiento recíproco, un sentimiento que se da entre dos o más personas de forma simultánea y correlativa, y que impide a las partes implicadas huir de su compromiso con el resto de las partes. Los amantes se atan entre sí, y ninguno de ellos podrá escapar del resto. Cuando existe amor de verdad, te tiene cogido, agarrado, esclavizado y preso, y te adormece como un niño en los brazos de su madre. Cuando existe amor de verdad, el alma se siete en deuda continua con el alma del amado, y la vida del enamorado se funde en una sola con la vida del ser al que ama.
Pero, ¿qué es el amor? Una cárcel sí, de eso no hay duda. Pero, ¿Qué más es el amor?, ¿Cuándo hay amor?, ¿Cómo nace y dónde muere?, ¿Quiénes son los implicados? Son tantas las dudas que se me ocurren, y tan pocas las respuestas, que me siento inútil, perdido. Lo que parece evidente es que al amor es algo totalmente subjetivo, un sentimiento que solo se puede entender a través de la experimentación personal, y que cada cual lo vive y entiende de una manera diferente. No creo que el amor pueda ser jamás la misma cosa para dos personas distintas. Cada cual es libre de vivirlo a su manera, y cada cual lo siente por sí mismo a su estilo. Aunque tratemos de elaborar complejos conceptos mentales para encuadrar a todos los enamorados, lo cierto es que solo podremos pensar moldes aproximados, pero nunca podremos elaborar leyes científicas para categorizar al amor. El amor no es una regla matemática, ni tan si quiera es algo que se pueda expresar con palabras, el amor es puro sentimiento que solo se entiende cuando se tiene, y que se solo se conoce cuando es subjetivamente experimentado. Por eso resulta tan difícil hablar de amor.
Pero, sin embargo, existen una serie de valores sociales y culturales que tratan de poner normas y condiciones al amor. Esos mismos valores que hacen que al hablar de amor, todos creamos poder elaborar un concepto general en nuestra mente, y a partir del cual nos dejamos arrastrar para buscarlo. Según estas normal no escritas, estas leyes no impresas, amor es algo parecido a un sentimiento dado entre dos personas que se desean, que se unen en libre compromiso para hacer un plan de futuro juntos, y que se prometen fidelidad mutua. Por eso la mayoría de nosotros aspira a encontrar a esa persona con la que compartir su vida, y con la que fundirse en un compromiso de futuro y una pasión desbocada. Normalmente creemos que el amor se sustenta en la atracción sexual, y que los amantes se buscan entre sí para darse en compromiso mutuo cuerpo y mente. Intentamos buscar esa persona idealizada que satisfaga nuestros deseos, acercándose en todo lo posible a la persona que previamente hemos diseñado en el laboratorio de nuestros sueños. En definitiva, creemos en el amor romántico que estamos acostumbrados a leer en las novelas rosas y a ver en las películas de Hoollywood, y eso buscamos. Vivimos esperanzados en encontrar cualquier día ese/a amante que encaje con nuestros sueños y que logre colmar de felicidad nuestros deseos para alegrarnos las vidas. En las revistas y programas del corazón tenemos la demostración de que esos sueños con alcanzables. Elaboramos un patrón y lo buscamos. Normalmente creemos que estamos capacitados para elegir con el corazón, pero, casi siempre, acabamos eligiendo con la entrepierna, tanto hombres como mujeres. Mucho justificar que se busca una persona completa, pero al final todo se reduce a la búsqueda de un cuerpo, eso sí, con complementos. Lo primero que se busca es algo que desate nuestras pasión, y a partir de ahí construir el amor en base a otros aspectos. Pero siempre, por mucho que nos queramos hacer creer lo contrario, estos otros aspectos acaban siendo secundarios. A nadie, o a muy poca gente, se le ocurriría decir que está enamorado de una persona por la que no sienta ningún tipo de tracción sexual. Primero está el deseo, la pasión, y luego ya viene todo lo demás. Es una realidad tan fría, que normalmente tratamos de engañarnos pensando que actuamos de manera diferente, pero díganme, ¿Cuántos de ustedes han creído estar enamorados de personas a las que no ha deseado sexualmente? Auto respóndanse y piensen sobre ello. Solemos decir que no el físico no es lo más importante, que el deseo sexual es secundario, que la tracción no es pieza fundamental en una relación, seguramente porque nos parezca inmoral pensar lo contrario, y reducir la base de todas nuestras relaciones amorosas a aspectos tan pasionales y tan poco racionales, pero al final la realidad es que es la pasión lo que determina el amor en las sociedad de nuestros días. Es lo que nos venden en las novelas, la prensa del corazón y las películas, y es lo que inconscientemente buscamos creyendo que eso es amor verdadero. Andamos por el mundo buscando aquella persona que desate nuestros deseos, aunque luego gustemos de complementarlo con algunas otras cualidades que conviertan la relación en llevadera más allá de la cama. Pero en el fondo lo primero que buscamos es esa persona que nos desate el lívido, al menos en grado suficiente como para meternos con ella en la cama noche tras noche, y que no se convierta en un sacrificio. Por eso nos cegamos en creer que una persona enamorada solo puede tener ojos para su amado, ya que este, por lógica, sería el colmen de sus deseos, y más allá de él no puede haber deseo. Y claro, cuando el deseo comienza a desaparecer, cuando la pasión entre los enamorados comienza a decrecer, tendemos a creer que se está perdiendo el amor, y abrimos nuestra puerta, consciente o inconscientemente, a la aparición de esa nueva persona que llene el vacío existente y satisfaga todo nuestro deseo. Realmente vivimos en una espiral constante de búsqueda de amor pasional, y no dormimos tranquilos hasta encontrarlo. Y creemos que eso es el amor verdadero, que eso es amor, sin más. No nos damos cuenta que eso la mayoría de veces no deja de ser más que mera pasión.
Por definición, por ser un sentimiento bondadoso, el amor debe ser algo que llene de alegría tu corazón, que te aporte ese puntito de felicidad extra a tu vida cotidiana fuera de tu relación. Y así debería ser. Pero cuando el amor se confunde con la pasión, se abre la puerta de par en par al sufrimiento. Primero porque nos impide analizar racionalmente las virtudes y defectos de nuestros amado. Segundo porque genera sentimientos como los celos y la desconfianza. Y tercero porque construye relaciones sobre bases erróneas que al final acaban por desmoronarse. Cuando uno está enamorado, o mejore dicho, cuando uno cree estar enamorado, suele perder la racionalidad a la hora de juzgar a la persona a la que ama. Si tiene defectos no se les ven, y si tienen virtudes se les magnifican. Ni tan siquiera somos capaces muchas veces de juzgar con racionalidad el trato que nos dispersa, o la manera que tiene de llevar la relación mutua de amor. Nos basta con sentir su deseo, y creer en su palabra, y con ello hacemos todo lo posible para auto engañarnos creyendo que todo es perfecto, y que de esa relación no puede salir nada malo. Pero en muchas ocasiones, cuando las bases de la relación amorosa no son más que pura pasión, los problemas salen por todos lados, o al menos se sientan las bases para que acaben saliendo en un futuro hasta que terminen por dinamitarlo todo. Cuando los enamorados no encajan mutuamente en temas cruciales de la convivencia del día, cuando tienen sistemas de valores totalmente diferentes, cuando sus aspiraciones de vida no se corresponden, una semilla de discordia se siembra en ellos. Pero, normalmente, cuando uno cree estar enamorado de otra persona, todas estas cosas las suele pasar por alto. Simplemente confía en que el tiempo lo cure todo, y que las desavenencias se evaporen milagrosamente. Gran error. Por supuesto, cuando una persona cree estar enamorada de otra, cuando su pasión solo tiene ojos para ella, cuando empieza a ver a su amado/a como algo de su posesión, la más mínima señal de no ser correspondido genera un absoluto malestar en el enamorado. De aquí viene la desconfianza, y de aquí los celos y las conductas irracionales y posesivas. Cuando se llega a ese punto, uno cree seguir estando enamorado, pero sufre, y por más que nos quieran hacer lo contrario en las películas y en las canciones de amor, cuando uno sufre sin más razón que el deseo que siente por otra persona, y esto le hace pensar y comportarse irracionalmente, esto no puede llamarse amor. Como ya he dicho, el amor es algo bueno por definición, un sentimiento bondadoso, una alegría en la vida del enamorado, por eso el sufrimiento y el amor nunca jamás pueden ir de la mano. Se sufre de pasión, no de amor. De amor se ama, no se sufre. Y miente quien diga lo contrario. Un amante puede sufrir con la tragedia de su amado, porque la esclavitud que es el amor implica que así sea. Un amante puede y debe sufrir con el sufrimiento y el malestar de su amado, puede y debe sufrir cuando su amado se encuentre mal y acuda a él para encontrar consuelo. Porque amar implica empatía, amar implica fusión de las almas, amar implica comprometerse con el amado hasta el punto de ser una misma persona para la risa y el llanto, para el gozo y el sufrimiento. Pero amar no implica sufrir por la duda de la correspondencia del sentimiento mutuo por parte del amado. Cuando existe amor, no existe duda, cuando existe amor, no puede haber desconfianza de la reciprocidad del sentimiento mutuo. Por eso la desconfianza y los celos no son parte del amor, son parte de la pasión. Y la pasión, como los celos, es pura irracionalidad, de ahí que no se pueda controlar ni manejar racionalmente. Y de ahí que vivamos creyendo que el amor es algo irracional. Pero tampoco creo que sea verdad.
Cierto es que la pasión es irracional, que uno no puede elegir a quien desea sexualmente y a quien no, con quien desata su lívido y con quien no. Probablemente este tipo de elecciones la hagamos inconscientemente. Hay quien dice que entran en juego condicionante genéticos, que deseamos a las otras personas en base a una serie de factores biológicos que nos determinan a ello. Pero yo no me lo creo, o, al menos, no creo que sean el factor determinante, y, por supuesto, no en la mayoría de personas. No dudo que haya personas que experimenten este tipo de condicionantes genéticos y biológicos, pero creo que son los menos, la norma general es más una cuestión cultural que biológica. Creo que la explicación a este tipo de conductas irracionales que se esconden tras la pasión, a estas elecciones no conscientes que hacemos en relación a otras personas, hemos de buscarla en los cánones estéticos y demás factores culturales que nos inculcan desde niños a través de los diferentes medios audiovisuales. No solo crecemos rodeados de mensajes de amor pasional interpretados en clave de único amor verdadero, si no que, además, este estereotipo amoroso suele ir ligado a unos cánones estéticos, y unos moldes de personalidad muy determinados. Por supuesto, es la belleza el factor más determinante en este tipo de relaciones idílicas, pero no el único. El éxito social y personal, la riqueza, la inteligencia, suelen ser también habitualmente buenos complementos que acompañan a la belleza. De una manera u otra, al igual que nos lanzamos a la búsqueda del amor pasional creyendo que es el único modelo de amor posible, nuestra búsqueda está determinada por toda esta serie de estereotipos idílicos que hemos mamado desde pequeños. No solo buscamos el amor pasional, si no que, además, lo buscamos con una persona que sea guapa, de buena posición social, inteligente, etc. Aunque, realmente, es la belleza lo que más determina nuestra búsqueda. Tenemos la costumbre de asociar belleza con pasión, gusto estético con deseo, y de ahí que acabemos por asociar amor con belleza y deseo. Cuando analizamos a los posibles amantes, es la belleza aquel condicionante que primero llama a nuestra puerta. Y nos empeñamos en buscar a esa persona que se asemeje al molde idílico que hemos construido en nuestra cabeza, por supuesto, siempre un molde repleto de belleza. Por eso, la mayoría de la gente se obsesiona con la belleza en la búsqueda del amado, y tiende a prestar una atención menor a otro tipo de factores de la personalidad, que a la larga suelen ser los más definitorios en el bienestar de una relación amorosa. No digo que en todos los casos sea así, pero sin duda que ocurre en una amplia mayoría de individuos de nuestra actual sociedad. En muchas ocasiones damos más importancia a la belleza y la atracción sexual, que a rasgos de la personalidad de nuestro amante como la bondad, o a circunstancias de la relación como puede ser el compromiso mutuo de bienestar en la relación. Es cierto que todo el mundo suele negar que condicione su relación amorosa al aspecto físico de su amante o a la atracción sexual que despierte en él-ella, pero en el fondo suelen ser estos los dos factores más determinante a la hora de iniciar una nueva relación amorosa. Luego, es cierto, se buscan otras aptitudes y se intenta crear una relación sólida sobre esta primera base, pero también es cierto que no son pocas el número de ocasiones en que uno deja pasar por alto fallos y defectos en la personalidad de su amado en el devenir de la pareja, solo por no echar a perder lo que ellos creen que es una relación que merece la pena, es decir, una relación con una persona a la que desean sexualmente, y con la cual ven como se desata toda su pasión. Este tipo de cosas no se suelen detectar en el momento mismo de la relación, pero son más fácilmente analizables una vez la relación se ha terminado y el tiempo acaba por poner a cada uno en su sitio. Es pasado este tiempo cuando uno analiza su situación anterior y comienza a ver en ella toda una serie de errores y defectos que condicionaban el bienestar de la relación. Entonces, una vez la pasión ha pasado a un segundo plano y la razón puede anteponerse al impulso sexual, cuando el castillo de arena que idealizaba a la figura del amado se ha derrumbado, uno empieza a darse cuenta de los defectos en el personalidad de su ex amado, o en los problemas graves que condicionaban el bienestar de la relación, y normalmente se llega a la conclusión de que, o bien se estaba con la persona equivocada, o bien la relación debiera haberse dejado hacía mucho tiempo, y así haberse evitado sufrimiento mutuo. Digo esto, porque estoy convencido de que no hace falta llegar a estos extremos para usar la razón en el análisis del amor y de las relaciones amorosas.
Sinceramente, creo que el amor es algo tan racional como cualquier otra elección racional de la vida, y valga la redundancia, ya que no es casual. Aunque crezcamos con la idea de un amor sustentado en la pasión y la irracionalidad, aunque nos desarrollemos socialmente creyendo no existe manera humana de escoger racionalmente al ser amado, lo cierto es que todo esto no deja de ser otra gran mentira de las revistas del corazón, las novelas rosa y las películas de “pasteleo”. El amor, entendido como la búsqueda de la persona amada, es decir, la búsqueda de aquella o aquellas personas con las que compartir libre y voluntariamente tu vida en mutuo compromiso de fidelidad amorosa, es algo tan racional como lo puede ser la elección de un trabajo, o multitud de decisiones similares que se toman en la vida. He puesto el ejemplo del trabajo, ya que, al caso, me parece una comparación bastante adecuada. Teniendo en cuenta el número de años que una persona se tira trabajando a lo largo de su vida, es conveniente que desarrolle su labor en un puesto que le sea de su agrado, ya que de lo contrario su calidad de vida se puede ver resentida ante el malestar generado por encontrarse a disgusto en aquello que obligatoriamente debe hacer todos los días. No es lo mismo levantarse por la mañana e ir a trabaja en algo en lo que uno pueda sentirse a gusto y realizado, que ir a trabajar a un lugar donde uno no se encuentra cómodo y donde solo va por no quedarle otra alternativa. Si una persona que desea ser médico acaba trabajando en una mina, probablemente su grado de felicidad en la vida se vea reducido considerablemente de una situación a la otra, ya que no deber ser lo mismo para ella levantarse cada mañana para ir a su consulta, donde se siente realizada, que hacerlo para tener que ir a una mina, donde solo se encuentra en virtud de sus necesidades económicas y donde no queda satisfecha con el trabajo desarrollado. Por tanto, a la vista de que necesitamos dinero para poder vivir en esta sociedad capitalista, es lógico que las personas tratemos de buscar aquel puesto de trabajo en el que nos sintamos más cómodos y realizados, tratando con ello de darle un plus de felicidad a la calidad de nuestro día a día. Para ello buscamos la formación académica apropiada, y luego hacemos todo lo posible para buscar el puesto de trabajo que se adecue a nuestras aspiraciones. Solo en caso de no encontrarlo, y en virtud de las necesidades económicas propias de una sociedad como la nuestra, analizamos otras posibilidades hasta finalmente decidir por la que más nos interese, o, en último caso, por la que podamos –aunque no la deseemos- para tener sustento económico suficiente. Pues bien, en mi opinión, en esta sociedad capitalista, que te obliga a vivir de esta manera tan determinada por el trabajo, el salario y el consumo, hay dos elecciones que, probablemente, afecten en grado supremo sobre el bienestar y la calidad de vida que nos esperan en los años de la edad adulta: la elección de puesto de trabajo y la elección de la persona –o personas- con la que compartir tu vida en mutuo compromiso de fidelidad amorosa. Y díganme una cosa, ¿ustedes conocen a alguien que escoja su trabajo en virtud de elementos pasionales o irracionales? Entonces, ¿por qué debemos escoger nuestra relación amorosa en virtud de estos criterios irracionales y no a través de la aplicación de la razón? Creo, que al igual que ocurre con el puesto de trabajo, lo primero que debemos hacer es usar la razón para buscar a nuestro amado/a, y solo en caso de no encontrar aquello que buscamos racionalmente, entonces echar mano de otros criterios como la necesidad. Cuando uno no puede trabajar en lo que quiere, entonces uno debe acabar trabajando en lo que puede. Pues exactamente igual con la búsqueda del amor: cuando uno no puede encontrar a la persona ideal que él quiere en virtud de su racionalidad, entonces uno debe acabar amando a la persona que pueda y se deje. Pero, a diferencia del mercado laboral, donde existe una competencia enorme, y en el que entran en juego factores diversos como la formación académica o la experiencia, en el mundo del amor todo aquel –o al menos la mayoría de nosotros- podrá acabar encontrando a la persona que busque racionalmente. Eso sí, olvídense desde ya de los estereotipos de las películas de amor, y de los romances tipo “revistas del corazón”. Por supuesto que a nadie le amarga un dulce, y que todo el mundo desea acabar encontrando a una persona a la que desee pasionalmente con todas sus fuerzas, y cuya belleza colme sus deseos estéticos. Pero esto es algo tan superfluo, algo tan superficial, que no debiera estar si quiera ni entre las cualidades puestas encima de la mesa de la búsqueda amorosa por la razón. Muy al contrario, cada persona debe analizarse a sí misma, y a partir de ahí elaborar un molde realista conforme a su propia personalidad, y buscar a aquellas persona que más se adecue a sus propias características. Uno debe ver si es introvertido o extrovertido, si tiene unas aficiones u otras, si valora unos detalles u otros, y así sucesivamente hasta diseñar un molde realista de su amado. Por supuesto, cuestiones como la bondad de la persona amada, el hecho de compartir aficiones y gustos, la compatibilidad de personalidades respecto a temas de convivencia en el día a día de la relación, el sentirse cómodos y seguros mutuamente, el compaginar en los caracteres principales de la personalidad, etc., son aspectos muchísimo más importantes que la atracción sexual, la pasión o la belleza. Aunque suene a tópico, al final, la belleza se marchita, la pasión se desvanece, y lo que te queda de verdad es la persona con la que tienes que compartir el día a día de la relación. Si te confundes en la elección, al igual que ocurre con aquella persona que desempeñar un puesto de trabajo que no le satisface, a la larga eso acabará repercutiendo en tu calidad de vida y en tu bienestar, por muy bella y muy atractiva sexualmente que pueda ser la persona elegida en el momento de conocerla. Por eso, debemos olvidarnos de estereotipos culturales, y debemos buscar el amor desde la racionalidad, no desde la pasión. Cuando creamos haber encontrado a la persona de nuestra vida, algo que probablemente ocurrirá cuando demos con una persona que satisfaga nuestra búsqueda inconsciente de pasión y belleza, en lugar de agarrarnos a la situación como si fuera un regalo de Dios que debemos conservar a toda costa, tratemos de analizar racionalmente la situación, mirar en el interior de la persona supuestamente amada, comparar personalidades, imaginar la situación de la pareja a 20 años vista, no vaya a ser que por dejarnos arrastrar por la mera pasión el regalo divino se acabe convirtiendo en una carga diabólica. Ya saben, sobre todo las mujeres, que hoy en día, por desgracia, son cada vez más frecuentes los casos de maltratos, muchas veces con resultado de muertes. Baste decir, que a todo este tipo de sucesos, hasta hace bien poco se les denominaba “crímenes pasionales”, para entender que todo esto guarda con la reflexión que estoy haciendo. Pero no solo hay que ponerse en estos casos extremos, hablemos, por ejemplo, de las miles de parejas que tienen peleas casi diarias como consecuencia de los celos de uno de los miembros, o de los dos. O la cantidad de matrimonio que no se soportan, pero que no se separan bien por falta de valentía, bien por miedo a las consecuencias, tales como el efecto de cara a los hijos, la dependencia económica de alguno de los cónyuges, el miedo a la soledad, la costumbre, etc. No se, se me ocurren multitud de casos en que las relaciones amorosas sufren las consecuencias de una mala elección en el amor por parte de los implicados, la mayoría de ellos generados por una confusión inicial entre amor pasional y amor verdadero. Se que esto que digo puede sonar extravagante, e incluso que pueda ser de difícil comprensión, pero estoy completamente seguro de que se puede elegir a la persona amada en base a la razón, y que todos los días, hay millones de personas que confundidas por la idealización pasional en que han convertido la búsqueda del amor, dejan escapar a personas que las aman de verdad y con las cuales probablemente pudieran vivir por siempre felices y estables.
Lo que ocurre, es que es ciertamente difícil de hacer creer a la gente que el amor es cosa de la razón, cuando desde que tienen uso de ella, se les ha hecho creer lo contrario, es decir, que el amor el fruto de la irracionalidad y de la pasión. A uno le cuesta mucho trabajo creer que es posible amar a una persona sin sentirse atraído por ella sexualmente, o que es posible encontrar a la persona con la cual uno desea compartir su vida sin que en ella se encuentre una fuente continua de pasión. Creen que a ese tipo de relación se le llama amistad, pero no se dan cuenta de que la amistad está un escalón por debajo de ello. Acostumbrados como estamos a emocionarnos cuando vemos a una mujer o un hombre hermoso, a excitarnos cuando tenemos cerca de una persona que deseamos, a perder la cabeza por la pasión, no es altamente complicado entender que pueda haber un amor donde esas cosas sean si no prescindibles, al menos sí de una importancia ridícula. No podemos, o no queremos, entenderlo. Y seguimos empeñados en buscar a aquella persona que nos haga sentir todas esas cosas que vemos en las historias de amor de las películas. Sin duda, vivimos demasiado condicionados por los valores culturales que nos vienen impuestos desde la sociedad, y que aprendemos a través del propio proceso de socialización. Por eso nos cuesta tanto trabajo creer en modelos alternativos de amor. Pero nos equivocamos, no ya por no optar por el modelo de amor racional, donde se busca a el amado-a con la cabeza y no con el deseo sexual y los condicionantes estéticos, si no, simplemente, por no cuestionarnos la racionalidad de los modelos que nos vienen determinados por sistema. Ahí es donde reside el verdadero error. Uno puede después optar por reproducir racionalmente el modelo tradicional de amor, con sus virtudes y sus defectos, sus errores y sus aciertos, sus cosas buenas y sus cosas malas, pero hacerlo de modo racional, es decir, tras haber ido hasta el fondo de la cuestión y haber desmantelado toda la estructura irracional que lo sustenta. Una vez que uno se da cuenta de que lo que nosotros creemos que es amor no es más que una imposición irracional de la cultura, y a partir de aquí seamos capaces de darnos cuenta que existen otros modelos diferentes entre los que poder optar que también cumplen esa misma función amorosa, entonces estamos en disposición para optar racionalmente por la alternativa que nos parezca mas atrayente, o más acorde con las características de nuestras propia persona. Al final acabaremos pues haciendo lo mismo que hubiéramos hecho de haber seguido las imposiciones culturales de la sociedad, pero lo habríamos hecho desde la razón, y previo conocimiento de que existen otras alternativas igualmente válidas. Esto nos convierte en personas más comprensivas con los demás, y más capacitadas para entender la diversidad.
Porque la cuestión cultural no solo se queda en el análisis del molde que debemos usar para la búsqueda de la persona amada, si no que implica también las formas a seguir en el establecimiento y el desarrollo de la relación. Por ejemplo, el la sociedad occidental, el modelo tradicional de relación amorosa, el mayoritariamente buscado y aceptado, se basa en la relación establecida entre dos personas de distinto sexo que se unen en libre compromiso de mutua fidelidad. Pero fidelidad en el sentido más amplio de la palabra, es decir, tanto en el plano sentimental como en el sexual. Si analizamos detenidamente esta estructura tradicional de la relación amorosa, podemos observar que prácticamente es una representación fidedigna de los valores cristianos en relación a este tema. Sería una relación heterosexual que se unen en matrimonio y que se prometen fidelidad mutua, siendo el adulterio algo no permitido en la relación. Digamos que nadie jamás será socialmente criticado por seguir esta línea de relación amorosa. Sin embargo, toda otra relación que se escape a este modelo tradicional siempre es proclive a estar en tela de juicio y puesta en boca de los demás. Ello pasa fundamentalmente entre las personas que no han tenido la suficiente valentía como para ir hasta el fondo de la cuestión amorosa, y encontrar allí las diversas alternativas que se pueden seguir en la relación amorosa, y ver así que la opción por ellos elegida no deja de ser una entre las múltiples variables existentes, ni mejor ni peor que las demás. El problemas es que la persona que representa los valores tradicionales aprendidos por medio de la cultura socialmente aceptada, siempre se cree en el lugar adecuado como para poder juzgar moralmente a los demás que estén en otras posiciones distintas. No es capaz de contemplar esas otras posiciones como elecciones libres y voluntarias igualmente válidas, si no que las ven como una malformación del tronco original que ellos representan, y por tanto como una posición moralmente inferior a la suya, lo que les da poder para criticarlos y atacarlos. Por eso cuando una persona va racionalmente hasta el fondo de sus propias convicciones morales, y analiza como le han sido dadas a su entendimiento, y comprende cuales de ellas son meras representaciones de los valores culturales impuestos y socialmente establecidos, entonces se auto capacita para entender que todos otros aquellos valores que comparten espacio social y cultural con estos, no han de ser algo moralmente inferior a ellos, si no, muy al contrario, una postura tan respetable como la suya propia, ya que no dejan de ser una de las alternativas posibles, diferente a la elegidas por ellos, pero una tan racional y válida como la suya propia. Afortunadamente en el tema de las relaciones amorosas la sociedad tiende poco a poco a desprenderse de esos valores católicos tradicionales que nos acompañan en nuestro proceso de socialización como normas culturales socialmente aceptables. Un buen ejemplo podemos encontrarlo en las relaciones homosexuales. Aunque todavía sigue existiendo un sector bastante amplio de la sociedad que adopta posturas moralistas respecto de los homosexuales –desde las tradicionales fobias a la negación política de sus derechos legales-, por fortuna cada ves son más las personas que expresan libremente su condición de homosexuales, y cada vez es mayo el número de ciudadanos que los respetan y lo comprenden, analizando su posición como una opción –voluntaria o no voluntaria, pero al fin y al cabo una opción respecto de la sexualidad y las relaciones amorosas- a la cual se le debe tener tanto respecto como a la opción propia de cada cual y las opciones tradicionales. Sin embargo, curiosamente, en cuanto a las relaciones monogámicas, otra opción en el establecimiento de la pareja propio del cristianismo y llegado hasta a nosotros de la influencia de este, la unanimidad social es prácticamente total. Las relaciones amorosas en nuestra sociedad son entendidas prácticamente por el cien por cien de nosotros como una relación entre dos personas exclusivamente. Incluso, fíjense, en el caso de los homosexuales, a pesar de que muchos de nosotros podamos creer que son uniones amorosas exentas de la influencia de los valores católicos tradicionales, el modelo de relación amorosa que se ha impuesto en sus uniones, es el modelo tradicional de la sociedad católica, es decir, el modelo de las uniones entre parejas monogámicas. Bien es cierto que entre el colectivo homosexual, fundamentalmente el colectivo gay, existe cierta tendencia a la promiscuidad y la experimentación sexual que no existe tan usualmente entre los heterosexuales, pero a la hora de unirse formalmente en matrimonio, o de establecer una relación seria, el modelo escogido es, curiosamente, el modelo tradicional católico. Esto demuestra cuan fuertes pueden llegar a ser los valores culturales socialmente establecidos. Por mucho que pensemos que estamos capacitados para replantearnos la validez de su existencia en una sociedad tan cambiante como la nuestra, lo cierto es que una y otra vez vuelven a manifestarse. Imaginen ustedes como reaccionarían un amplio sector de la sociedad –entre ellos algunos de los homosexuales que ahora se han unido en matrimonio monogámico- si de repente a un pequeño sector de la población le diera por formar uniones amorosas de dos personas. Ya no hablo de tríos al estilo sexual por todos conocido, si no de pequeños grupos de enamorados que toman la decisión de compartir sus vidas en todos los aspectos. Osease, una relación amorosa pero donde los amantes no sean dos, si no cuatro o cinco o seis personas. Es decir, si hemos dicho que es posible buscar racionalmente a la persona amada en base a una serie de criterios previamente establecidos como pueden ser la personalidad del amante o las aportaciones a la relación, imagínense ahora que sobre la base de una pareja formada de esta manera, se sumase a la relación amorosa otra persona que contara con el beneplácito racional de ambos integrantes de la pareja, y que, por tanto, contase y diese recíprocamente amor a los dos miembros previamente existente en la relación. De esta manera habría una unión de tres personas donde todos ellos se aman entre sí: A ama a B y C, B ama a A y C, y C ama a A y B. Digamos que esta relación amorosa se pudiera ir desarrollando con más miembros con el único requisito de la existencia de amor mutuo entre todos los implicados, formando con ello una unión social, una unidad familiar, donde se comparten los aspectos propios de las familias (unidad económica, hijos, responsabilidades, etc.), pero que en lugar de estar compuesta por dos personas, lo estaría por 3 o más integrantes. Por supuesto esta relación solo es factible en virtud del amor racional, ya que el amor pasional implica una serie de cosas (ansias de poseer individualmente a la persona amada, celos, etc.) que serían incompatibles con este modelo de relación amorosa. Imagínense si esto alguna vez llegara a darse, la que se liaría entre los sectores mas reaccionarios de la sociedad. Evidentemente esto que digo, analizado desde nuestra actual posición social, pasado por el filtro de nuestros actuales valores culturales, puede sonar a ciencia ficción, o ser un modelo de relación amorosa ni tan siquiera comprensible, pero si, una vez más, nos vamos al fondo de la cuestión y desmontamos toda la estructura culturalmente aprendida de la sociedad que domina nuestro pensamiento, estaremos capacitados para entender que no es algo tan extraño ni descabellado, y que, tal y como funciona la sociedad capitalista, donde se hace cada vez más difícil mantener una familia con casa, coche, hijos, etc., puede que en un futuro, con el objetivo de compartir todas estar cargas económicas o por pura evolución del pensamiento, se den este tipo de uniones múltiples, y entonces, probablemente, contaran con mayor o menor rechazo social, pero, desde luego, que no serán vistas como algo extravagante o extraño. Lo que ocurre, es que para nosotros, hijos de la mentalidad católica tradicional –nos guste o no nos guste-, herederos de una tradición amorosa casi idéntica a la derivada de la doctrina católica, hablar de este tipo de uniones se escapa de nuestra visión y se nos hacen difíciles de comprender. Sobre todo porque estamos acostumbrados a relacionar el amor con un sentimiento dado entre dos personas, incluso, si me apuras, dado entre varias personas pero donde existen pares de enamorados (por ejemplo relaciones poligámicas tradicionales, o relaciones de parejas donde existe una infidelidad que es algo más que sexo). Así que cuando nos sacan de este molde tradicional, y nos hablan, por ejemplo, de un amor dado entre dos personas pero extensible a una tercera una cuarta, etc., lo vemos todo muy extravagante. Pero la idea puede ser más sencilla de comprende expuesta de la siguiente manera: al igual que un grupo de amigos, la amistad se da recíprocamente en mayor o menor grado entre todos los miembros del grupo, y todo son amigos de todos simultáneamente (Juan es amigo de Andrés, pero también es amigo de Antonio, de Julián, etc., y Julián es amigo de Juan pero también es amigo de todos los demás, y así uno a uno con todos los miembros.), en este tipo de relaciones amorosas el amor se daría recíprocamente entre todos los integrantes del grupo (Juan ama a María, pero también ama a Andrés, a Carmen, etc., y Carmen ama a Juan pero también ama a todos los demás, y así uno a uno con todos los miembros ). Pero esto no piensen ustedes que todo esto lo estoy diciendo sin sentido alguno o solo para demostrar mis dotes imaginativas, todo lo contrario, si he expuesto este caso es, precisamente, para demostrar a través de él varias cosas:
1) Que en la manera de entender las relaciones amorosas, como en muchos otros temas de la vida social de los individuos de nuestra actual sociedad, existen una serie de patrones culturales socialmente aprendidos que dominan la mentalidad mayoritaria de la población, y que se reproducen sistemáticamente por el pensamiento subjetivo.
2) Que cuando nos sacan de estos patrones mayoritarios y nos plantean situaciones alejadas de ellos, tendemos a creer que son extravagantes (cosa de “locos”), aunque en realidad sean simples construcciones racionales que pudieran darse como una alternativa al modelo tradicional y usualmente utilizado por nosotros mismos y nuestro entorno, y por tanto, aun siendo extrañas y extravagantes, no tengan nada de irracionalidad-
3) Que, para llegar al fondo de los temas, es necesario destruir mentalmente toda la estructura cultural construida socialmente, y a partir de ahí analizar las cosas desde la racionalidad, y ver las diferentes alternativas en equidad moral, lo cual implica que no se elaboren juicios morales sobre ninguna de ellas, no al menos tomando el modelo tradicional como referente.
4) Que puede existir el amor sin atracción sexual. Y es que, en este tipo de relaciones multilaterales lo que primaría sería el sentimiento mutuo de amor que se tendrían todos los integrantes, sin que ello implique que tengan que mantener relaciones sexuales entre todos ellos. Es decir, que los integrantes de la relación no tienen porque sentirse atraídos sexualmente por todos los otros integrantes, y no por ello esto tiene que suponer un problema para la relación común. Ahora bien, también podría darse el caso en que existiera atracción sexual entre todos ellos, que todos mantuvieran relaciones sexuales con todos, y que lo hicieran bien en relaciones de pareja o bien orgías o relaciones múltiples. Si esto ocurriese, entonces, imagínense, este tipo de uniones amorosas serían consideradas por los católicos como la versión familiar de Sodoma y Gomorra, y con ello se arrastraría a un amplio sector de la población a pensar de manera semejante. Solo en el caso de haberse dado el paso expuesto en el punto tres la cosa podría ser diferente.
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15 Agosto 2006
Al hombre se le pusieron muchas cadenas, a fin de que olvidase comportarse como un animal: y verdaderamente él se ha vuelto más apacible, espiritual, alegre y sensato que todos los animales. Pero ahora sufre por el hecho de haber llevado cadenas tanto tiempo, y por haberle faltado por tanto tiempo el aire sano y el libre movimiento; pero estas cadenas son, lo repetiré una vez más, los errores graves y a la vez sensatos de las ideas morales, religiosas y metafísicas. Sólo cuando la enfermedad de las cadenas sea superada, la primera gran meta será alcanzada verdaderamente: la separación del hombre de los animales, [...]
Friedrich Nietzsche (El caminante y su sombra, 850)
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15 Agosto 2006
Dicen por ahí que el ser humano comienza verdaderamente a apreciar su vida cuando ve cercana la muerte. Gran verdad. Aún así, no es la cercanía de la muerte en sí misma lo que da valor a la vida, es, muy al contrario, el final de la vida lo que resta valor a la muerte. Miedo tiene, sin duda, el ser vital de perderse en las tinieblas de lo desconocido, pero no le falta valor al ser perdido, al moribundo, al que se quedó sin argumentos para seguir adelante, para entregarse en cuerpo y alma a los abismos del qué vendrá. Entre la vida y la muerte hay un vínculo demasiado fuerte como para entender la una sin la existencia de la otra.
Vivir es la única manera de encontrar excusas para justificar los errores del pasado, el único camino para corregirlos. Morir es la mejor manera para hacer –dejar de hacer- justamente lo contrario. Cuando el horizonte se vislumbra apesadumbrado por la niebla, cuando se ve el futuro limitado por una barrera infranqueable o destinado a no llegar a ningún sitio donde no se haya estado antes ya, vivir se convierte en un sin sentido que nos quita de un plumazo todo miedo a la muerte. El anciano satisfecho, el enfermo terminal, el sabio iluminado, personas todas ellas que ven en la muerte el placentero final de un viaje por un mundo de deseos, necesidades y aspiraciones que no va más allá de la frontera del tiempo subjetivado. Uno nace, crece, vive y el tiempo siempre está ahí. Te controla, te amenaza, te recuerda lo poca cosa que eres. Un día, otro y otro, siempre con sus horas, sus minutos y sus segundos, siempre atándote a una realidad de la que no puedes escapar. Solo cuando nos perdemos en el mar de nuestros pensamientos podemos sentirnos liberados de las cadenas del tiempo. Una mera ilusión, una pura apariencia, un pequeño engaño de la mente que nos ayuda a desahogarnos de las ataduras del reloj. Pero todo lo nacido tiene un final. Desde la más longeva de las galaxias al más breve de los susurros, no existe elemento material alguno capaz de vivir eternamente. El envejecimiento, pues, nos hace uno con el universo material, y nada de lo vivo que existe en el universo teme a la muerte, al menos nos conscientemente. Esa es una de nuestras grandes condenas. Luchar por sobrevivir no lleva implícito temor alguno a muerte, más bien es una superación instintiva del temor, hasta evolucionar a una especie de envalentonamiento vital que da sentido a la existencia del ser vivo. La vida es el único sentido de la existencia, existir es vivir, vivir es prepararte para saber afrontar racionalmente el momento en que de debas superar el miedo a la muerte.
Sin duda, y esto es algo que nunca podremos hacer lo suficiente, debemos agradecer a nuestras madres que nos hayan dado la vida, pues teniendo la opción de haber abortado, la posibilidad de no haber permitido nuestra existencia, no lo hicieron. Somos seres tan frágiles, que toda nuestra existencia pende constantemente de un hilo, desde que somos un gameto, hasta que definitivamente damos el último suspiro. Estamos aquí, ahora, pero perfectamente podríamos no haberlo estado, o dejar de estarlo en el instante siguiente, y todo seguiría su curso sin que nuestra inexistencia tenga la menor importancia. La vida es una casualidad del destino, una oportunidad única que no siempre sabemos aprovechar como es debido. Uno nace, crece, y a su alrededor crea un mundo de relaciones que lo sustentan sobre la faz de la tierra, pero, al fin y al cabo, no tiene la menor importancia de cara al devenir global del universo. O al menos, eso parece. No elegimos a nuestros padres, ni ellos nos eligen a nosotros. No elegimos el lugar donde debemos pasar nuestra infancia, no elegimos nuestro aspecto, no elegimos la cultura que vamos a mamar como cachorros sedientos de conocimientos. Todo lo que creemos que es más propiamente nuestro, no es más que una mera casualidad del destino, un número de una rifa que nos dan, y que puede, o no, llevar premio. Pero la verdad es inapelable: Nacemos cuando podíamos no haber nacido, tenemos una familia que no hemos elegido, vivimos nuestra infancia en una ciudad que no hemos pedido en ninguna agencia de viajes, y somos tal y como el capricho de nuestros genes ha querido hacernos. Nos puede gustar más o menos lo que somos y tenemos en la infancia, pero no lo hemos elegido. Realmente somos esclavos de nosotros mismos, esclavos de nuestro lugar en el mundo, esclavos del número en la rifa que nos dieron al salir del vientre de nuestra madre. Por eso, resulta altamente curioso que los seres humanos dediquemos largas horas a reflexionar sobre los efectos que nuestra muerte pudiera tener para con las personas que nos rodean, y que, sin embargo, pocas veces pensemos en los efectos que nuestra no existencia, nuestro no nacimiento, hubiera tenido sobre ellos. Son tantas las personas que, de una u otra manera, se hubieran visto afectadas, que deberíamos hacerlo con asiduidad, fundamentalmente para combatir nuestro egoísmo. No solo hubiera afectado a nuestros familiares más directos, que probablemente hubieran seguido tranquilamente su vida sin más secuelas que el triste recuerdo de la muerte de un ser que iba a ser pero no fue -A instancias morales o legales puede que el feto se considere ya en sí mismo una persona, pero a instancias sentimentales perder un hijo antes del nacimiento nunca será igual de doloroso que hacerlo después de haberle visto llorar y sonreír en tus brazos-, si no que es algo que va mucho más allá. ¿Cuantas de las personas que te has cruzado en la vida se hubieran visto afectadas? Todas, sin duda, todas. Desde esa mujer que te cruzaste en la cola del supermercado, hasta tus amigos más íntimos, aunque no se puedan comparar unos casos con otros. Esa mujer del supermercado, que, seguramente, ni siquiera te recuerde, tendría una vida exactamente igual a la que ahora tiene, tu inexistencia tendría para con ella el mismo efecto que tendría tu no presencia ese día en la cola del supermercado. Sin embargo para tus amigos, para tus allegados más próximos, los efectos van mucho más allá. De no haber existido tú, ellos tendrían una vida, si no totalmente diferente, al menos sí distinta de la que tienen en la actualidad. En cada parte de su existencia donde apareces tú, habría una vacío, y todo lo en lo que tu compañía les haya podido afectar no existiría. Imagina, por ejemplo, a ese amigo al que le diste un consejo que le sirvió para progresar en la vida, de no haber nacido tú, igual ahora sería más desgraciado. O al revés, imagina esa persona a la que has hecho daño, quizás ahora sería más feliz si tú no hubieras nacido. Así pues, a pesar de que nos empeñamos en no mirar más allá de nuestro ombligo, lo cierto es que uno existe no solo para sí mismo, si no que vive siempre en correlación con los demás, y eso le da a nuestra persona un valor suplementario que en sí misma no posee, un valor que lo hace necesario dentro de la casualidad a la que va sujeta la existencia de nuestro ser. Pudiste no haber nacido, pero naciste, pudiste no haber existido, pero existes, y con ello te acabas convirtiendo en una pieza más en la existencia de muchas personas, que han construido su vida en relación con la propia construcción que tú has hecho de la tuya.
Así que no somos tan insignificantes como pudiera parecer: puede que al Universo no le importe tu existencia, pero hay miles, millones de personas en la tierra que pueden salir beneficiados o perjudicados con ella. Por eso es tan importante desarrollar unos valores que nos hagan mejor persona. Y ser mejor persona, lejos de serlo para uno mismo, se traduce en ser para los demás, en ser para hacer más felices a los demás, o, cuando menos, en ser para no hacer infeliz al prójimo con nuestro egoísmo. El problema es que nos dejamos arrastrar por las circunstancias, nos acomodamos en nuestro mundo de cristal, y la mayoría de veces preferimos dejar a los demás que elijan por nosotros antes que tener que ponernos nosotros a elegir. Y los demás son muchos, demasiados para elegir por nosotros, con lo cual al final acabamos por elegir mal, y acabamos por escoger el camino del egoísmo. Además, uno no siempre es consciente de esta situación. A veces creemos que estamos siendo libres a la hora de elegir, y sin embargo estamos haciendo todo lo contrario. Solemos entregar nuestra libertad en bandeja de plata, y lo peor de todo es que creemos poder hacerlo sin renunciar a ella. Gran error. Cuando convertimos nuestra vida en un medio para conseguir un fin, y nos olvidamos de que ella es un fin en sí mismo, estamos enterrando nuestra libertad. A partir de ese momento seremos esclavos de nuestros fines, sin ser jamás un fin en sí mismos. Y es entonces cuando dejamos que el egoísmo nos dominé, cuando el yo es infinitamente más importantes que el tu, cuando habremos renunciado a ser personas dignas. De aquí se deduce, que si hiciéramos un uso adecuado de nuestra racionalidad, no tardaríamos mucho en darnos cuenta que no podemos vivir condicionados por los fines, si no que tenemos que condicionar nosotros mismos a los fines, tenemos que aprender a adecuar la vida a la existencia común de la humanidad, y a partir de ahí dar razones a nuestra individualidad para que pueda auto realizarse. Lo primero que deberíamos hacer, consecuentemente, es elaborar un código ético que nos ayude a la hora de tomar decisiones. Un código ético que aspire a la universalidad, y en cuya finalidad vaya impresa por igual la superación personal y el progreso colectivo. Un buen camino para la autorrealización del yo puede desarrollarse sobre una buena base si somos capaces de aprender a situar cada aspiración de la vida en su lugar correspondiente, dando a cada cosa el valor que le pertenece. La familia, el amor, la realización intelectual, la satisfacción laboral, la amistad, el amor propio, son algunos de los aspectos verdaderamente importantes de la existencia, todo lo demás ha de estar siempre en un segundo plano. Cuando nos olvidamos de nosotros mismos, cuando hacemos de nuestra vida un puente para cruzar hacia un mundo que no reside dentro de nuestra alma, cuando nos dejamos llevar por la ilusión de la riqueza o el poder, nos convertimos en peores personas, en seres vacíos que tienen poco o nada que aportar a los demás. Por supuesto que es legítimo y adecuado aspirar a ser rico o famoso, a tener poder o a ser una persona socialmente reconocida, pero esto nunca se debe hacer a costa de renunciar a nosotros mismos, nunca a costa de vender nuestra alma al diablo. Que todo ello sea una meta a la que uno llegue haciendo de su vida un fin en sí mismo, pero jamás usando, sacrificando su propia vida para alcanzarla, aun a pesar de dejarse en el camino su propia felicidad o, lo que es más importante, su dignidad. Ser digno es ser buena persona, ser digno es pensar con el corazón y con la cabeza, no con el corazón para la cabeza. Al final de la vida solo nos quedará eso: nuestra dignidad. El fin no justifica los medios. Aun con la vista puesta en el horizonte, debemos ser capaces de llevar una existencia lo más digna posible en el día a día. Respetar para ser respetados. Escuchar para ser escuchados. Desarrollar nuestra empatía para ser cada vez más condescendientes con nosotros mismos y con los demás.
La existencia solo toma sentido a través de su vinculación con el futuro, y es este mismo futuro el que ratifica a posteriori el sentido de la existencia presente. Sin dejar de lado en ningún momento nuestra subjetividad, la base de nuestra existencia se desarrolla en nuestra interacción con el entorno. Somos seres sociales que necesitamos del entorno para poder sobrevivir. Nadie, absolutamente nadie, puede vivir de forma completamente independiente. Podremos ser personas más o menos solitarias, más o menos independientes, pero todos necesitamos de los demás, necesitamos del entorno y vivimos en relación con ellos y con ello. Ninguno de nosotros es un ser auto suficiente. Hasta los ermitaños dependen de los frutos de la naturaleza para subsistir. En una sociedad como la nuestra, desarrollada sobre los beneficios propios del trabajo y el consumo, el nexo de unos humanos con otros se ve mucho más acentuado. Todo aquello que produzco con mi trabajo tiene como destino servir a otros individuos. Todo aquello que consumo proviene del trabajo de otros individuos. ¿Cómo creerme entonces un ser independiente? No, no lo soy. Soy un ser subjetivo pero dependiente, una existencia individual pero condicionada por el entorno. Entonces ¿Por qué separar mi existencia de la existencia del prójimo?, ¿por qué no sentirme también responsable de sus fallos y sus aciertos? Al nacer, el ser humano empieza a forjarse así mismo, pero en estos primeros instantes de la vida uno no es nada sin la ayuda de sus coetáneos. Necesita de un pecho que le dé de comer y de una mano que le proteja. Es cierto que cada hombre se hace así mismo, pero lo es también que uno no puede hacerse distinto a como desde su marco cultural se le inculca. No hay mayor idiota que el que se cree diferente. Somos libres para elegir nuestro camino, pero somos esclavos de nuestro entorno y, fundamentalmente, esclavos de nuestras necesidades, las biológicas y las sociales. La sociedad es una cárcel para nuestra libertad, en tanto y cuanto condiciona nuestra formación y se hace coparticipe del efecto de nuestras decisiones. Todo lo que yo haga tendrá un reflejo en mi entorno, todo cuanto yo decida tendrá consecuencias para aquello que me rodea. No puedo ejercer en plenitud mi libertad pues mis decisiones se verán condicionadas por el efecto que puedan tener a mí alrededor. ¿Quién es aquel capaz de abstraerse por completo a los efectos de sus acciones en el mundo que le da cabida?
También se que mi existencia implica ser dueño de mi propia vida. Pero, ¿qué es entonces la vida? La vida puede ser muchas cosas, aunque reducida a sus elementos más básicos, aquellos que se reflejan continuamente en nuestra existencia mundana, podemos decir que la vida es un continuo instante de dos caras: una continua duda y una continua toma de resoluciones, en eso consiste nuestra libertad. Vivimos en un constante interrogante existencial, en una perpetua pregunta que debemos responder sin más remedio. Constantemente estamos eligiendo nuestra vida, el qué hacer frente al que no hacer. Hagamos lo que hagamos siempre habrá otras cosas que podríamos hacer en ese mismo momento y que libremente hemos decidido no hacer. Me levanto cuando podría quedarme acostado, voy a trabajar cuando podría irme a cualquier otro lugar, veo la televisión cuando podría leer un libro, me acuesto cuando podría quedarme despierto hasta el día siguiente. Al final, se mire como se mire, siempre hacemos algo que libremente escogemos frente el resto de infinitas posibilidades que podríamos hacer también en ese mismo momento. Las necesidades biológicas nos condicionan, las necesidades sociales también, pero nuestra voluntad siempre prevalece sobre todo lo demás. Sé que si no como moriré de inanición, que si no duermo caeré rendido, que si no voy a trabajar perderé mi empleo, que si no acudo a una cita enfadaré a quien me espere, pero nada de esto impide que, mientras la consciencia habite en mí, siempre tenga la opción de hacer algo diferente a lo que las necesidades me induzcan a hacer. No comer y morir de hambre, o no ir a trabajar y perder mi empleo, también son opciones que libremente puedo elegir. Así pues, la vida es una constante elección, una elección libre, una libertad condicionada por las necesidades y determinada por la razón.
Hasta los instintos más primarios pueden ser racionalizados. Comer, beber, dormir, una serie de condicionantes de cuya satisfacción depende nuestra supervivencia, y de cuya insatisfacción se desprende un malestar físico que nos avisa de ello. Si no hiciéramos caso de estos avisos biológicos nuestros minutos sobre la tierra estarían contados. Pero, a diferencia de los animales, en el ser humano racional, no es el instinto biológico lo que nos conduce en última instancia a satisfacerlos, si no la razón. Es la razón la que nos dice que debemos actuar de una manera determinada por el bien de nuestra supervivencia. Pero siempre tenemos la posibilidad de actuar contra los instintos biológicos, y hacerlo también sería algo racional. Racional en el sentido de poder elegir. La razón es elección, la razón no es ni el sí ni el no, la razón es la duda misma. Quien hace huelga de hambre muere de inanición por una decisión libre nacida de su racionalidad. Ningún animal podría morir de hambre teniendo cerca alimento a su disposición. Rechazar el sueño nos puede llevar a la perdida de consciencia e incluso a la muerte, pero mientras somos seres conscientes siempre podremos optar por ello.
En el caso de las necesidades sociales, donde no existe mayor condicionante que la obligación personal, donde no hay estímulos físicos que nos avisen de su presencia, la razón es el absoluto que nos guía en su cumplimiento. Sé que si no voy a trabajar perderé el trabajo, y sé que si pierdo el trabajo no tendré medios económicos para llevar una vida como la que acostumbro, e incluso podría llegar al extremo de no tener para comer y morir por ello de inanición. Por eso tengo la obligación moral de acudir diariamente al lugar donde presto mis servicios profesionales. Pero si no quisiera ir, también podría hacerlo, simplemente tendría posteriormente que atenerme a las repercusiones y consecuencias que esa acción libre conlleve. Pero la razón, la libertad, no solo está condicionada por las necesidades. Si hemos dicho que la razón es la duda en sí misma, la capacidad para poder elegir entre diversas alternativas, el mayor condicionante que puede tener la razón para realizar su tarea es la posibilidad, o no, de realizar las diferentes alternativas. Quien tiene comida a su alcance es libre para tomarla o rechazarla, pero quien tiene hambre y deseos de comer, solo podrá ejercer su libertad si tiene alimento cerca. Quien tiene hambre es libre para elegir sí desea seguir teniéndola o sí, por el contrario, prefiere comer y acabar con ella. Pero solo en caso de tener comida cerca podrá ejercer verdaderamente su libertad. Una elección solo podrá ser verdaderamente libre en el caso de que todas las opciones potencialmente elegibles puedan ser realizadas. En caso contrario, la elección racional estará cohibida por las alternativas ausentes. Ser libre implica poder elegir, pero no implica, ni mucho menos, poder realizar satisfactoriamente la elección. Para ello es obligada la posibilidad de satisfacción de todas las alternativas. Un pregunta de un examen tipo test nunca podrá venir sin la respuesta verdadera entre las diferentes alternativas dadas para su respuesta, de lo contrario, el desconocimiento de la opción adecuada nos condenaría al error, sin que ello se pueda considerar una opción libre y justificada. Así pues, la vida es una constante elección, una constante resolución de alternativas, pero estas alternativas no siempre son las suficientes como para poder ejercer plenamente nuestra libertad. Somos libres para poder elegir, sí, pero somos esclavos de nuestra razón: esclavos de nuestras necesidades, esclavos de nuestros conocimientos y esclavos del entorno donde debemos amparar la realización de las diferentes alternativas planteadas por la vida.
Somos libres y podemos elegir siempre, pero hay una cosa de la que no podremos escapar jamás, por mucho que deseemos elegir lo contrario: la muerte. Mientras estamos vivos todo puede estar sujeto a cambios, por muy extraño e imposible que pueda parecer un cambio, siempre existe la posibilidad de que se de, aunque materialmente sea imposible e irrealizable. En eso consiste la esperanza y sobre esa base se ha construido la fe de los hombres en el futuro. Pero la muerte es el final del camino, la muerte es el no va más, la muerte es tanto la mutabilidad del ser al no ser, como la inmutabilidad del ser que fue pero ya no es, no al menos como antes era. También sobre el combate a esta base se ha construido la fe de los hombres en el más allá. Aferrados a la idea del cambio siempre posible en vida, imaginamos cambios posibles tras la muerte, no nos conformamos con anclarnos a la versión materialista del fin del trayecto. El cambio es algo tan nuestro y tan propio en vida, que nos cuesta creer que llegue un momento en que deje de ser posible para convertirse en inmutable. Inmutable en el sentido de cambiar por última vez con el paso del ser al no ser, de la vida a la muerte. No existen indicios para creer que así sea, ni argumentos suficientes para creer racionalmente en lo contrario, pero tradicionalmente nos gustó creer que la muerte no era el final del camino, hasta que llegaron los materialistas a despertarnos de nuestra ilusión. Y buena parte de ello, buena muestra de que han triunfado en su intento, se refleja en el trato que damos a la muerte en nuestra actual sociedad. La apartamos de nuestras vidas, la empujamos al cajón del olvido, la sacamos de muestra mente como si fuera algo de lo que debemos temer en todo momento. La muerte es uno de los grandes tabúes de nuestros días, un tema siempre prohibido en las mesas de comidas familiares. Hemos renunciado tanto a ella, que la hemos encerrado en lugares muy concretos de nuestros pueblos y ciudades. En los cementerios –para honrarla- y en ciertas salas de los hospitales –para alejarla-. En las funerarias –para negociar con ella- y en pocos sitios más –para no verla demasiado-. No queremos mirarla a la cara, ni hablar con ella de tu a tu, la tememos tanto que la hemos convertido en una gran desconocida. Desconocemos sus entresijos, desconocemos sus caminos, desconocemos tanto de ella que la hemos tenido que disfrazar con una túnica negra y una guadaña para reconocerla en nuestros sueños, para encuadrarla en el simbolismo de nuestra mente. Pero ella, lejos de atragantarse con nuestro trato, se mueve en él como pez en el agua. Sus efectos devastadores se multiplican por mucho en este océano de desconocimiento y rechazo hacia ella. Si ya de por sí genera sufrimiento, ahora genera mucho más sufrimiento. Si ya de por sí genera dolor, ahora genera mucho más dolor. Si ya de por sí es de difícil comprensión, ahora es mucho más difícil comprenderla. Y si ya de por sí es de difícil aceptación, ahora es mucho más complicado aceptarla. Y ahí está la clave de todo lo demás. Que no la queremos aceptar como algo inevitable, que seguimos empeñados en creer que existe la remota posibilidad de esquivarla. Creemos que no llegará, hasta que llega. No nos preparamos para morir, ni si quiera nos preparamos para ver morir a los demás, y eso al final nos acaba pasando factura. Por eso que cuando somos realmente conscientes de que estamos cerca de ella, sea cuando demos más valor a nuestras vidas. En otras sociedades se preparan para morir, y con ello revalorizan lo que hacen en vida. Un budista no teme a la muerte porque sabe que la muerte es algo tan suyo como la propia vida, no la rechaza, tampoco la busca, simplemente la espera mientras se prepara para recibirla. Pero nosotros no, nosotros estamos empeñados en jugar con ella al escondite hasta que finalmente nos descubre por sorpresa. Nosotros nos hemos acostumbrado a dejar a la muerte fuera de la vida, y por ahí, por ese camino, no hacemos si no dejar de valorar la vida en la medida apropiada que se merece.
La vida y la muerte: tan cerca que no se ven nunca, tan lejos que ni se sienten hermanas. Gran error.
Pedro Antonio Honrubia Hurtado
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15 Agosto 2006
¿Somos realmente libres para elegir o estamos determinados por la voluntad del destino, Dios, la naturaleza o cualquier otra cosa que maneje a su antojo nuestra voluntad?
"la vida es un continuo instante de dos caras: una eterna duda y una eterna toma de resoluciones"
Ciertamente esta es una de esas eternas preguntas que con periódica regularidad se han repetido en la mente de todos y cada uno de los filósofos de la historia de la humanidad. Sobre este tema se han escrito multitud de ensayos, novelas y artículos, se han explorado los argumentos más diversos y se ha expuesto las conclusiones más variopintas.
Ojeando un poco las distintas corrientes filosóficas, sobresalen tres posturas fundamentales que tratan de esclarecer cómo en un mundo sujeto a relaciones de causa - efecto, existe la libertad. Dichas posiciones son las siguientes: un determinismo absoluto, un libertarismo absoluto y por último, un determinismo compatible con cierta libertad.
El determinismo absoluto afirma que si la conducta del hombre se halla determinada, no cabe hablar de libertad. El hecho de que la decisión para realizar una conducta sea el efecto de una causa, significaría que tal decisión no es libre. Por lo tanto, para esta corriente la elección libre se revela como una ilusión, ya que en verdad no hay tal libertad de voluntad. En pocas palabras, no soy yo quien elige propiamente, sino que son las causas las que eligen por mí.
Luego, frente al determinismo absoluto que niega la existencia de la libertad, se levanta una postura contraria denominada libertarismo, la cual prescribe que ser libre significa elegir y actuar de la forma que se quiera, es decir, poder comportarse de manera distinta de cómo se ha hecho si así se hubiese querido o elegido. Ello significa que se tiene una libertad de decisión y de acción que escapa a toda determinación causal.
Existe una postura intermedia, una posición que deja al margen los extremos y que mas allá de postulados incompatibles entre libertad y causa, concilia a ambas, es decir, se reconoce que la conducta del hombre se encuentra determinada, pero que dicha determinación, más que impedir la libertad, es la condición necesaria para ella. Esta última postura distingue entre determinismo universal, el cual reconoce y acepta, y determinismo absoluto, el cual objeta, dado que niega la libertad humana, la cual presupone la existencia de varias formas posibles de comportamiento y la posibilidad de decidir libremente entre cualesquiera de ellas.
Pues bien, es con esta última posición, sin duda, con la que más identificado me encuentro. Mi opinión es que el hombre nace libre y está capacitado para elegir libremente, esto es cierto. Sin embargo, como ser social que es, ve culturalmente delimitada su toma de decisiones.
Que es libre, quizás no pueda ser demostrado más que por la propia evidencia de que lo es, por el propio acto de pensar y la innata capacidad que cada uno de nosotros posee para elegir entre posibles alternativas diferenciadas. Y como bien se habla en la espistemología actaul: la evidencia no necesita ser demostrada.
Que está culturalmente delimitado se demuestra en la manera que nos es inherente a la hora de tomar una decisión determinada: El tomar una decisión supone escoger de entre todas las alternativas posibles aquella que más nos interese o que más adecuada nos parezca para la ocasión. La limitación cultural se demuestra si tenemos en cuenta que para poder elegir una opción previamente hemos de conocerla. El marco cultural nos dota de la posibilidad de acceder a un número determinado de conocimientos, a la vez que nos impide llegar a otro número determinado de ellos. Aun cuando el ser humano sigue siendo libre para elegir, solo podrá elegir entre aquellas alternativas que conozca y se le planteen como tales. En la teoría siempre podremos hacer otra cosa distinta a la solución que tomemos ante una duda concreta, pero solo podremos hacerla, en la práctica, en caso de conocerla. No conocer una alternativa no implica su no existencia, tan solo implica su no posibilidad de realización por parte del sujeto que la desconoce. Si alguien me plantea una pregunta y me da mil respuestas distintas entre las que poder optar, pero ninguna de ellas la respuesta acertada, haga lo que haga, tome la decisión que tome, siempre estaré cometiendo un error. Esto no implica que no exista la posibilidad real de aportar la solución acertada, lo que conlleva es que ante mi desconocimiento, soy libre para elegir, pero estoy causalmente determinado a equivocarme.
Si llevamos este razonamiento del campo de la elección pura y dura, al campo de su aplicación práctica en el comportamiento humano, viene a demostrar que un hombre siempre puede optar por actuar de manera distinta a la actitud tomada en un determinado momento, pero que simultáneamente se ve condicionado por ciertas causas culturales que nacen de sus propios conocimientos, o, más concretamente, de su ignorancia. Para poder elegir con total libertad, el sujeto en cuestión debería partir de un conocimiento cero o un conocimiento absoluto, y esto, evidentemente, es imposible.
Por eso dijimos antes que la vida no es más que un continuo instante de dos caras, una eterna duda y una eterna toma de resoluciones. Somos libres porque dudamos y ante tal duda estamos capacitados para elegir. En todo momento, ante toda situación, a lo largo de toda nuestra vida consciente, nos vemos en un proceso constante de pensamiento que implica una duda y una toma de posición. Cuando me levanto y voy al cuarto de baño en lugar de hacer cualquier otra cosa, cuando salgo a la calle y voy sentarme al banco del parque en vez de ir al banco a sacar dinero, cuando me acuesto a una hora determinada en lugar de hacerlo unos segundos más tarde, en todo momento, aun sin saberlo, estoy tomando una decisión libre que se contrapone a otras que también podría tomar o estar tomando en ese mismo momento. No hace falta ser consciente de una duda para tomar una decisión. No hace falta que yo me pregunte qué quiero hacer nada más levantarme, para ir al cuarto de baño en lugar de irme al salón a ver la televisión, la toma de resoluciones simplemente esta ahí, reside en la capacidad de poder hacer varias cosas en un mismo momento, y tener que optar por una de ellas. Solo cuando morimos dejamos de dudar y tomar resoluciones. La existencia consciente, el estar despierto, implica el uso de los sentidos, el ver, el oír, el tocar, el oler y el saborear. Pero, ¿por qué tengo los ojos abiertos en lugar de mantenerlos voluntariamente cerrados?, ¿por qué oigo el ruido del mundo en lugar de tapar mis oídos con unos tapones? Aun cuando vemos, cuando oímos, es decir cuando usamos nuestros sentidos más básicos, estamos siendo presos de una elección. Opto por ver, y no por cerrar los ojos y no ver, aunque también podría hacerlo. Opto por oír y no por taponar mis oídos y no oír, aunque también podría hacerlo. Por tanto, opto, tomo una decisión libre y voluntaria. En todo momento opto.
La duda es, en última instancia, el elemento más característico y propio del intelecto humano. Sin duda no hay razón, sin razón no hay libertad. La duda es el origen de la libertad, así como también la madre de la responsabilidad. Soy libre porque puedo dudar, y soy responsable porque soy libre. Uno solo deja de ser parcialmente responsable de sus acciones cuando ve cohibida su libertad por fuerzas externas a su propia subjetividad que le limitan y le condicionan las opciones de su elección, es decir cuando es victima de una imposición externa. Volviendo al ejemplo anterior de la pregunta con mil respuestas erróneas dadas, el sujeto que responde dejaría de ser parcialmente responsable de su error, pues este ya le viene dado desde una imposición exterior que no le permitió optar por la respuesta verdadera. Pero ni aun así deja de ser libre y potencialmente capacitado para dudar. En última instancia el ser humano siempre es libre de tomar una decisión diferente a la que esta tomando en un momento determinado, por mucho que esa otra opción implique un daño para con su propia persona o incluso la muerte. Si alguien me pone una pistola en la cabeza y me dice: “dame el dinero o te mato”, lo más lógico es que le de todo cuanto tenga por seguridad, sin embargo, aun cuando esto pueda tener unos efectos muy negativos para con mi propia vida, siempre tengo la opción de optar por la alternativa opuesta, es decir, por no darle el dinero. Esto vuelve a demostrar cuan determinada esta nuestra elección por causas externas a la decisión en sí misma. También demuestra que la opción de aplicar la duda siempre esta ahí, que no dejará de acompañarnos hasta el fin de nuestra existencia, hasta el día de nuestra muerte. Pero, ¿de dónde proviene esta duda que nos permite elegir y nos hace libres?
La respuesta la podemos encontrar en este mismo libro, concretamente en el capítulo sexto. En él se afirma que la duda es la cualidad existencial que permite al hombre la formación y funcionamiento del pensamiento racional. Su acción se refleja a través de la capacidad que tiene el ser humano para elegir entre diversas ideas contradictorias. Es la fuente de la que bebe la razón, permitiéndole la formación de la mente, y en última instancia es el elemento característico por excelencia del ser humano. En ella nos basamos para alcanzar respuestas, realizar juicios y emitir razonamientos. Allí se dice también algo que ahora cobra todo su significado: La duda es la característica existencial que dota al hombre de libertad.
La duda permite al hombre volver a replantearse los juicios emitidos en el pasado, aunque dichos juicios hubieran tenido un resultado favorable, algo que nos diferencia por igual del resto de animales existentes sobre la faz de la tierra (ya saben....el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra). La duda tiene una procedencia divina, por tanto, nuestra libertad es fruto de la acción de “la mente originaria”. Para justificar esta procedencia divina se decía que tan solo tenemos que analizar detalladamente sus propias características existenciales. La existencia de la duda no ha podido ser algo que nazca en el exterior del ser humano, pues el exterior no duda, el exterior acepta la realidad tal y como la ve o la siente (un perro, un árbol o un planeta no se cuestionan si lo que les rodea es real o no). Por tanto, del exterior no es posible que el ser humano halla podido adquirir su capacidad de duda. El interior, el pensamiento, su formación y funcionamiento esta totalmente vinculado a la existencia de la duda que lo domina y dirige, permitiendo su aparición y normal funcionamiento, pues sin la existencia de la duda sería imposible la aparición del pensamiento racional característico de nuestra especie. Consecuentemente, la duda es una capacidad del ser humano que tampoco puede haber nacido en su interior, ya que es la propia duda la que permite la aparición del mundo interior, pues sin la existencia de esta no se podría formar el pensamiento, de igual forma que le ocurre al resto de los elemento de los que se compone el universo conocido que carecen de la misma, y por ende de inexistencia de pensamiento. Por tanto, la duda es una capacidad innata del ser humano, que algo debe de haber puesto ahí, en su naturaleza existencial pues es imposible pueda haber provenido del exterior o nacido en nuestro interior. Ese algo no puede ser otra cosa sino DIOS creador, y esto es así, pues la duda es un reflejo directo en nuestra esencia individualizada de la contradicción existente entre las ideas falsas(mundo psíquico) y las ideas verdaderas(universo físico) que en un primer momento produjo la descomposición de la mente originaria, y ,por ende, el inicio del ciclo eterno del universo, para con el que la existencia libre del hombre viene a ser una necesidad. Somos libres porque dudamos y dudamos porque existe una necesidad metafísica existencial en el universo de que seamos libres. Solo desde nuestra libertad podemos formar nuestros pensamientos, y solo desde nuestra libertad cumplimos nuestra responsabilidad para con “la mente originaria”.
Y como somos libres, somos también responsables de nuestras acciones. Tanto de las que llevamos a cabo, como de las que dejamos de hacer. Como ya he dicho, nuestra libertad se ve condicionada por nuestro entorno cultural y nuestro conocimiento, pero evidentemente se ve también condicionada por nuestro propio cuerpo biológico. ¿Puede un ciego optar por ver o no ver aquello que le rodea?. Rotundamente No. Por tanto, ante el acto de procesar información sensorial, el hombre no es libre si esta desprovisto de sus capacidades biológicas. Pero, al margen de estas imposiciones biológicas, que delimitan nuestra capacidad real para poder llevar acabo una acción distinta a la que en un momento determinado estamos llevando a cabo (entendiendo el no ver como una acción en sí misma y no como una negación de la acción de ver, pues el que ve sí tiene la posibilidad de llevar a cabo la acción de no ver simplemente con cerrar los ojos), el hombre, aun cuando no deja de ser libre, es esclavo de sus necesidades, tanto las biológicas como las sociales. Las necesidades limitan más que ninguna otra cosa la libertad del hombre. Si queremos sobrevivir hemos de satisfacer nuestras necesidades básicas(comer, beber, etc.), aun cuando podríamos optar por no satisfacerlas y morir (quien realiza una huelga de hambre, por ejemplo), pero nuestra elección esta sujeta a un instinto de supervivencia que cohíbe nuestra libertad real. Además todas nuestras decisiones sociales están condicionadas por nuestras necesidades como seres sociales. Vivimos siempre pendientes de la satisfacción de estas, y nos movemos en la vida impulsados por el efecto que estas tienen en nuestra conciencia. Hacemos determinadas cosas, y no otras, buscando la satisfacción de nuestras necesidades como miembros de la sociedad, y es la propia sociedad la que nos marca el camino que debemos seguir si queremos satisfacerlas de manera adecuada. En definitiva, somos seres sociales y como tales, estamos delimitados por las necesidades sociales que nos vienen impuestas en la cultura y la socialización que aprendemos en nuestro proceso de desarrollo psicológico. Por tanto, podemos decir, a modo de resumen y sin miedo a equivocarnos, que somos libres para elegir, libres para decidir, pero somos esclavos de nosotros mismos: esclavos de nuestras necesidades, de nuestro conocimiento y de nuestro desarrollo psicológico.
(Extraido de mi segundo libro: "Análisis de la realidad y el sentido de la existencia humana")
Pedro Antonio Honrubia Hurtado
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15 Agosto 2006
¿«Voluntad de verdad» llamáis vosotros, sapientísimos, a lo que os impulsa y os pone ardorosos?
Voluntad de volver pensable todo lo que existe: ¡así llamo yo a vuestra voluntad!
Ante todo queréis hacer pensable todo lo que existe: pues dudáis, con justificada desconfianza, de que sea ya pensable.
¡Pero debe amoldarse y plegarse a vosotros! Así lo quiere vuestra voluntad. Debe volverse liso, y someterse al espíritu, como su espejo y su imagen reflejada.
Esa es toda vuestra voluntad, sapientísimos, una voluntad de poder; y ello aunque habléis del bien y del mal y de las valoraciones.
Queréis crear el mundo ante el que podéis arrodillamos: esa es vuestra última esperanza y vuestra última ebriedad.
Los no sabios, ciertamente, el pueblo - son como el río sobre el que avanza flotando una barca: y en la barca se asientan solemnes y embobadas las valoraciones.
Vuestra voluntad y vuestros valores, los habéis colocado sobre el río del devenir: lo que es creído por el pueblo como bueno y como malvado me revela a mí una vieja voluntad de poder.
Habéis sido vosotros, sapientísimos, quienes habéis colocado en esa barca a tales pasajeros y quienes les habéis dado pompa y orgullosos nombres, - ¡vosotros y vuestra voluntad dominadora!
Ahora el río lleva vuestra barca: tiene que llevarla. ¡Poco importa que la ola rota eche espuma y que colérica se oponga a la quilla!
No es el río vuestro peligro y el término de vuestro bien y vuestro mal, sapientísimos: sino aquella voluntad misma, la voluntad de poder, - la inexhausta y fecunda voluntad de vida.
Mas para que vosotros entendáis mi palabra acerca del bien y del mal: voy a deciros todavía mi palabra acerca de la vida y acerca de la especie de todo lo viviente.
Yo he seguido las huellas de lo vivo, he recorrido los caminos más grandes y los más pequeños, para conocer su especie.
Con centuplicado espejo he captado su mirada cuando tenía cerrada la boca: para que fuesen sus ojos los que me hablasen. Y sus ojos me han hablado.
Pero en todo lugar en que encontré seres vivientes oí hablar también de obediencia. Todo ser viviente es un ser obediente.
Y esto es lo segundo: Se le dan órdenes al que no sabe obedecerse a sí mismo. Así es la especie de los vivientes.
Pero esto es lo tercero que oí: Mandar es más difícil que obedecer. Y no sólo porque el que manda lleva el peso de todos los que obedecen, y ese peso fácilmente lo aplasta: -
Un ensayo y un riesgo advertí en todo mandar; y siempre que el ser vivo manda se arriesga a sí mismo al hacerlo.
Más aún, también cuando se manda a sí mismo tiene que expiar su mandar. Tiene que ser juez y vengador y víctima de su propia ley.
¡Cómo ocurre esto! me preguntaba. ¿Qué es lo que induce a lo viviente a obedecer y a mandar y a ejercer obediencia incluso cuando manda?
¡Escuchad, pues, mi palabra, sapientísimos! ¡Examinad seriamente si yo me he deslizado hasta el corazón de la vida y hasta las raíces de su corazón!
En todos los lugares donde encontré seres vivos encontré voluntad de poder; e incluso en la voluntad del que sirve encontré voluntad de ser señor.
A que sirva al más fuerte, a eso persuádele al más débil su voluntad, la cual quiere ser dueña de lo que es más débil todavía: a ese solo placer no le gusta renunciar.
¡Y así como lo más pequeño se entrega a lo más grande, para disfrutar de placer y poder sobre lo mínimo: así también lo máximo se entrega, y por amor al poder expone la vida.
Esta es la entrega de lo máximo, el ser temeridad y peligro y un juego de dados con la muerte.
Y donde hay inmolación y servicios y miradas de amor: allí hay también voluntad de ser señor. Por caminos tortuosos se desliza lo más débil hasta el castillo y hasta el corazón del más poderoso - y le roba poder.
Y este misterio me ha confiado la vida misma. «Mira, dijo, yo soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo.
En verdad, vosotros llamáis a esto voluntad de engendrar o instinto de finalidad, de algo mas alto, más lejano, más vario: pero todo eso es una única cosa y un único misterio.
Prefiero hundirme en mi ocaso y renunciar a esa única cosa; y, en verdad, donde hay ocaso y caer de hojas, mira, allí la vida se inmola a sí misma - ¡por el poder!
Pues yo tengo que ser lucha y devenir y finalidad y contradicción de las finafidades: ¡ay, quien adivina mi voluntad, ése adivina sin duda también por qué caminos torcidos tengo que caminar yo!
Sea cual sea lo que yo crea, y el modo como lo ame, - pronto tengo que ser adversario de ello y de mi amor: así lo quiere mi voluntad.
Y también tú, hombre del conocimiento, eras tan sólo un sendero y una huella de mi voluntad: ¡en verdad, mi voluntad de poder camina también con los pies de tu voluntad de verdad!
No ha dado ciertamente en el blanco de la verdad quien disparó hacia ella la frase de la voluntad de existencia ¡esa voluntad no - existe!
Pues lo que no es no puede querer; mas lo que está en la existencia, ¡cómo podría seguir queriendo la existencia!
Sólo donde hay vida hay también voluntad: pero no voluntad de vida, sino - así te lo enseño yo - ¡voluntad de poder!
Muchas cosas tiene el viviente en más alto aprecio que la vida misma; peroa; en el apreciar mismo habla - ¡la voluntad de poder!» -
Esto fue lo que en otro tiempo me enseñó la vida: y con ello os resuelvo yo sapientísimos, incluso el enigma de vuestro corazón.
En verdad, yo os digo: ¡Un bien y un mal que fuesen imperecederos - no existen! Por sí mismos deben una y otra vez superarse a sí mismos.
Con vuestros valores y vuestras palabras del bien y del mal ejercéis violencia, valoradores: y ése es vuestro oculto amor, y el brillo, el temblor y el desbordamiento de vuestra propia alma.
Pero una violencia más fuerte surge de vuestros valores, y una nueva superación: al chocar con ella se rompen el huevo y la cáscara.
Y quien tiene que ser un creador en el bien y en el mal: en verdad, ése tiene que ser antes un aniquilador y quebrantar valores.
Por eso el mal sumo forma parte de la bondad suma: mas ésta es la bondad creadora. -
Hablemos de esto, sapientísimos, aunque sea desagradable. Callar es peor; todas las verdades silenciadas se vuelven venenosas.
¡Y que caiga hecho pedazos todo lo que en nuestras verdades -pueda caer hecho pedazos! ¡Hay muchas casas que construir todavía!
Así habló Zaratustra.
Friedrich Nietzsche
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15 Agosto 2006
Son malos tiempos estos calurosos días de agosto para los, valga la redundancia, malos estudiantes. Entre vuelta y vuelta del ventilador, se abren apuntes y libros de texto ansiosos por ser retomados. Ganas no hay muchas la verdad, pero que remedio queda cuando en el horizonte está nuevamente el tener o no tener una beca para el año que viene -la cosa está jodida-. Y allí voy yo, a mi librito de lógica, a perderme durante horas entre reglas y símbolos. Luego vendrá la epistemología y luego la teoría del conocimiento, un poco más tarde la estética. Lo cierto es que mucho no me interesan estos temas, pero como un buen día decidí dejarlo todo y meterme a estudiar filosofía pues no dejan de ser exigencias del guión. ¡Qué remedio! El caso es que yo preferiría coger un buen libro de mi maestro F. Nietzsche y entregarme afanosamente a su lectura, pero luego vendrán los exámenes y no puedo contestar en todos lo que sé sobre la filosofía de tan magnífico sujeto. Definitivamente en la facultad están mas preocupados por que aprendamos las nociones básicas de cada una de las ramas de la filosofía -aunque no nos gusten- que por enseñarnos a filosofar con iniciativa propia. ¿Para qué perder el tiempo con chorradas no? Si al final la única aspiración del estudiante de filosofía será integrarse en los mecanismos educativos propios del estado -institutos y universidades- cuya principal orientación es ayudar al alumno a aprender a como no pensar demasiado e integrarse con éxito en los fundamentos sociales del sistema. ¿Enseñamos a los estudiantes a pensar para que luego pretendan hacer ellos eso mismo con sus alumnos? Pues no creo que interese mucho, a la vista está. Otra posibilidad es acabar olvidando todo lo aprendido durante la carrera en la cola del paro, pero esto es ya más una cuestión de pereza y desidia que otra cosa. ¡Aprende de todo y todo bien! te dicen, sobre todo si quieres aspirar a sacar la oposición para profesor, y no te digo ya si quieres acabar trabajando en algún departamento de la universidad. Así que nada, a estudiar, pero no sin antes exponer en palabras del propio Nietzsche mi más desgarradora crítica a este estúpido modelo de entender la filosofía en la universidad:
Éste es el escrúpulo más general; pero como tal, y ciertamente, para hombres como los de hoy, el más endeble e indiferente. A la mayoría de ellos le bastará con encoger los hombros y decir: «¡Como si alguna vez se hubiera podido crear y consolidar algo grande y puro sobre esta tierra sin tener que hacer concesiones a la bajeza humana! ¿Queréis acaso que el Estado persiga a los filósofos en vez de que les asigne un sueldo y los tome a su servicio?» Sin responder ahora a esta última pregunta, sólo añado que hoy esas concesiones de la filosofía al Estado van demasiado lejos. En primer lugar, es el Estado el que elige a sus servidores filosóficos y, evidentemente, tantos como necesita para sus instituciones; en efecto, se reserva el derecho de discernir entre buenos y malos filósofos, y aún más, presupone que siempre habrá bastantes de los buenos para ocupar con ellos todas sus cátedras. No sólo, pues, ejerce su autoridad en lo que se refiere a la bondad, sino también en lo referente al número necesario de buenos filósofos. En segundo lugar: el Estado obliga a aquéllos que ha elegido a permanecer en un lugar determinado, entre personas determinadas y constreñido a realizar una actividad asimismo determinada; se ven obligados a instruir a todos los jóvenes estudiantes que sientan deseos de recibir instrucción, y además a diario y en horas fijas. Pregunta: ¿puede en conciencia un filósofo comprometerse a tener algo que enseñar todos los días? ¿Y enseñarlo a cualquiera que quiera ir a oírlo? ¿No tendrá, acaso, que aparentar que sabe más de lo que sabe? ¿No se verá acaso obligado a disertar ante un auditorio de desconocidos acerca de cosas de las que sólo puede hablar sin peligro con sus amistades más íntimas? Y, en general, ¿acaso no deberá renunciar a la soberana libertad de seguir su genio cuando lo llama y allí adonde lo llama al haberse comprometido a pensar públicamente en cosas previamente establecidas dentro de esas horas prefijadas? ¡Y todo esto ante una multitud de jovencitos! Tal manera de pensar, ¿no está ya previamente desvirilizada? ¿Y qué sucedería si un buen día sintiera: «hoy no puedo pensar, no se me ocurre nada adecuado», y a pesar de ello tuviera que ocupar su puesto y aparentar que piensa?
Pero, se objetará, no tiene por qué tratarse de un pensador sino de alguien que a lo sumo piense con posterioridad acerca de lo que otros pensaron; ante todo, que se trate de un erudito conocedor de los pensadores anteriores, de los cuales siempre podrá contar alguna anécdota que sus alumnos desconozcan. Ésta es, precisamente, la tercera y peligrosísima concesión de la filosofía al Estado cuando aquélla se empeña en comprometerse con él en primer término y principalmente como erudición, sobre todo como conocimiento de la historia de la filosofía. Mientras, para el genio, que pura y amorosamente, similar al poeta, mira las cosas y no puede sumergirse lo bastante en ellas, ese escarbar en la multitud de incontables y absurdas opiniones ajenas resulta, a menudo, la más repugnante e incómoda de las ocupaciones. La historia erudita del pasado no fue jamás la ocupación de un verdadero filósofo, ni en la India, ni en Grecia; y un profesor de filosofía, si se ocupa de un trabajo de este género, tendrá que contentarse con que, en el mejor de los casos, digan de él que es un hábil filólogo, o anticuario, o lingüista, o historiador, pero nunca: «un filósofo». (F. Nietzsche. Schopenhauer como maestro. Ocho.)
PUES ESO, AHORA QUE CADA CUAL SAQUE SUS PROPIAS CONCLUSIONES.
servido por honrubia
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